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Broadchurch 02x07

Una temporada tirando a culpable

6,5

 

Milo J. Krmpotic'

 

Si todo narrador tiene constancia del peligro inherente a dejarse llevar por una historia, el público contemporáneo está lo suficientemente curtido como para reconocer con facilidad la opción opuesta: el exceso de control sobre lo que se cuenta, la distribución de la información no según los intereses internos del relato y sí en su perjuicio, según lo que al (en este caso) guionista le convenga por razones estructurales o chillonamente dramáticas. Y si algo certificó este penúltimo episodio es que la segunda temporada de “Broadchurch” puede perfectamente ser acusada y condenada por haber caído de cuatro patas en ese error.

 

Hemos citado ya repetidamente algunos ejemplos al respecto (con el cliffhanger de 2x02 como obsesión personal de la fiscalía), pero 2x07 nos ofreció nuevas y contundentes pruebas. Compárese, sin ir más lejos, la sutil y justificada solución a la posibilidad de que Hardy y Claire Ripley se hubieran liado en algún momento (por más que quepa poner en duda las motivaciones del policía para participar en ese plano recurrente que, ahora sabemos, tenía una cama de hospital como escenario) con el mareo al que nos han sometido con el asunto del pendiente/colgante perdido, capaz de dañar la imagen de nuestra querida Ellie Miller por haber permitido que Claire dispusiera de todo el tiempo del mundo para deshacerse de la incriminatoria fotografía en la que aparecía luciéndolo.

 

Es a partir de puntadas flagrantes como esa que otras partes del tejido narrativo comienzan a deshilacharse. Aunque su enfermedad haya podido servir como coartada creativa, ese Hardy que va en busca de Lee Ashworth para contarle cuán enfadado despertó en el postoperatorio y lo bien que le irá esa rabia a la investigación nos hace dolorosamente conscientes del modo en que Chris Chibnall ha estado reservando al personaje, minimizándolo para que liderara la aceleración final de todo policiaco que se precie y olvidando que, cuando la estrella juega a medio gas cada eliminatoria, lo más probable es que el equipo acabe no participando en la final. 

 

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No ha tenido mucha más suerte Jocelyn Knight, siempre blanda en el tribunal y, fuera de él, protagonista sencillamente de otra película: si el fallecimiento de su madre fue un mero apunte a fin de mantener el reflejo especular (esbozado en lo visual con brillantez) que la unía a/separaba de Sharon Bishop (la una sufre por su hijo, la otra por su progenitora), la secuencia de su declaración de amor tuvo el único mérito de presentar un amor lésbico y casi septuagenario. ¿Y qué decir de la actuación de la abogada defensora, cuya alocución final hizo aguas por todas partes (ver Bonus Track #1)? ¿Cabe en alguna mente lógica que Joe Miller pueda ser declarado inocente? Que Chibnall se reservara esa carta para el último clímax intercapitular denota hasta qué punto es consciente de las debilidades de esta segunda temporada (o inconsciente de los hallazgos de la anterior).

 

Dos fueron los temas centrales del episodio, por cierto. Uno se enroscó en torno a un par de rupturas paralelas pero a la vez también opuestas: la de la pareja de supuestos criminales, Claire y Lee, y la de la pareja de víctimas, Beth y Mark. Y el otro, mostrado a través de un plano a 360 grados y, poco después, un desplazamiento con grúa de lado a lado (y entre la planta baja y el primer piso) del vestíbulo de los juzgados, insistió en ese antaño plato fuerte que es la interrelación de todos los personajes, el modo en que una tragedia de estas características altera la existencia de una comunidad al completo. Una lástima, pues, que no se haya hecho toda la justicia a los miembros de esa comunidad, pase lo que pase ya en la última entrega.    

 

Bonus tracks:

* Si Mark había decidido ya revelar su adulterio y dejar a Beth, que su hijo lo sorprendiera con las manos en la masa no representaba una gran amenaza. ¿Y qué pintaba el chaval a esas horas de la madrugada en la cabaña si no había quedado en ella con alguien que evidentemente no era Mark? Etcétera, etcétera.  

* El zasca monumental de Ben a Abby (“I wanted to say… I think you’re a truly horrible person”) fue un gesto de cara a la galería que Phoebe Waller-Bridge solucionó notablemente en términos interpretativos.

* Todos sabíamos que el cuadro de los jacintos le iba a traer un disgusto a Ricky Gillespie, ¿o no?

* Claire yaciendo en la playa con piedras sobre los ojos: ¿se siente muerta en vida o se nos estaba avanzando su destino inminente de difunta?

* “Even the memories are spoiled”, le dice Ellie a Beth. Es más o menos lo que sucede con Claire y Lee: el crimen lo ha manchado todo, presente y pasado. La posibilidad de un futuro para otros, en cambio, contribuye a mantener la tensión.

* Nótese que, incluso cuando se le ven los engranajes de guión, “Broadchurch” nunca baja del 6,5 en la consideración de servidor de ustedes. Estética, estilística y actoralmente hablando, la serie sigue mostrándose de lo más sólida.

 

Milo J. Krmpotic’

Milo J. Krmpotic’ debe su apellido a una herencia croata, lo más parecido en términos eslavos a una tortura china. Nacido en Barcelona en 1974, ha publicado contra todo pronóstico las novelas “Sorbed mi sexo” (Caballo de Troya, 2005), “Las tres balas de Boris Bardin” (Caballo de Troya, 2010), “Historia de una gárgola” (Seix Barral, 2012) y "El murmullo" (Pez de Plata, 2014), y es autor de otras tres obras juveniles. Fue redactor jefe de la revista Qué Leer entre 2008 y 2015, y ejerce ahora como subdirector del portal Librújula. Su firma ha aparecido también en medios como Diari Avui, Fotogramas, Go Mag, EnBarcelona, las secciones literarias del Anuari de Enciclopèdia Catalana

 

milo@blisstopic.com