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Broadchurch 02x06

Redención y tierra quemada

7,8

 

Milo J. Krmpotic'

 

No hay garras más afiladas que las del público inglés: tal y como recordaba The Independent, los tuiteros de la Pérfida Albión han rebautizado esta segunda temporada de “Broadchurch” como “Boredchurch”, señal más que evidente de que la serie no ha conseguido reeditar el nivel de fascinación generado con su primera entrega. Se trata de un balance ya evidente, no hace falta esperar a la conclusión para presentarlo, pero quizá yerra a la hora de señalar culpables. Aunque el ritmo no haya resultado irresistible, un whodunit no se construye de igual manera que un drama judicial, lo comentamos desde el primer día, y lo que de veras ha lastrado la narración ha sido lo gratuito de algunos golpes de efecto y una actitud general más abierta y excéntrica que cerrada y concéntrica.

 

Tras tocar fondo la semana anterior (y ojo que hablamos de un fondo relativo, resultante de comparar “Broadchurch 2” con “Broadchurch 1”, pero que en esta serie de reseñas saldamos con un muy correcto 6,7 de puntuación), 2x06 no renunció al tic efectista (véase el uso del sonido durante la operación a corazón abierto a la que se somete Alec Hardy) pero sí recuperó esa unidad conceptual que tanto habíamos echado de menos. Y lo hizo en torno a un tema con tantas posibilidades dramáticas como es el del regreso al hogar. Sin importar sus circunstancias particulares, todos los personajes confluyeron en torno a esa idea, la llevaron a cabo o ansiaron hacerlo, y ello se tradujo en un global sencillamente notable.

 

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Volvió a casa en sentido estricto, por ejemplo, Ellie Miller, y lo hizo tras un nuevo tour de force de la actriz que le presta cuerpo, Olivia Colman, con esa monumental bronca materna en el juzgado que nos devolvió a todos a los más temblorosos territorios de la infancia. A la vez, recuperó parte de su paraíso perdido doméstico Alec Hardy, aunque para ello necesitó atravesar también un doble vía crucis: implantarse un marcapasos (su salida del hospital, a todo ello, se antojó precipitada) y exponer sus sentimientos ante su exesposa (Lucy Cohu, que no es Colman pero se defiende). Como nos enteramos de que Mark Latimer estuvo a punto de renunciar oficialmente a su matrimonio la noche de la muerte de Danny, confesión traumática para Beth pero que a la vez debería eliminar los últimos resabios de su distanciamiento como pareja.

 

Entre quienes no tuvieron la fuerza o la suerte para alcanzar tales instantes de redención, vimos a Sharon Bishop llorar por ese pasado perfecto que es la niñez, tan ajeno a desvíos adolescentes y encierros reformatorios. Al descubrir que se había torcido su “plan” (un plan a desvelar en breve, claro: restan apenas dos entregas), Claire Ripley y Lee Ashworth salieron en busca de piso y nos ofrecieron una estampa impagable, tan hilarante como trágica: la cara de ambos al constatar que ese paso atrás incluía la condena de repetir los mismos escenarios que los han conducido a su actual situación. Finalmente, a causa de su obsesión por evitar el castigo y retornar a la vida civil, Joe Miller fue abandonado por el padre Coates… y, asesino o no, el tono con el que el primero le imploró al segundo que no se marchara de la sala de visitas nos dejó el corazón en un puño.

 

Bonus tracks:

* Tanto cuando se subió al estrado como cuando se bajó de sus rebeldías juveniles para plegarse a los designios maternos, Adam Wilson ofreció sendas interpretaciones impecables.

* La abogada Abby Thompson le dio una imprevista y atractiva vuelta de tuerca al tópico femenino del “no eres tú, soy yo”.

* No diré que a la cópula entre Claire y Lee le sobraran planos, pero sí afirmaré que esos travellings laterales resultaron demasiado limpios para la violenta intensidad del momento.

* Jocelyn Knight sigue sin acabar de convencernos: la cena con su ayudante pecó de buenista y su reacción a la petición de juicio nulo por parte de la defensa tampoco representó una genialidad que digamos.

* Claire, claro, se ha convertido en la principal sospechosa. Pero, si en Broadchurch todo quisque tenía algo que esconder, en Sandbrook mucho me temo que nadie estará libre de culpa.

Milo J. Krmpotic’

Milo J. Krmpotic’ debe su apellido a una herencia croata, lo más parecido en términos eslavos a una tortura china. Nacido en Barcelona en 1974, ha publicado contra todo pronóstico las novelas “Sorbed mi sexo” (Caballo de Troya, 2005), “Las tres balas de Boris Bardin” (Caballo de Troya, 2010), “Historia de una gárgola” (Seix Barral, 2012) y "El murmullo" (Pez de Plata, 2014), y es autor de otras tres obras juveniles. Fue redactor jefe de la revista Qué Leer entre 2008 y 2015, y ejerce ahora como subdirector del portal Librújula. Su firma ha aparecido también en medios como Diari Avui, Fotogramas, Go Mag, EnBarcelona, las secciones literarias del Anuari de Enciclopèdia Catalana

 

milo@blisstopic.com