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The Knick 01x08

Working Late a Lot

7,8

 

Rodolfo Santullo

 

Si en el final de la reseña pasada me quejaba de las comparaciones que he oído sobre “The Knick” y “House” –básicamente por compartir la premisa de "doctor adicto a drogas que soluciona tramas médicas"–, este contundente episodio 8 no hace más que reafirmar mi convencimiento de que semejante comparación no es válida. Mientras que en “House” la drogadicción era apenas algo tangencial, casi diríamos que de incorrección política y que apenas le hacía perder el lado cool al personaje, en “The Knick” la vida como adicto de John Thackery es simplemente un infierno. Un sube y baja de emociones, que lo tiene de cabeza a lo largo de otros maravillosos cincuenta minutos que, para esta ocasión –sin descuidar las historias paralelas, pero por una vez no las mencionaremos–, tienen a Clive Owen como protagonista absoluto.

 

Alta: ese despertar junto a la enfermera Elkins, con quien parece haber formalizado su vínculo. Última botellita de cocaína y la usamos encima para otros menesteres. Pero ojo, todo es lindo, placentero, sexual. Hasta Thackery muestra un lado dulce con las cosas que le dice a la joven e ingenua muchacha.

 

Baja: llegamos al hospital y no queda nada, NADA, de cocaína. Una guerra con Filipinas ha puesto a los buques mercantes en peligro y no menos de dos (de Robertson, el filántropo que financia al hospital, justamente) han sido echados a pique. Suministros, ninguno. Y, al margen de aquellos que ya no podrán ser anestesiados mientras dure esto, Thackery ya lo empieza a pasar mal.

 

Más baja: reunión del consejo del hospital y Thackery que está en órbita. Transpira, pálido como un muerto. No entiende nada. Sólo le interesa saber dónde puede haber más cocaína en la ciudad, así tenga que asaltar otros hospitales. Pues no va a tener suerte: no hay en la ciudad, directamente.

 

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Alta: la enfermera Elkins aparece con un par de botellitas rascadas de los depósitos del Knickerbocker. Qué maravillosa mujer. Con esto podemos tirar un rato, especialmente ahora que se viene la reunión de cirujanos y tenemos que explicar el nuevo método para operar hernias (que encima no es nuestro, sino de Edwards).

 

Baja pero rápidamente alta: demoramos un poco en inyectarnos (seguro que pensamos: “Sólo tengo un par, hay que administrarlas bien”), pero las cosas en la reunión de cirujanos comienzan a ponerse espesas (para nosotros, que transpiramos como un cerdo y todo se nos mueve), así que, ¡hop!, piquete y estamos a full. Largamos la presentación del nuevo procedimiento a la carrera, pero salimos bien librados. Atentos, que la cosa es complicada. Un médico judío, el Dr. Levi Zinberg, llega con un método genial que propone una verdadera revolución a la hora de operar. Y encima, nos aparece el padre de Chickering Jr. insistiendo en que su hijo debe marcharse del hospital, el muy pesado.

 

Alta pero con consecuencias nefastas: quedamos mal, en definitiva, por la amenaza que representa Zinberg, así que nos liquidamos las últimas existencias y nos ponemos a reformular la presentación del otro procedimiento, el de placenta, que, ese sí, seguro desarticula a nuestro competidor. Pero estamos demasiado en alta, así que no sólo hacemos un manuscrito incomprensible, sino que además, cuando la dulce enfermera Elkins viene buscando cariño, la despachamos con brusquedad.

 

Baja: y cerrando el asunto, ya sin cocaína ninguna, nos armamos un preparado con estricnina (sí, el veneno) justo antes de operar y casi nos morimos intoxicados en el teatro de operaciones. Diga que Edwards y Gallinger toman la posta y prosiguen con el pobre hombre que estaba en la mesa del quirófano porque a nosotros todo nos da vueltas.

 

Y así quedamos, en nuestra casa de opio, pasados de rosca, escondiéndonos del mono. Esperando que los malditos barcos vuelvan a llegar.

 

Lo mejor: Cada secuencia con un Clive Owen inmejorable, en un verdadero tour de force.

Lo peor: En una breve participación, Chickering Jr. nos asegura ese ingrato triángulo amoroso que nos venimos temiendo hace rato. Pero le tengo fe a “The Knick” para solucionarlo con elegancia.

 

Rodolfo Santullo

Rodolfo Santullo (Mexico D.F., 1979) es periodista, escritor, guionista y editor de historietas al frente de Grupo Belerofonte. Ha publicado novelas, cuentos e historietas en Uruguay, Argentina, Ecuador, Alemania, España, Chile, Gran Bretaña, Perú, Italia y Chipre. Actualmente prepara su debut como guionista de cine con la película "La teoría de los vidrios rotos".