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Fargo 01x07

"Who Shaves the Barber?”

8,9

 

Milo J Krmpotic'

 

En un pueblo que cuente con un solo barbero, todos los hombres dispondrán de una doble opción: afeitarse ellos mismos o acudir a la barbería. Por tanto, el barbero se encargará de afeitar únicamente a aquellas personas que no se hayan afeitado por su cuenta. Y ahí surge el problema lógico, tal y como lo expuso Bertrand Russell, pues el barbero sólo puede afeitarse a sí mismo pero, al hacerlo, habrá acudido al barbero, que sólo lidiaba con quienes no se afeitaban a sí mismos. Llámenlo paradoja, llámenlo Síndrome de Conchita Wurst, pero lo cierto es que con esas nos vino el 1x07 de “Fargo”.

 

Momento en que voy a permitirme un inciso: estas críticas son realizadas en caliente, a las pocas horas de la emisión norteamericana del correspondiente episodio, sin dejar (inmediatez cibernética obliga) que éste repose y se asiente en la cabeza del espectador-comentarista. Se trata, además, del análisis de un work in progress, donde cada capítulo añade un diez por ciento al total del puzle, pero puede hacerlo modificando lo ya contado o anticipando claves cuyo conocimiento total se halla sólo al alcance de los creadores de la serie. Es el principal peaje, pero también la magia, de un seguimiento de este tipo, inevitablemente necesitado de ciertas correcciones a la que existe una cierta distancia contemplativa.

 

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Aclaro esto porque la semana pasada fracasé vilmente a la hora de dar salida a una intuición: por muy lograda que estuviera la secuencia cumbre del tiroteo durante la tormenta de nieve, por plausible que resultara un accidente en esas condiciones de (no) visibilidad y sombras dispuestas a acribillarte o degollarte, que Gus disparara a Molly apuntaba a error dramático o atajo guionista. Y el modo en que 1x07 pasó de puntillas sobre la convalecencia de la agente, sacándola del hospital en un tiempo récord (¿quién no ha perdido el bazo por culpa de un balazo tonto, eh?), vino a certificar lo segundo: Molly tenía que verse fuera de juego para que el plan maestro de Lester funcionara debidamente. Así que, en retrospectiva, confieso que mi apreciación de 1x06 ha bajado algunas décimas.

 

A la vez, cuán sugerente se mostró Scott Winant en la realización tras la llaneza visual de tres cuartas partes del episodio precedente (estilo que justifiqué –y aquí, de momento, me reafirmo– en la búsqueda voluntaria de un contraste con la violencia cruda y desatada de las muertes del último cuarto, una constatación de que el Mal –es decir, Lorne Malvo– puede resultar seductor y entretenido cuando charla o sonríe, pero mancha con brutalidad a la que ofrece su cara más sincera). Aunque el capítulo fue pródigo en soluciones tan elegantes como brillantes, dos planos servirán como ejemplo. El primero fue precisamente el inicial, un travelling de retroceso que, al alejarse de Gus Grimly, se reveló presentado en reverse motion (tal y como el personaje querría regresar al pasado para enmendar su terrible error) mientras escuchábamos en off y sentido cronológico normal el diálogo familiar en la casa de Chazz Nygaard (señal de que el plan de Lester comenzaba a desplegarse en toda su esplendorosa amargura).

 

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Y el segundo, claro está, fue el memorable plano-secuencia de tres minutos durante el que Malvo saldó cuentas en Fargo: irónico en el diálogo de los agentes del FBI con que comienza (ciertamente no será el exceso de comida china lo que acabe con los mafiosos), delicioso en el gesto de Billy Bob Thornton al cruzar la calle mientras revela el rifle de asalto que escondía bajo el abrigo, digno del mejor cartoon en el seguimiento de los movimientos del personaje desde el exterior del edificio, aterrador en su narración de la masacre exclusivamente a partir de diálogos y efectos de sonido, inteligente en su ruptura de esa dinámica con el clímax de la ventana que se hace añicos al ser atravesada por el cuerpo del sicario australiano… Un pequeño prodigio que pareció buscar una alternativa mordaz a su par de “True Detective” 1x04.

 

¿Quién afeita, pues, al dichoso barbero? Como en toda paradoja, no hay una respuesta evidente. Mientras algunos personajes se vieron incapaces de reaccionar ante lo que consideraban una flagrante falta de lógica (Chazz Nygaard con un escupitajo cruzándole la frente, Molly Solverson cayendo en la hiperventilación, ambas reacciones hermanadas por la banda sonora), otros estaban tan necesitados de ella que se dejaron convencer por una parodia de la verdad (el jefe Oswalt deshaciéndose en lágrimas durante el interrogatorio) y un tercero comenzó a disfrutar el atajo que implica generar sentidos propios sin atender a las normas del mundo (Lester aprovechándose de la viuda Hess para vengarse aún más de su ya difunto maltratador escolar).

 

 

Bonus tracks:

* “No funny stuff today”, le advierte el conductor del autobús escolar a Gordo Nygaard. Cuando todos, a este lado de la pantalla, sabemos que lleva un revólver en la mochila. Y toca sumarle otro punto a la serie, siempre solvente en el encuentro entre el guiño paranarrativo y la brevísima pero certera definición de los personajes más secundarios.  

* Gus Grimly: “I shot you”. Molly Solverson: “Well that don’t make sense”. Exactamente lo mismito que hemos dicho nosotros unas líneas más arriba.

* Lester Nygaard: “Let’s just say there’s a lot of blood… Hello?”. Porque el amigo se habrá quitado un peso de encima (y, consecuente y simbólicamente, quiere limpiar también las manchas físicas del salón de su casa), pero no todo el mundo se va a tomar el asunto con tanta normalidad como él.

* El código del ascensor en la sede mafiosa es el 933. No he conseguido encontrarle un simbolismo cabalístico.

* Lester Nygaard: “It’s all about knowing which… palms to grease”. Teniendo en cuenta cómo acabó el último personaje que se llenó las manos de grasa intentando aprovecharse de una mujer sola (divorciada en aquel caso, viuda en este), ¿se nos está sugiriendo ya el final que aguarda a nuestro maquiavélico vendedor de seguros? Tendría sentido que Malvo se encargara de deshacer lo que él contribuyó a crear.

 

Milo J. Krmpotic’

Milo J. Krmpotic’ debe su apellido a una herencia croata, lo más parecido en términos eslavos a una tortura china. Nacido en Barcelona en 1974, ha publicado contra todo pronóstico las novelas “Sorbed mi sexo” (Caballo de Troya, 2005), “Las tres balas de Boris Bardin” (Caballo de Troya, 2010), “Historia de una gárgola” (Seix Barral, 2012) y "El murmullo" (Pez de Plata, 2014), y es autor de otras tres obras juveniles. Fue redactor jefe de la revista Qué Leer entre 2008 y 2015, y ejerce ahora como subdirector del portal Librújula. Su firma ha aparecido también en medios como Diari Avui, Fotogramas, Go Mag, EnBarcelona, las secciones literarias del Anuari de Enciclopèdia Catalana

 

milo@blisstopic.com