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Fargo 01x05

"The Six Ungraspables”

8,9

 

Milo J Krmpotic'

 

En cierta ocasión, un monje se dirigió a Ummon para inquirirle: “¿Qué es el Dharma Kaya?”. Y, como buen maestro zen que era, este decidió obviar la explicación tirando a sencilla (el absoluto, lo que va más allá del tiempo, el espacio y la forma) y contestó a través de un acertijo: “Los seis inaprehensibles”; esto es, aquello que los cinco sentidos y la mente (nuestras seis armas a la hora de aprehender la realidad) no pueden distinguir. Y uno se pregunta: todo este conocimiento zen al que “Fargo” nos aboca semana tras semana, ¿hay que tener una formación especial para entenderlo en su simbolismo dramático? Si llamáramos –pongamos– a Steven Seagal, ¿estaría en condiciones de proporcionarnos la clave para mejor desentrañar el episodio de esta semana?

 

Un campo de cereales nos franqueó la entrada al mismo en lo que resultó, una vez más, una bienvenida envenenada, ansiosa por descolocarnos en la ausencia de hielo y nieve, ya que hasta ahora sólo habíamos conocido Bemidji en clave blanca. A continuación, la farguiana conversación en la tienda de calcetines y escopetas (o viceversa) retrasó la constatación de que se trataba de un flashback. Y, cuando por fin lo reconocimos como tal, estábamos ya perdidos. Por no decir seducidos. Porque tanto dio que se nos contara algo ya sabido: Colin Bucksey, realizador del capítulo, lo narró con originalidad y se sirvió de un plano tan evidentemente digital como maravillosamente elíptico para, a través de los efectos de un perdigón, acelerar la respuesta a la cuestión que Lester Nygaard sin duda estaba planteándose en el calabozo donde lo dejamos al final de 1x04: “¿Cómo diantres he llegado hasta aquí?”.

 

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No fue la mejor de las noches para el titubeante vendedor de seguros, pues la comenzó torturado con un calcetín sucio en la boca (nótese la recurrencia calcetinil) y la terminó padeciendo un choque séptico. Y, entre una cosa y la otra, tres parejas (unión de esfuerzos a la que Lester ya no puede aspirar en sus cuitas, debido a que precisamente se deshizo de la suya a martillazos) fueron tirando de sus respectivos hilos para tejer una trama de nuevo deliciosa. Así, mientras Mr. Numbers y Mr. Wrench se situaban tras la pista de Lorne Malvo gracias a la confesión de Lester y a la información de un policía untado, Molly y Gus coincidieron en su incapacidad para abandonar la investigación (lo que nos invita a pensar cada vez más que están hechos el uno para el otro). Y, tras exprimir todo lo posible a Don Chumph –más bien poco, la verdad–, Lorne Malvo tuvo a bien encerrarlo en la alacena (a malas ya veíamos al entrenador de gimnasia lobotomizado) para poder ir en busca del millón de dólares que ha estafado al crédulo y drogado Stavros Milos.                      

 

Pero quedémonos con Gus, brevemente. Porque, a través de él, en jugosa respuesta a una pregunta que nos habíamos hecho la semana pasada, desembocamos en la figura de su vecino. Quien entró por la ventana, como quien dice (primera señal de su carácter “angelical”), para protagonizar dos secuencias trascendentales. La primera, ante un vaso de leche, se tradujo en una parábola admonitoria bastante más accesible (y visual, lo que representó otro cambio estilístico) que aquella cuyo relato abre estas líneas. Y la segunda, su enfrentamiento verbal con Malvo después de que este siguiera a Gus hasta su casa, asentó lo que la serie ha venido sugiriendo: “¡Seirim!” (esto es, literalmente, “ser peludo”; y, metafóricamente, sátiro, geniecillo diabólico, demonio), lo identificó. Y el asesino a sueldo, sintiéndose descubierto por un opuesto, decidió retirarse (ya saben, reconocer al Adversario es el primer paso hacia su derrota).

 

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A todo ello, cabe señalar que el guión hizo aquí trampa. O, por lo menos, se excedió al intentar juntar la mayoría de acontecimientos en una sola velada: Gus está ya en la cama cuando decide no hacer caso de la parábola de su vecino y va a la calle de Milos en busca de nuevas pistas sobre Malvo; acto seguido, este sigue a Gus hasta su casa, escucha a Greta compartiendo las claves de sus deberes a través del walkie-talkie y da con el mismo vecino como patrulla barrial de un solo individuo (cuando un rato antes estaba en batín, disfrutando de la tranquilidad casera que le presta –entendemos– el sueño de los suyos). Y, para más inri, cuando Molly visita a Ida, esta le dice que su hermana y su sobrina llegarán para hacerle compañía un rato más tarde, sobre las once de la noche. Así que algo chirrió, desde luego, en ese marco temporal.

 

Y un temporal, por cierto, es lo que amenaza con cernirse sobre todo hijo de vecino, así en Bemidji como en Duluth. Cada vez más acosado (ya no cuenta ni con la simpleza del jefe de policía), Lester ve caer los primeros copos de la tormenta de nieve desde la habitación del hospital. Una realidad blanca y nefasta, diametralmente opuesta a la estampa primaveral que abría el episodio. ¿Radica en ese contraste el todo inasible al que hacía referencia el título? Así como “Cosmos” desvela la física del universo sensible, ¿puede “Fargo” revelarnos los sentidos metafísicos que anidan más allá, por encima y por debajo de las galaxias? No vaya ese a ser el caso, ya podemos ir afilando nuestro sentido del humor más judío (recuerden el plano final de “Un tipo serio”) mientras seguimos disfrutando como enanos de este estupendo viaje.

 

 

Bonus tracks:

* Pearl Nygaard: “Well, if anyone could shoot themselves in the face with an unloaded firearm, it’s you”. Porque la difunta señora Nygaard, amén de ser una esposa ejemplar, tenía una mente preclara: sólo Lester podría estar a punto de morir por culpa de un único perdigón de su propia escopeta disparado por otra persona a un tercero.

* Mr. Numbers: “If you puke in here, I’ll kill you. I mean, I’ll actually kill you, okay?”. Porque, en lo que a los diálogos de la pareja de mafiosos respecta, siempre hay más de un nivel de sentido.

* La primera aparición de Molly tiene lugar bajo la banda sonora de un documental zoológico. ¿Su tema? Serpientes depredadoras. Por lo que no es de extrañar que lo uno y lo otro la lleven a salir en busca de Malvo.

* Claro que a Malvo ahora le ha dado por los lobos, así que…   

* “Like I said…”: recurren a este latiguillo Lester (en la celda), Molly (en su conversación con el jefe Oswalt) y el doctor Esbit (al informar a Molly sobre el estado de Lester). Porque en Bemidji, Minnesota, hay que repetir las cosas dos y tres veces para que te crean o te entiendan.  

* Lorne Malvo: “And in your experience, uh, police scanners… is that a gift ladies get wet for?” / Vendedor: “Had an aunt once, owned a riot shield. Made her own jerky”. Porque el absurdo más o menos cómico es uno de los varios rostros de la extrañeza.  

* ¿Se me pasó o no hubo número con simbolismo judaico en este episodio? ¿Alguien vio un 613 por ahí?

Milo J. Krmpotic’

Milo J. Krmpotic’ debe su apellido a una herencia croata, lo más parecido en términos eslavos a una tortura china. Nacido en Barcelona en 1974, ha publicado contra todo pronóstico las novelas “Sorbed mi sexo” (Caballo de Troya, 2005), “Las tres balas de Boris Bardin” (Caballo de Troya, 2010), “Historia de una gárgola” (Seix Barral, 2012) y "El murmullo" (Pez de Plata, 2014), y es autor de otras tres obras juveniles. Fue redactor jefe de la revista Qué Leer entre 2008 y 2015, y ejerce ahora como subdirector del portal Librújula. Su firma ha aparecido también en medios como Diari Avui, Fotogramas, Go Mag, EnBarcelona, las secciones literarias del Anuari de Enciclopèdia Catalana

 

milo@blisstopic.com