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"The Crocodile's Dilemma”

8,8

 

Milo J Krmpotic'

 

Un cocodrilo secuestra a un niño y, no contento con ello, se planta ante el padre y le propone el siguiente escenario: liberará a la criatura únicamente si es capaz de predecir cuáles son sus intenciones. A partir de aquí, si el progenitor apuesta por un final feliz tendrá un cincuenta por ciento de posibilidades de que este se cumpla. En cambio, si el pobre hombre cae en la desconfianza, el reptil se hallará en un buen aprieto: caso de querer quedarse al niño, el padre habrá acertado y deberá por tanto devolvérselo. Pero, al hacerlo, el padre no habrá acertado en su predicción y por tanto deberá quedárselo.  

 

Si en efecto la llamada paradoja del cocodrilo se remonta a tiempos de la antigua Grecia, su creador no sólo era afín a los acertijos lógicos, sino que había visto mundo (por de pronto, vamos a deducir, la zona del Nilo). No es el caso, por cierto, de la mayoría de los habitantes de Bemidji, Minnesota, una de esas localidades de gente sencilla y campechana, amable y temerosa de Dios, que intentan mostrar una sonrisa ante el peor tiempo invernal y que, de vez en cuando, sucumben frente a la cara menos inteligente del crimen.

 

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Sucedía así en el “Fargo” cinematográfico, el que le valió a los hermanos Coen su primer Oscar (al mejor guión original, allá por 1997), pero no tanto en esta segunda adaptación televisiva (tras el piloto que Kathy Bates dirigió en 2003, con Edie “Carmela Soprano” Falco como la agente Marge Gunderson, que no llegó a verse desarrollado con nuevos episodios). Y es que la estupidez que caracterizó en su día a la pareja de secuestradores compuesta por Steve Buscemi y Peter Stormare parece haber evolucionado aquí por contagio de las cualidades de otro personaje del universo Coen: el Anton Chigurh de “No es país para viejos”.

 

Así, Lorne Malvo, el asesino a sueldo al que encarna Billy Bob Thornton, es un sujeto de pocas palabras y muy malignos hechos, una presencia mefistofélica y sonriente que disfruta tanto ejerciendo de sangriento justiciero sui géneris como sembrando la cizaña a niveles más íntimos y familiares. Y la principal “víctima” de su influencia va a ser Lester Nygaard (Martin Freeman, en un papel que ha repetido ya diez veces pero que no deja de bordar), un vendedor de seguros despreciado por su esposa, superado por su hermano pequeño, fracasado en lo laboral y que incluso sigue siendo objeto del bullying de un antiguo compañero de instituto. Hasta que…

 

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El (des)encuentro entre ambos constituye el núcleo de este capítulo inicial. Pero la propuesta del guionista Noah Hawley parece tener por lo menos otro par de virtudes que aportar. Por un lado, esa galería de secundarios que bordan el espíritu a lo Frank Capra del lugar y en la que sobresalen la casi debutante Allison Tolman y su padre en la ficción (acudan al tercer bonus track si desean desvelar la identidad del actor que le presta cuerpo y voz, sobre todo voz). Y, por otro, un nuevo y original desvío respecto al film que lo inspira, ya que sus 69 minutos le sirven para empatar en el cómputo de bajas con aquel y para abrir, merced al antológico diálogo final entre Malvo y el policía de Duluth interpretado por Colin Hanks, nuevas tramas.

 

¿Saben, a todo esto, cuál es el drama de la paradoja del cocodrilo? Que, quede uno a merced de su naturaleza o de su raciocinio, está igualmente jodido. Allá por “Fargo”, hoy como hace casi dos décadas, el crimen comienza como un accidente pero se extiende cual enfermedad, acaba infectando y manchando al más pintado. En espera de ver qué aportan los capítulos que han escrito los mismísimos Joel e Ethan Coen, mientras disfrutamos buscando sus diversos guiños hacia el original fílmico (comenzando por el mensaje inicial), esta variante catódica ha escapado por de pronto al déjà-vu gracias a una notable seguridad en sus posibilidades, nos ha dejado un regusto tan amargo como fascinante; el de la propia sangre en los labios de uno, por ejemplo.

 

 

Bonus tracks:

* Lester: “That’s not how I may or may not be feeling”. Nada peor para un tipo obsesionado con nadar y guardar la ropa que darse de bruces con un reptil empeñado en realizar preguntas capciosas.

* Si la huida de Malvo del sótano de los Nygaard parece un guiño sobrenatural, la central de la empresa para la que trabaja, con ese plano de varios teléfonos dispuestos a ordenar o comunicar nuevos asesinatos, representa una aterradora delicia burocrática.

* ¡Keith Carradine!

* Molly: “What you want me to write for ‘cause of death’?”. Sheriff Thurman: “Put ‘self-explanatory’”.

* Malvo: “Your problem’s you spent your whole life thinking there are rules… There aren’t”. Y esa sonrisa… ¡Esa sonrisa!

 

Milo J. Krmpotic’

Milo J. Krmpotic’ debe su apellido a una herencia croata, lo más parecido en términos eslavos a una tortura china. Nacido en Barcelona en 1974, ha publicado contra todo pronóstico las novelas “Sorbed mi sexo” (Caballo de Troya, 2005), “Las tres balas de Boris Bardin” (Caballo de Troya, 2010), “Historia de una gárgola” (Seix Barral, 2012) y "El murmullo" (Pez de Plata, 2014), y es autor de otras tres obras juveniles. Fue redactor jefe de la revista Qué Leer entre 2008 y 2015, y ejerce ahora como subdirector del portal Librújula. Su firma ha aparecido también en medios como Diari Avui, Fotogramas, Go Mag, EnBarcelona, las secciones literarias del Anuari de Enciclopèdia Catalana

 

milo@blisstopic.com