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Treme: música en la devastación

La serie de David Simon, a dos voces (1)

 

Después de opositar con “The Wire” a la mejor serie de la historia de la televisión, David Simon ideó “Treme” con un planteamiento también coral y, de cara a ayudar con la transición, incorporando al reparto a dos de los intérpretes más recordados de la primera (Wendell Pierce y Clarke Peters). Estrenada en el canal HBO en abril de 2010 y finalizada en diciembre de 2013, constó de 36 episodios repartidos en cuatro temporadas que, como en el caso de su predecesora, costó Dios y ayuda ir renovando una a una. Ambientada en un Nueva Orleans que ha sido azotado por el huracán Katrina y yace en un estado de decrepitud física y ruina moral, su tema es la lucha contra la adversidad, la superación, cómo ponerse en pie después de la tragedia, la necesidad de hacer justicia contra los abusos durante el impacto del Katrina y después de él. En realidad, su Tema es la música, el jazz, en tanto que fuerza regeneradora, tabla de salvación, canal de comunicación espiritual. De aquí que este sea el asunto prioritario en esta primera entrega de un diálogo llamado a debatir “Treme” desde diversos ángulos. Puesto que el jazz supone en buena medida un libérrimo intercambio de ideas o variaciones sobre unos mismos motivos, sirva la pantalla digital de escenario sobre el que “tocar” asuntos variados.

 

Antonio Lozano

Antes del Katrina, Nueva Orleans era su música; para sus habitantes y para los turistas, la asociación era inmediata y absoluta. “Treme” busca explorar si esto puede continuar siendo así después del Katrina. La ciudad está devastada; la gente, golpeada por la tragedia, pero si aquélla no deja de sonar, el alma está salvada y se abren rendijas de esperanza para la resurrección. Cámbiese el lema del mundo del show business, “The Show Must Go On”, por “The Music Must Go On” y obtenemos el escudo de armas de la ciudadanía. Ya sea como practicantes o como meros espectadores, todos los personajes son devotos de la música, una entidad superior que los hermana, la plegaria colectiva contra la adversidad, el arca de Noé antes y después del diluvio. Tu casa habrá quedado arrasada, habrás perdido familiares, amigos y empleo, pero ahí estará ella, lo único que nadie podrá arrebatarte. El fuego sagrado que ningún diluvio, que ninguna manifestación de la cólera divina podrá extinguir.

 

La música no es sólo el pegamento que relaciona y ancla a todos los personajes, no es sólo el elemento que articula las escenas y crea la estructura profunda, sino que su cualidad, llamémosla trascendente, su reclamación de erigirse en el sentido final de la serie provoca que sea el Protagonista con mayúsculas, igual que lo es en una película u obra de teatro de género musical, igual que en una cata de vinos el ambiente generado por la bodega y la profesionalidad del sumiller pueden enriquecer una experiencia que en última instancia versa sobre los caldos. El soberano de “Treme” es la música, que irrumpe en todo momento y por todos los flancos, sin solicitar permiso, cortando conversaciones, dejando almuerzos, coitos y lágrimas a medio hacer. Me he encontrado con personas que, maravilladas con “The Wire”, siguieron a David Simon con el ansia ciega de las ratas arrulladas por las notas de Hamelín, para dar marcha atrás a las primeras de cambio, incapaces de soportar tanta flauta. En tanto que el jazz apenas cumple en mi vida la pecaminosa labor de melodioso ruido de fondo con el que crear atmósferas románticas o engañar a los que vienen a casa a cenar con mi presunta sensibilidad, lo puedo entender perfectamente y, es más, reconozco que también a mí empezó cansándome su cualidad omnívora.

 

Sin embargo, a medida que avanzan los capítulos, uno va entendiendo que todo (humano, vegetal y mineral) es subsidiario al jazz, que este es su reino y el resto de los presentes, meros súbditos, que la serie es un bosque de sonidos y que personajes y espectadores somos invitados privilegiados a escuchar sus infinitas combinaciones. Me imagino a David Simon reformulando su célebre frase a los ejecutivos de la HBO reticentes a dar luz verde a “The Wire”, ese “que se joda el espectador medio”, por un “que se joda el oyente medio. Si lo tuyo es el jodido pop ya puedes irte a tomar por x*^¨”. El jazz tiene tanto de arte grupal e improvisado, así como de invitación espontánea a subir al escenario de cara a participar en la creación de algo nuevo, mayor y mejor, que, una vez aceptados los códigos de acceso a la serie, sumergirse en ella se convierte en una experiencia tremendamente emocional, viva y calurosa.

 

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Eduardo Hojman

La primera escena de “Treme” es, además de un prodigio técnico pocas veces visto en televisión, un resumen perfecto del papel fundamental de la música en esta serie. Planos detalle de manos afinando instrumentos, bebiendo alcohol duro en vasos de plástico, agitando abanicos, pasándose cigarrillos extraños; policías y soldados mirando con sospecha a coches poblados por rostros oscuros; tensión y pobreza. En el interior de un bar destartalado, hombres negros discuten con bastante mala leche cuestiones de dinero poco claras. Finalmente, llegan a un acuerdo y la música comienza, una música alegre, festiva, entre restos de casas derrumbadas, electrodomésticos desparramados, coches inutilizados. En el fondo, soldados blancos y forasteros. La sirena de una moto policial se suma, voluntaria o involuntariamente, a la música. En un taxi llega, discutiendo con el conductor para pagarle menos la carrera, Antoine Batiste (Wendell Peirce) con su trombón a cuestas. Cuando se desembaraza del taxista, Batiste corre para alcanzar a la banda mientras lanza notas en el trombón. Se  mete en la sección de vientos y habla con ellos sobre la necesidad de tocar en un desfile para cobrar aunque sea unas monedas, discuten sobre repertorios, sobre autorías, sin dejar de tocar, mientras la cámara, nerviosa, los rodea y es una más en el grupo. Luego, todos cantan juntos.

 

En la cuarta temporada, Batiste es profesor de música en una escuela secundaria. Después de varios intentos de dejar atrás una vida disipada y de vivir a salto de mata, este puesto le da un sentido nuevo a su vida, una responsabilidad dirigida a los adolescentes de los barrios marginales. Entre sus alumnos hay quienes ni siquiera saben leer y muchos no tienen para comer. Poco a poco, la banda de alumnos va cobrando forma, los ensayos suenan cada vez más compactos, más precisos. Pero una chica de la banda muere acribillada en un ajuste de cuentas entre bandas rivales. En el funeral, un compañero de ella le sugiere a Batiste tocar en su honor. “No -dice él-. Esta noche no”. La música ha encontrado su límite.

 

“Treme” se presenta como el retrato de un barrio difícil de Nueva Orleans después del paso del Katrina. Sus personajes son variopintos, y recorren muchos de los ámbitos de la vida, pero todos, de una manera o de otra, se relacionan con la música. La música, mayormente el jazz, pero también otros ritmos nacidos o perfeccionados en Nueva Orleans, es la savia vital del recorrido de esta serie. Muchos de sus protagonistas son músicos, o intentan serlo. Además de Batiste, están Annie (Lucia Micarelli, una violinista auténtica), que toca el violín en la calle junto a su novio holandés Sonny; Albert Lambreaux, jefe de una tribu india del carnaval de Mardi Gras, en cuyos rituales la música tiene un papel esencial, y cuyo hijo, Delmond, es un cotizado trompetista en Nueva York; Harley Wyatt, protagonizado por el cantante Steve Earle, como músico callejero. Davis McAlary (Steve Zahn) es el un poco cargante disc-jockey radial que intenta todo el tiempo reivindicarse como músico, componiendo óperas interminables o dando clases de piano. Pero siempre le va mal: los músicos de su banda se hacen más famosos que él, las óperas se desarman por falta de fondos o de interés. Entonces, se acerca a la música por otros medios: con su programa de radio, creando un sello discográfico, tratando de recuperar bares de jazz. Para él, la música es el alma de su ciudad y esa ciudad es dueña de su alma.

 

Hay, desde luego, cameos más o menos interesantes de una inmensa cantidad de músicos, desde la aparición mínima de Elvis Costello hasta la presencia recurrente de personajes típicos de Nueva Orleans como Dr. John o Trombone Shorty. En una escena increíble, Delmond consigue que su sello neoyorquino grabe a su padre cantando rituales de Mardi Gras con músicos prestigiosos, y el Gran Jefe Albert Lambreaux corrige a Ron Carter su manera de tocar el contrabajo (Carter es quizás el contrabajista de jazz más importante de todos los tiempos). 

 

Como en esa primera escena, todo está entrelazado: la música en “Treme” es Mardi Gras, la música es Nueva Orleans, la música es “Treme”. La música es un recurso laboral, una entrada a la corrupción (como la cantidad de tejes y manejes que se mueven en torno a la construcción de un centro municipal de jazz), una excusa para embarcarse en las drogas duras, un camino de redención, un nido de víboras, un refugio. Y difícilmente exista, en toda la historia de la televisión, un tema principal de una serie más estimulante, más contagioso, que “The Treme Song”, de John Boutte.

 

Antonio Lozano

Antonio Lozano (Barcelona, 1974) es licenciado en Ciencias de la Comunicación por la Universidad Autónoma de Barcelona y cursó un doctorado en Humanidades por la Universidad Pompeu Fabra. Entre 1997 y 2008 ejerció de responsable de secciones de la revista Qué Leer. Actualmente colabora como periodista literario en Qué Leer, el suplemento Cultura/s y el Magazine del diario La Vanguardia, y las revistas Woman y Esquire. También es autor de seis libros infantiles: "Orson y el bosque de las sombras"; "El diente, el calcetín y el perro astronauta"; "Mark Twain y el tren de juguete"; "El cuerno y el centro de la luna"; "La vela que nunca se apagaba" y "El 5º caso del mítico detective Penta", y coautor de la novela juvenil "Terror en la red". Forma parte del jurado del Premio Internacional de Novela Negra RBA, sello para el que realiza un blog de actualidad sobre género policíaco llamado «Lo leo muy negro». Asimismo, ejerce de conductor del club de lectura del Centre de Cultura Contemporània de Barcelona (CCCB).

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