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True Detective 01x07

"After you've gone”

8,1

 

Milo J Krmpotic'

 

“A man remembers his debts”. Esta frase de Cohle bien podría haber ocupado uno de los bonus tracks al pie de estas líneas, culminado con alguna asociación jocosa acerca de la masculinidad exacerbada del clan de los Lannister. Pero, en cuanto se trata de la línea de guión sobre la que se sustenta todo el episodio, merece un desarrollo más extenso. Porque las dos grandes áreas temáticas que han integrado “True Detective”, el argumento de género negro y la reflexión acerca del hecho de ser hombre en este mundo, se disponen a cruzarse por última vez de forma entendemos que explosiva, si no sencillamente traumática. Y 1x07, en su hora de lenta cocción, se encomendó a disponer todos los elementos de cara al grand finale de la semana que viene bajo esa perspectiva: ante la vacua absurdidad de una existencia donde los lazos afectivos vienen y ofrecen cierto consuelo pero, de un modo u otro, acaban dejándonos tan solos como nos encontrábamos en un principio (“After you’ve gone” lucía, no en vano, como lema del capítulo), frente a esa dolorosa constatación, insisto, la única respuesta posible es una actitud moral. Y poco importa que, a la vez, esta pueda representar nuestra perdición.

 

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Habíamos dejado a Hart desconfiando de Cohle, acudiendo a la cita de su reencuentro armado con un revólver. Y esa disparidad entre la duda del personaje y lo que para el espectador resultaba ya evidente, que Cohle no iba a ser culpable de los crímenes, abocó a un primer cuarto de episodio un tanto moroso: estábamos por delante de Hart y el relato de Cohle acerca de sus investigaciones no resultaba arrebatador. Entonces apareció la cinta de VHS de Billy Lee Tuttle, Cohle la introdujo en el reproductor y se alejó varios pasos, manteniéndose siempre de espaldas a la pantalla. Y, entre lo que esta nos mostró y el efecto que esas imágenes provocaron sobre Hart, de golpe todos pasamos a encontrarnos en el mismo barco, remando una vez más en la misma dirección (la metáfora, a todo ello, tiene bastante que ver con el plano que cierra el capítulo).

 

Cohle y Hart, Hart y Cohle volvieron a convertirse en la pareja de antaño, tal y como reconocieron esos niños que, al verlos salir del coche, renegaron entre ellos: “Cops”. Y el guión diseñó el camino de sus averiguaciones con una inteligencia que cabe ya definir como marca de la casa, a partir de pequeñas repeticiones (Cohle cruzando las manos sobre su libreta) y no menos sutiles progresiones: si en el 95 visitaron un local de repuestos de automóvil y Cohle utilizó la violencia para obtener el dato que buscaba, ahora acudieron a un taller de reparaciones y, al poco, también Hart aceptó que el dolor físico iba a resultar necesario para obtener la información que el sheriff Geraci le había negado durante su partida de golf.    

 

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Mientras tanto, en terrenos más íntimos, nos asomamos a la ruidosa soledad de ambos personajes. Vimos a Hart comiendo con una bandejita delante del televisor, consultando páginas de contactos en internet, y supimos que el trato que mantiene con sus propias hijas es tirando a escaso. De modo paralelo, Cohle se nos presentó siempre a una botella de cerveza pegado, sentándose a orillas de un lago en busca de un espacio abierto que airee su atosigada psique. Y la participación de Maggie en el episodio no resultó baladí. Porque, tras dos años sin verla, Hart se sirvió de su charla con Gilbough y Papania como excusa para acudir a su nueva casa (fruto, entendemos, de un nuevo y mejor matrimonio) y… despedirse en toda regla. Si, en palabras del propio Cohle, su vida ha sido un círculo de violencia y devastación, la resolución del caso podría marcar un cierre no menos violento y devastador para dicho círculo. Y, volviendo a la idea con la que abríamos este comentario, el posicionamiento moral de nuestros “héroes” (pues quizá la suya sea la única respuesta posible, pero nadie ha dicho que se trate de una respuesta sencilla de aceptar y adoptar) bien podría implicar el sacrificio último. Lo que sea con tal de que Childress, el dichoso hombre de las cicatrices, siga expandiendo el mal que lleva en la sangre desde las mismas espirales que dibuja al segar la hierba del cementerio.

 

 

Bonus tracks:

* La jukebox de los planos iniciales se detiene en la versión de Juice Newton de “Angel of the morning”, tema sobre la mañana que sigue a un adulterio (y de eso trata la secuencia) pero que, teniendo en cuenta lo que el capítulo nos mostró con respecto a Marie Fontenot, cobra en perspectiva muy ominosas resonancias.

* Hart a Cohle, durante su reencuentro: “Father time has a way with us all. Looks like you must have pissed him off”.

* Cohle: “Life’s barely long enough to get good at one thing. Yeah, so be careful what you get good at”.

* De nuevo Cohle, relacionando una vez más el escenario general con una perversidad que hubiéramos preferido considerar puntual: “Fuck, I don’t like this place. Nothing grows in the right direction”.

* Y aún un tercer gran momento cohliano, el elegante acceso de rabia con que despidió a Maggie del bar de mala muerte en el que trabaja: “Now get on out of here, you’re classing the place up”.

 

Milo J. Krmpotic’

Milo J. Krmpotic’ debe su apellido a una herencia croata, lo más parecido en términos eslavos a una tortura china. Nacido en Barcelona en 1974, ha publicado contra todo pronóstico las novelas “Sorbed mi sexo” (Caballo de Troya, 2005), “Las tres balas de Boris Bardin” (Caballo de Troya, 2010), “Historia de una gárgola” (Seix Barral, 2012) y "El murmullo" (Pez de Plata, 2014), y es autor de otras tres obras juveniles. Fue redactor jefe de la revista Qué Leer entre 2008 y 2015, y ejerce ahora como subdirector del portal Librújula. Su firma ha aparecido también en medios como Diari Avui, Fotogramas, Go Mag, EnBarcelona, las secciones literarias del Anuari de Enciclopèdia Catalana

 

milo@blisstopic.com