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True Detective 01x05

"The Secret Fate of All Life”

8,9

 

Milo J Krmpotic'

 

¿Cómo retomar la narración a la semana de haber firmado una de las cumbres catódicas de la temporada (si optamos por no ponernos estupendos y hablar en términos de lustro, década, etc.)? Pues con la misma mezcla de normalidad y picardía que te llevó a alcanzar ese hito. Porque el plano-secuencia que cerró 1x04 no resultaba imprescindible para contar esa situación, pero a la vez distó mucho de arrastrarse por el infierno de lo gratuito. Se trató, convengamos, de una solución tan práctica como estética y, en el fondo, de la exhibición de oficio de un equipo que, domingo a domingo (día de emisión de “True Detective” en las barras y estrellas), se sabe y se siente ganador.

 

Un equipo, por cierto, que también domina los ritmos narrativos con pulso maestro. A riesgo de caer en el exceso, 1x05 no debía competir con la pirotecnia de su antecesor, pero tampoco podía permitirse el lujo de caer en la mera transición. De ahí el nuevo toque de genio con que se resolvió el asalto a la casa de Reggie Ledoux (una culminación puntual que se antojaba imprescindible de cara a no estirar en exceso la trama): hubo acción, desde luego, pero su modestia (en comparación con el asalto al alijo de droga) se vio amplificada por la divergencia entre lo que recordaban Cohle y Hart y la versión falsa que se han pasado los últimos diecisiete años repitiendo. Al hacerlo de nuevo, claro, al mentir a la pareja de investigadores / entrevistadores, ambos no dejaron de ceñir la cuerda alrededor del cuello del primero. Y esa opción prestó continuidad a un capítulo que por fin acabó levantando un dedo acusador contra el personaje.

 

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Mientras tanto, el episodio nos ofreció una de sus ya tradicionales (y por lo general dolorosamente conseguidas) reflexiones sobre la masculinidad. Tras el éxito obtenido con Ledoux (cuya supuesta ferocidad, de nuevo, no quedó refrendada en el enfrentamiento cuerpo a cuerpo, pero sí merced al hallazgo de los dos críos secuestrados, con lo que jamás nos sentimos engañados por la anticipación generada al respecto), Cohle y Hart se exponen a una breve celebración, pero también a la larga constatación de que, toda vez en lo alto, el único camino posible apunta hacia abajo. Evidencia que se cebó especialmente en Hart, el machito de la pareja, quien comenzó a padecer signos de decadencia física (pérdida de cabello, ganancia de peso) y pasó de perseguir asesinos en serie a vérselas con un enemigo mucho más terrible: dos hijas adolescentes.

 

Momento en que debemos realizar un inciso. Nic Pizzolatto ha decorado el misterio acerca de “The Yellow King” con pequeños homenajes a una tradición literaria norteamericana que parte del fantástico de Ambrose Bierce y desemboca en los horrores de Robert W. Chambers. Pero, entre ambos referentes, viene describiendo el mal como un estado comunitario, el resultado de una atmósfera, una enfermedad quizá leve pero trágicamente contagiosa, antes que como el fruto de las acciones de un sujeto puntual. Así, Hart mismo podría haber sido el conducto que llevó la infección a la mayor de sus hijas. Y la fase de incubación (el gang rape escenificado con muñecos, los dibujos pornográficos en su cuaderno escolar) se ha traducido, de momento, en una crisis familiar cuando la chica, ahora quinceañera, es descubierta practicando el sexo en un coche con dos muchachos de 19 y 20 años. Nótese, de cara a asentar esa equivalencia, la malickiana secuencia en la que una Audrey aún infantil arrebata la tiara a su hermana y la lanza para que quede colgando del árbol, como si de uno de los artefactos del asesino se tratara.       

 

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Un asesino que continúa en libertad, tal y como ha revelado uno de los presos a los que casualmente interroga Cohle. Y que, para más inri, podría ser legión, en lo que constituye otro notable ejemplo de inteligencia narrativa: tras el cierre en falso que en consecuencia supuso la muerte de Ledoux, tocaba reanudar la investigación con la dificultad añadida del tiempo transcurrido, siete largos años. De modo que el guión, tal y como reabría una de sus líneas, cerró la otra: Cohle aparece, por fin, como sospechoso oficial de los crímenes, acusación que puso punto final a su entrevista en tiempo presente. A la vez, el flashback nos lo presentó regresando a los escenarios del crimen de Dora Lange con un ánimo de descubrimiento que el verdadero criminal difícilmente exhibiría, claro. Y, en ese volver a empezar, a fin de mantener el crescendo, su primer hallazgo fue una multiplicación de los precedentes: con la vieja escuela como escenario, tres pinturas de ángeles (había sido una sola en la iglesia) y una amplia colección de esculturas de madera. Y, con ellas, la serie sigue creciendo.

 

 

Bonus tracks:

* Dewall, el socio de Ledoux, leyendo a Cohle como un libro abierto: “I can see your soul at the edges of your eyes. It’s corrosive, like acid. You got a demon, little man”.

* Nunca un pack se seis latas de cerveza se prestó a tantos y tan jugosos simbolismos metafísicos.

* Cohle explicando el método que le llevó a conseguir un récord de confesiones en los siete años que siguieron al caso Ledoux: “Look, everybody knows there’s something wrong with them. They just don’t know what it is. Everybody wants confession”. Porque, en efecto, su nihilismo le permite erigirse en una suerte de figura religiosa para los criminales a los que interroga.

* Pocas rupturas sentimentales se habrán contado con tamaña economía de palabras y medios: Cohle y su nueva pareja ante el televisor, ella cambiando de canal, él mirándola con su cara de nada…

* Hart: “What always happens between men and women… Reality”. Inmenso momento de Harrelson en un capítulo donde su personaje dio mucho de sí, como hombre de acción y como hombre a secas.

 

Milo J. Krmpotic’

Milo J. Krmpotic’ debe su apellido a una herencia croata, lo más parecido en términos eslavos a una tortura china. Nacido en Barcelona en 1974, ha publicado contra todo pronóstico las novelas “Sorbed mi sexo” (Caballo de Troya, 2005), “Las tres balas de Boris Bardin” (Caballo de Troya, 2010), “Historia de una gárgola” (Seix Barral, 2012) y "El murmullo" (Pez de Plata, 2014), y es autor de otras tres obras juveniles. Fue redactor jefe de la revista Qué Leer entre 2008 y 2015, y ejerce ahora como subdirector del portal Librújula. Su firma ha aparecido también en medios como Diari Avui, Fotogramas, Go Mag, EnBarcelona, las secciones literarias del Anuari de Enciclopèdia Catalana

 

milo@blisstopic.com

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