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True Detective 01x03

"The locked room”

7,8

 

Milo J Krmpotic'

 

Cohle y Hart, Hart y Cohle... Tras el tono intimista del anterior episodio, tocaba dar mayor importancia a la investigación criminal, especialmente porque el mural en la iglesia abandonada, en cuanto primera gran pista del caso, había demostrado que la pareja de policías se hallaba en el camino correcto. Tirando de ese hilo llegaron a la congregación de amigos de Jesús, allí supieron del hombre alto y con la cara quemada que había acompañado a Dora Lange, y ese hallazgo les permitió ganar el tiempo suficiente para que Cohle diera con una posible víctima previa, cuyo abuelo les proporcionó un sospechoso aterradoramente prometedor: Reggie Ledoux, el tipo que cierra el capítulo paseándose en gayumbos, máscara antigás tapándole la cara y machete colgando despreocupadamente de su mano derecha.

 

Es decir, que 1x03 cumplió a rajatabla con su carácter de procedural… y, a la vez, debemos insistir: Cohle y Hart, Hart y Cohle… ¡cuán maravilloso el duelo que entre ellos se está gestando! Podríamos recurrir al lugar común sobre la atracción que siente un extremo por otro, pero las diversas crisis padecidas por Hart durante esta última hora invitan a pensar que se parece a Cohle bastante más de lo que a él le gustaría creer (véase el bonus track número uno, al pie de estas líneas). Primero fue un ataque de celos que le dejó al borde de las lágrimas clamando ridículamente eso de “¡mi césped lo corto yo!”; a continuación, el instante en que parece a punto de derrumbarse frente a su mujer; y, por último, el nuevo ataque de celos que lo lleva a golpear al amante de su amante y del que sale asegurando, por si alguien además de él mismo tiene a bien engañarse: “I’m not a psycho”.

 

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Y aquí toca regresar a las entrevistas que en tiempo presente sirven de hilo conductor del caso. Porque tenemos toda la sensación de que en ellas se nos está sugiriendo casi tanto como lo que se nos muestra. Cohle es un libro abierto, y su monólogo sobre la expresión con que las mujeres a punto de ser asesinadas aceptan la muerte un nanosegundo antes de que esta las abrace nos revolvió de arriba abajo. Pero resulta evidente que Hart no acaba de verbalizar la totalidad de sus recuerdos, que no relata, por ejemplo, su violentísimo segundo ataque de celos. Y esos diversos niveles de represión invitan a apuntalar en su psique buena parte del título del episodio, esa mente como habitación cerrada a la que hace referencia Cohle.

 

Aún un apunte más acerca de ese apartado, pues la escenificación de las charlas tiene también su miga. Hart aparece sobre una ventana con los visillos abiertos, viste de traje, hay luz natural y una sensación de limpieza en las antípodas de los esqueletos que le vamos conociendo emisión tras emisión. La habitación de Cohle, en cambio, está cerrada al mundo, su atmósfera se va tornando malsana por la sucesión de cigarrillos y latas de cerveza, diríase que hay que contener sus ideas, sus palabras, su cabello desastrado, precisamente porque se trata de quien nada nos va a ocultar. Y sus verdades pertenecen al género que abre abismos bajo nuestros pies.

 

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El principal tema de este notable capítulo, perdón si hasta ahora no habíamos podido exponerlo, fue la maldad. Ya lo anticipamos la semana pasada: “El mal siempre halla una rendija por la que colarse”. Pero, además, lo hace ofreciendo caras muy diversas. En una de sus celebradas conversaciones al volante, Cohle se define como el tipo malo que se encarga de detener a los otros tipos malos. Claro que la suya es una maldad amoral, (de nuevo) nihilista, crítica, que brota de la ausencia de esperanza. Cuando Hart se pregunta sobre su propia maldad, en cambio, lo hace convulsionado por el arrepentimiento, sabedor de que está infringiendo las normas que otros han dictado para él; por de pronto, la monogamia como pilar de esa estructura social que es el matrimonio. Y, necesitado de justificar esa falta, intenta explicarla en términos de amor. Junten ambas variantes, en definitiva; tengan en cuenta la locura que tal mezcla arrojará, y obtendrán la radiografía perfecta del asesino.

 

 

Bonus tracks:

* Hart: “You know the real difference between me and you?”. Cohle:Yeah… denial”.

* La chica a la que Maggie quiere emparejar con Cohle… ¿no parece, de hecho, una versión algo más agresiva, eróticamente hablando, de la propia Maggie; es decir, una Maggie al otro lado de “los límites” -por utilizar el término de Hart- que le presta el ser esposa y madre? Al rojo vivo, el juego de proyecciones que se está estableciendo entre todos ellos.

* Cohle:And like a lot of dreams… there’s a monster at the end of it”.

* Se ha criticado que el capítulo acabara con un plano fijo del tatuado y semidesnudo Ledoux. Pero la máscara con la que presumiblemente “cocina” su metanfetamina remite a Leatherface tal y como el machete invita a pensar en Jason Voorhees. Y ese efectismo tan setentero me remitió directamente a la brutal visceralidad de “La matanza de Texas”. Así que lo compro a pies juntillas.  

* La próxima semana no hay episodio: parece que ni la HBO tiene ganas de competir con la Super Bowl.

Milo J. Krmpotic’

Milo J. Krmpotic’ debe su apellido a una herencia croata, lo más parecido en términos eslavos a una tortura china. Nacido en Barcelona en 1974, ha publicado contra todo pronóstico las novelas “Sorbed mi sexo” (Caballo de Troya, 2005), “Las tres balas de Boris Bardin” (Caballo de Troya, 2010), “Historia de una gárgola” (Seix Barral, 2012) y "El murmullo" (Pez de Plata, 2014), y es autor de otras tres obras juveniles. Fue redactor jefe de la revista Qué Leer entre 2008 y 2015, y ejerce ahora como subdirector del portal Librújula. Su firma ha aparecido también en medios como Diari Avui, Fotogramas, Go Mag, EnBarcelona, las secciones literarias del Anuari de Enciclopèdia Catalana

 

milo@blisstopic.com

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