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True Detective 01x02

"Seeing things”

8,3

 

Milo J Krmpotic'

 

En ocasiones, uno se preocupa tanto por encontrar pistas ocultas que acaba perdiendo de vista lo más evidente. En la reseña del anterior episodio comentábamos la importancia que iba a tener la religión en el desarrollo de la serie, pero nos quedamos a medias al no destacar lo cristiano de las posturas en que fueron hallados los cadáveres que sirvieron para enmarcar la narración: Jesús rezando ya con la corona de espinas alrededor de la cabeza y Jesús crucificado (un beso para mi señora por hacerme caer de cuatro patas en tan manifiesta iconografía).

 

Este segundo capítulo, en cualquier caso, prescindió de hallazgos morbosos, dejó la Biblia durante largo rato de lado y se dedicó a ofrecer relleno tanto a la investigación como a la psicología de los personajes. Una medida ciertamente arriesgada, habida cuenta lo afín al efectismo del grueso de la audiencia catódica, pero que se tradujo en un relato modélico y en más de una ocasión emotivo acerca de la labor policial, el matrimonio, los hijos y la masculinidad en general.

 

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Las de Cohle y Hart son, en ese sentido, dos maneras dispares de estar en el mundo. Dos formas de ser hombre, que no macho, aunque también. El segundo justifica su carácter adúltero como medida de protección para que la podredumbre de su trabajo no acabe repercutiendo sobre una vida doméstica mucho menos idílica de lo que él querría. Y el primero, en un monólogo digno todo él de figurar al pie de estas líneas como bonus track, celebra prácticamente la muerte de su hija por haberlo liberado del “pecado de ser padre”. Vitalismo frente a nihilismo, dos respuestas para ir tirando dentro del huracán que en absoluto les liberan de sufrir tensiones con sus seres queridos y que les llevarán a chocar mutuamente en más de una ocasión camino del estallido definitivo.

 

Ambos, no obstante, confluyen en su voluntad de ser buenos policías. Y aquí se dieron a un ejercicio de burocrática labor sobre el terreno, entrevistando a cuanta prostituta hubiera podido coincidir con la difunta Dora Lange, lo que nos granjeó nuevas estampas de miseria sureña, nuevos planos protagonizados por la perturbadora geografía de Louisiana, nuevos retratos de almas estampadas contra los arcenes de la existencia (la madre que padece atroces migrañas por culpa de los productos químicos con los que trabajó toda su vida, la meretriz / camello con las piernas cosidas a morados, la menor de edad que huyó de los abusos de su tío para acabar buscándose el pan en un burdel de carretera…).

 

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Y veníamos prevenidos. Y, teniendo en cuenta el perfil del episodio, no anticipábamos grandes sorpresas. Pero tanto McCounaghey como Harrelson se las arreglaron para extraer nuevos matices a sus personajes. El gesto de pavor del primero al enfrentarse a una de sus alucinaciones, la mirada entre agresiva e insegura que le dirigió el segundo desde el volante, resultaron sendos prodigios de interpretación. Y no muy lejos anduvo su encontronazo en los vestuarios de la comisaría, más que probable anticipo de las razones que los llevarán a desencontrarse definitivamente.

 

“Seeing things” era el título: “Viendo cosas”. La trayectoria de Hart es lineal, unidireccional, anclada al presente que le dicta su familia. La de Cohle, en cambio, se desdobla, viene y va hacia un pasado que necesitábamos conocer a través de esos ecos alucinados. Si un reloj detenido acierta la hora dos veces al día, los hallazgos del personaje, sus momentos de sintonía con el universo, por menos probables incluso, nos habrán de poner la piel de gallina. El mural de la iglesia semiderruida no es más que un aviso: “True detective” ha dado con esta segunda entrega un paso de gigante.

 

 

Bonus tracks:

* Cohle sobre la paternidad: “Well, you got the hubris… it must take to… yank a soul out of nonexistence… into this… meat”.

* Nos aterramos junto a Hart al escuchar la conversación entre sus dos hijas y ver el escenario con el que estaban jugando: una Barbie desnuda y rodeada de muñecos masculinos, como si de una gang rape se tratara. El mal siempre, siempre halla una rendija por la que colarse.

* ¿Es Cohle sospechoso de los asesinatos? ¿Es ese el motivo de las entrevistas? Tanto la visita al taller de coches como el modo en que controla su pulso tras el incidente del vestuario, sobre todo sus palabras acerca de la impunidad con que podría hacer cosas terribles, invitan a esperar sorpresas en su relación con la violencia.

 

 

Milo J. Krmpotic’

Milo J. Krmpotic’ debe su apellido a una herencia croata, lo más parecido en términos eslavos a una tortura china. Nacido en Barcelona en 1974, ha publicado contra todo pronóstico las novelas “Sorbed mi sexo” (Caballo de Troya, 2005), “Las tres balas de Boris Bardin” (Caballo de Troya, 2010), “Historia de una gárgola” (Seix Barral, 2012) y "El murmullo" (Pez de Plata, 2014), y es autor de otras tres obras juveniles. Fue redactor jefe de la revista Qué Leer entre 2008 y 2015, y ejerce ahora como subdirector del portal Librújula. Su firma ha aparecido también en medios como Diari Avui, Fotogramas, Go Mag, EnBarcelona, las secciones literarias del Anuari de Enciclopèdia Catalana

 

milo@blisstopic.com