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JAYHAWKS

The Jayhawks en Sevilla

08/04/2015, Teatro Quintero, Sevilla

8

 

Texto Antonio Bret

Foto Son Estrella Galicia

 

Cuando un teatro retira sus butacas para dar paso a un espectáculo que se escapa a las directrices habituales de su programación, tenemos la suerte de verlo con sus fronteras ampliadas, encontrando esquinas que, antes, quedaban ocultas por el entramado de travesaños, espaldas de plástico y asientos que un día son cómodos y otro, a lo mejor no. Y, dentro de la solemnidad que tienen siempre las paredes de un teatro, por mucho que los tiempos de ahora –y de hace ya un tiempo– se revistan de modernidad, un concierto de rock se torna recogido, ensimismado, y más si el fondo que cubre al grupo en cuestión se asemeja a una noche estrellada, de esas que son imposibles de ver ahora si no es cogiendo el coche y yendo al campo, lejos, muy lejos, de las sirenas, el neón, el humo y las antenas de las operadoras de telefonía móvil.

 

Esa noche le tocó el turno a The Jayhawks, y no se me ocurre mejor entorno que el descrito: un teatro despojado, por un rato, de chácharas histriónicas que recogió, durante poco más de hora y cuarto, a un grupo de cuentistas que se dedican a entramar melodías con más pulcritud que la primera hoja del cuaderno de un colegial en el primer día de clase. Si bien al principio parecía como si les costara recogernos, como si tuviesen, si acaso, que pedir perdón por ese carácter involutivo que, bendita enfermedad, es marca de la casa desde mediados de los ochenta, a medida que iba pasando el tiempo, y las canciones, Gary Louris y su rickenbacker y su armónica comenzaban a calar. La baza de lo familiar y la nocturnidad, los juegos de voces, las melodías de las guitarras, lustrosas, dibujaban sonrisas y abrazos y nos enfrentaban a ese cielo estrellado, artificial, que habían construido en el Teatro Quintero y que invocaban al clasicismo bien entendido. Sin sonar rancio. Sin sonar anquilosado. Aunque las melodías de sus canciones casi que brotaban de nuestras cabezas hacia los labios sin ni siquiera haberlas escuchado, sabido y asimilado de antemano, de tan ancladas en nuestro imaginario que estaban.

 

La noche avanzaba y el campo se asentaba por derecho propio. Nos hicimos a un lado, nos sentamos frente al fuego y desfilaban “Save it for a rainy day”, “Smile” o “Tampa to Tulsa”, interpretada por la imponente y delicada voz del batería Tim O'Reagan. El campo se iba haciendo cada vez más pequeño, las estrellas de tela más cercanas y pareciera que allí, al final, solo quedábamos unos dos o tres. No había caballo que recoger para volver a casa y a lo mejor al llegar a ella no nos esperaba nadie. Pero esa noche era diferente, porque nos habían recordado que siempre, siempre, hay que sonreír, sobre todo cuando estás triste. Ni más, ni menos.

Antonio Bret

Nacido hace 36 años en el sur de España, Antonio Bret estudia producción de cine y TV pero se dedica, durante dos años, a contar historias de copleros en “Se llama Copla” de Canal Sur. Cinéfago y heterosexual solo de cintura para abajo, es fan de Lucio Fulci, David Cronenberg, Hayao Miyazaki y Mónica Naranjo. También es adicto a los one hit wonders de los 80 y el porno de los 70. Rechaza la depilación púbica y quiere abrazar, un día, a Phil Collins