Menu
Grouper  

Grouper

Ruins

Kranky

8

Out Rock

Vidal Romero

 

Cuenta Liz Harris que “Ruins”, su séptimo disco largo como Grouper, se grabó en el año 2011, en una casa de Aljezur, durante una temporada que pasó allí becada por la galería Ze Dos Bois. Aljezur es una pequeña población situada no muy lejos del Cabo de San Vicente, y si han estado alguna vez allí, ya sabrán que posee esa extraña belleza que galvaniza todo el Algarve portugués (o al menos, el que aún no ha sido invadido por el turismo salvaje), ese aspecto como a ruina inminente, esa desconcertante decadencia que puntea muchas de las construcciones. Cuenta también Harris que aquellos días fueron sus primeras vacaciones tras varios años de trabajo ininterrumpido; que paró en seco y se sintió abrumada por la cantidad de indignación política y basura emocional que comenzaba a procesar de repente. Y que, para combatir ese desasosiego todos los días, mientras no estaba grabando, daba un paseo de varios kilómetros hasta la playa, atravesando un paisaje salpicado por pequeñas casas y algunas ruinas.

 

No es difícil, a partir de todas esas pistas, atar cabos y comprender que las ruinas a las que hace referencia el título de la criatura tienen mucho que ver con ese paisaje que rodeaba a Harris en sus paseos diarios y en su alojamiento (capturado en las fotografías que acompañan al disco), pero que también son una metáfora de esa devastación que la inundaba por dentro. De lo primero dan cuenta las numerosas grabaciones de campo que aparecen en el plano de fondo; algunas claros accidentes, como el chasquido eléctrico en “Labyrinth”, y otras con pinta de estar manipuladas: las ranas que suenan en “Lighthouse”, que croan con una cadencia extrañamente a compás. Y de lo segundo el tono confesional de unas letras que hablan de pérdida y de ausencias, que revelan fantasmas y desahucios prácticamente en cada frase.

 

Fiel a ese espíritu, “Ruins” se abre con “Made of metal”, apenas una serie de pellizcos a las cuerdas del piano, acompañados por los trinos de unos pájaros que suenan en la lejanía; un comienzo que ya anuncia el carácter desnudo y esquelético que va a gobernar todo el disco. La vestimenta escogida, como corresponde a un material tan íntimo y tan crudo es parca: tan sólo un piano de pared y la voz, ambos capturados con un micrófono y una grabadora de cuatro pistas. Una instrumentación que es inusual en la cantante de Portland –que suele utilizar guitarras, pedales y loops de cinta-, pero que resulta del todo familiar, que viene tocada por esa neblina fantasmal que es la marca de la casa. Y es que Harris es de esas artistas que se pasan la vida dando la vuelta a una misma canción; eso sí, una canción tan grande que bastaría para llenar un universo entero.

 

Las tripas de “Ruins”, como íbamos diciendo, están llenas de variaciones de esa gran canción, pequeñas viñetas de belleza fantasmal y desvaída, que caen sobre el oyente a tumba abierta y le desarman por completo. Canciones de una asombrosa cercanía (en ciertos momentos se llegan a escuchar los golpes de la respiración), que se crecen aún más cuando se escuchan en su conjunto, y que a pesar de la tristeza que desprenden están bañadas en una extraña luminosidad; dispersos rayos de sol que atraviesan tímidamente las brumas que lo envuelven todo, que permiten adivinar una cierta esperanza al final del viaje. Y eso que este es un viaje en el que, curiosamente, sólo chirría el acto final: una pieza de ambient espectral, grabada en 2004 (esta vez sí con su arsenal de efectos y su guitarra ondulante), que despide al oyente entre acordes al ralentí y nubes de electricidad estática. Supongo que en el particular universo emocional de Harris existirá una conexión entre esta pieza y el resto de las canciones, una razón que explique su presencia dentro de “Ruins”; pero para el espectador que llega de nuevas, sólo supone un añadido innecesario, un desafortunado paso en falso, dentro de un disco que hasta entonces era sobresaliente. Lástima.

 

Vidal Romero

Como todos los antiguos, Vidal Romero empezó en esto haciendo fanzines (de papel) a mediados de los noventa. Desde entonces, su firma se ha podido ver en infinidad de revistas (Go Mag, Rockdelux, Ruta 66, Playground, aB, Era y Clone entre muchas otras) y algún que otro periódico (Diario de Sevilla, Diario de Cádiz). Es también uno de los autores del libro “Más allá del rock” (INAEM, 08) y ha trabajado como programador y productor para ciclos de conciertos y festivales como Arsónica, Territorios o Electrochock (US). Incluso le ha quedado tiempo para ayudar a levantar España ladrillo a ladrillo con lo que es su auténtica profesión: la arquitectura. Es uno de los mejores analistas de música electrónica de este país.

 

vidal@blisstopic.com