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Ariana-Grande  

Ariana Grande

My Everything

Universal

6,5

R&B

Antonio Bret

 

En estos tiempos que vivimos, tan rápidos y caducos, la necesidad de encontrar referentes pop que animen las arcas de la –dicen que– maltrecha industria musical se acrecienta. Sí que es verdad que tenemos a Katy Perry –con todo su juguetón sentido del humor, su colorido absolutamente arrollador– o a Rihanna –demasiado atrevida y escandalosa para ser un referente entre el público adolescente– o Beyoncé –ahora, ya madre, se está quedando ''mayor'' para ese ya mencionado público adolescente, y que nadie me tache de machista: el pop de consumo masivo está dirigido al sector de la población más joven y es terriblemente cruel con las mujeres, digamos, maduras–. Es por eso que la industria necesita a Ariana Grande, la nueva Mariah Carey, aunque remozada para la segunda mitad de la segunda década del siglo 21. Ahora, con la EDM petándolo muy seriamente en los USA, la muchachada divide su corazón entre los gorgoritos de esta pléyade de divas y los bombásticos subidones de Avicii o el garruleo subwooferiano de Skrillex. Y es de esta mezcla bastarda de donde sale “My Everything” el recién segundo disco de Ariana Grande, que aparece en escena menos de un año después de su debut, "Yours Truly".

 

 

“Yours Truly” fue un intento, quizás demasiado evidente, de convertir a la Grande, en eso, en una Grande, que pese a su juventud podía merendarse con papas a la mayoría de divas negras, y no tanto, del pop actual. Era un disco homogéneo, con grandes canciones, pero que pecaba de inmovilista, olía un poco a rancio, sobre todo teniendo en cuenta lo dicho antes: el adolescente ahora mueve más la zapatilla en la rave que en el club. Dicho esto, Ariana se reúne con otros productores, esta vez Max Martin –Britney Spears, *Nsync, Backstreet Boys–, Benny Blanco –culpable de uno de los mejores discos de la Spears, Circus–, Ryan Tedder –miembro de One Republic y compositor para, entre otros, Adele, Beyoncé, Demi Lovato, Maroon 5 y Ellie Goulding–, Darkchild –Justin Bieber, Lady Gaga– y David Guetta, para tenerlo todo cubierto: el sabor vintage, aunque tremendamente moderno, del R&B de los 90, la sensibilidad cibernética de la diva del nuevo milenio, el pop chicle-picante de los ídolos adolescentes del 2014, el pop adulto-aunque-con-alma-adolescente- y la zapatilla, aún sin quemar, aunque tiempo al tiempo, de la EDM. Para conseguir esto, no solo cuenta con la producción, sino que se nutre de colaboraciones –más de la mitad del disco lo son– tan jugosos y dispares como los de la meteórica Iggy Azalea, el otrora actor de "Community", Childish Gambino, The Weeknd –aunque parezca rarísimo encontrarlo por aquí: ver en un mismo disco a un tipo que airea sus orgías y las rallas de coca que inhala y a una ex-artista del Disney Channel es algo que solo podría pasar aquí y ahora–, A$asp Ferge, Zedd, Cashmere Cat o Harry Stiles de One Direction. El resultado, claro, es irregular, como una de esas películas de episodios en la que, forzosamente, los hay muy buenos, buenos, y peores.

 

 

Aquí el oyente ha de ser, por obligación, lo suficientemente joven como para no tener prejuicios o lo suficientemente desprejuiciado para disfrutar de unas canciones que, por si solas, tienen mucho que decir, como "Problem" –las trompetas son puritito Mark Ronson– o "Break Thru" –les acaba de robar el definitivo himno EDM de 2014 a todas las demás–. En cuanto Ariana encuentre el equilibrio entre el baile, la seducción, el urban sound y la rave, tanto como para entregar un disco entero y no solo destellos entre canciones, simplemente, correctas, –"Be my baby" o "Break your heart right back", sampleo de Diana Ross incluido, se acercan a lo que podría ser una Ariana GRANDE de verdad, estaremos ante una imponente artista. De momento, nos quedamos con una chica jovencísima que canta mejor que el resto y a la que le hacen canciones efectivas y que no te toman por gilipollas. Que eso ya es mucho.

 

Antonio Bret

Nacido hace 36 años en el sur de España, Antonio Bret estudia producción de cine y TV pero se dedica, durante dos años, a contar historias de copleros en “Se llama Copla” de Canal Sur. Cinéfago y heterosexual solo de cintura para abajo, es fan de Lucio Fulci, David Cronenberg, Hayao Miyazaki y Mónica Naranjo. También es adicto a los one hit wonders de los 80 y el porno de los 70. Rechaza la depilación púbica y quiere abrazar, un día, a Phil Collins