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Fargo 2x08-09-10

“Loplop” / “The Castle” / “Palindrome”

9,8

 

Milo J Krmpotic'

 

Mucho se ha comentado la posibilidad de que la pequeña pantalla del siglo XXI se haya adueñado del papel de influencia y predominancia dramática que antaño ostentaba el cine… y algo de eso hay: durante este último lustro, ¿qué guionistas fílmicos han alcanzado la popularidad de los Nic Pizzolatto, Noah Hawley, Charley Brooker…? ¿Qué comedia ha rozado el nivel de delirio de la extraordinaria segunda temporada de “Review”? ¿Cuántas obras de celuloide pueden presumir de provocar la misma ansiedad que una nueva tanda de episodios de “Juego de Tronos”? Otro tema de conversación recurrente, quizá un pelín más polémico, ha orbitado en torno a la exaltación de las series televisivas como principal exponente de la narrativa contemporánea, en detrimento de la página escrita… y quizá algo de eso haya también, aunque convenga aplicar múltiples acotaciones y citar un par de veces a Jonathan Franzen y, de últimas, reivindicar que el público de la era cibernética conocerá muchas más cosas que sus antepasados directos, aunque raramente alguna con el mismo nivel de profundidad; que se sentirá ciertamente mucho más entretenido, pero está por verse qué niveles de cultura declara.

 

El caso es que, sin abandonar ese paralelismo con la literatura, allí donde “The Wire” y “Los Soprano” y “Breaking Bad” han podido ser Galdós y Mann y Dostoievski, allí donde “Black Mirror” ha transitado la perfección del relato borgiano, la segunda temporada de “Fargo” ha conseguido la cuadratura del círculo: incluso lejos de ser autoconclusivos, la excelencia de por lo menos sus cinco últimos capítulos (esto es, un cincuenta por ciento de la producción) permitiría un visionado individual, invita a recuperarlos para revivir los memorables hallazgos visuales que han ejercido de guinda al pastel que ya componían trama y personajes; pero es que, además, el todo ha acabado resultando superior a la suma de cada una de tan acertadas partes. Y, tirando aún de este hilo comparativo, la extensión media-larga que representan casi diez horas de metraje ha convivido con una voluntad de fábula, con una ambición de cuento tradicional que llegó a su súmmum con la estructura de 2x09 (donde Martin Freeman corrió a cargo de la voz en off narradora), que ha amparado guiños gamberros que en otras circunstancias se hubieran dado de palos con el espíritu de Western noir por el que se conducía la historia (como las apariciones extraterrestres), y que, a su vez, en insólita sucesión de muñecas rusas o cajas chinas, ha permitido también un feroz análisis político y social de los Estados Unidos que entraron en crisis de valores nada más comenzar los 1970 y que se despeñaron por el precipicio de la inmoralidad económica con la elección de Ronald Reagan, quien no en vano fue un personaje secundario pero vital desde el minuto uno de la serie.

 

 

“Loplop”, yendo ya por partes, tomó su título del nombre de un pajarraco que jugó el rol de espíritu familiar en diversas obras de Max Ernst (precisamente lo mismo que Reagan aquí). Y, de paso, ni dadaísmo ni surrealismo le faltaron a un capítulo que tiró de flashback para retomar la peripecia del matrimonio Blumquist allí donde la había dejado 2x06. Ello se tradujo en un delicioso tour de force interpretativo de Kirsten Dunst, pero también nos regaló, en los tiempos muertos (por la cantidad de fiambres que alumbraron), el encumbramiento de Hanzee Dent como antihéroe trágico de primer orden: su breve momento de debilidad, cuando le pide a Peggy que le corte el cabello como renuncia al carácter salvaje grabado en él por toda una vida de abusos racistas, encontró paralelo a su belleza en el uso de la cámara lenta durante el asalto de Lou Solverson y Hank Larsson a la cabaña. Si esas tijeras se hubieran cerrado sobre la melena de Dent en vez de en el aire (para pasar a alojarse en su espalda segundos después), quizá la masacre de Sioux Falls no hubiera tenido lugar.

 

Pero la masacre de Sioux Falls tuvo lugar, sí, y de contarla se encargó con todo lujo de (sangrientos) detalles “The Castle”, lema debido, mucho nos tememos, a la novela inconclusa de Kafka. Porque kafkiano resultó, en efecto, el desencuentro constante entre el sentido común de Lou Solverson y la arrogancia de los jefes policiales de Dakota del Sur. Algo más allá, la voz de Martin Freeman, como decía, sirvió de marco al clímax de la temporada, ese asalto al castillo llamado Motor Motel que, bajo dirección de Adam Arkin (quien también ha venido interpretando a uno de los mafiosos de Kansas), se vio mejor resuelto desde el suspense previo que con la secuencia de acción propiamente dicha, si bien tampoco se puede decir que ésta desentonara, si hasta encontró su propia personalidad dentro de la tradición de grandes asaltos a fuertes y comisarías con el uso de la imagen congelada. Poco antes, el “Sylvia’s Mother” de Dr. Hook nos había partido el corazón al acompañar el desplome de Betsy Solverson. Y, tal y como se desencadenaban las hostilidades, Hanzee Dent certificó su caída en la esquizofrenia homicida (aunque tampoco se le puede negar cierta lógica: puestos a matar, pues se mata a los propios que no hayan sido eliminados por los extraños) pasando a cuchillo a una sorprendida Floyd Gerhardt. La escabechina fue tal que se comió al mismísimo Mike Milligan, firmante por vez primera de una aportación menor. Y, mientras los Blumquist seguían con su huida hacia ninguna parte, mientras Dent seguía pisándoles los talones, un ovni contribuyó a cerrar el listado de bajas entre los Gerhardt, distrayendo a Bear para que Solverson le volara la tapa de los sesos, tal y como un ovni había contribuido a abrirlo distrayendo a Rye para que Peggy se lo llevara por delante con su coche y su voluntad de ser la mejor “ella misma” posible.

 

Y, hablando de simetrías, “Palindrome” llevó por lema el episodio final. Pero es posible que haya habido trampa, que este 2x10 no fuera el reflejo especular de 2x01, ni siquiera de 1x01, sino la primera carta puesta sobre la mesa de lo que será la tercera temporada (a estrenar, parece, en la primavera de 2017, habida cuenta que a Noah Hawley le llueven los proyectos y, por ejemplo, se está encargando de la adaptación de “Cuna de gato” de Kurt Vonnegut). A ello apuntó el sueño-visión de una (puntualmente) recuperada Betsy, donde la felicidad futura de los Grimly-Solverson se veía amenazada por un Hanzee Dent como recién salido de “Twin Peaks”: fuego camina conmigo y tal. Curiosamente, esa misma imagen formó parte de la fantasía paranoica de Peggy Blumquist en el interior de la cámara refrigeradora del supermercado, con lo que algo de verdad debió haber en ella: no la salvación a través de Ronald Reagan pero sí, siguiendo la estela de Lorne Malvo, esa presencia de un mal absoluto y amoral que de vez en cuando irrumpe en nuestras existencias para teñirlas de absurdo camusiano. Por lo demás, tras renunciar a su clímax (un enfrentamiento entre Lou Solverson y Dent, o cuando menos entre Peggy y su perseguidor), tras certificar a través de Mike Milligan que el crimen en la América de los 1980 iba a ser eminentemente corporativo, “Fargo” se despidió de forma entrañable y hasta hermosa, dando un respiro familiar a sus más humanos protagonistas, con Lou y Betsy durmiéndose abrazados mientras el reflejo de los copos de nieve que caen al otro lado de la ventana no deja de recordarnos, lo mismo que en “Los muertos” de Joyce, que tarde o temprano seremos pasto de la Segadora. Obra maestra, oigan.  

 

 

Bonus tracks:

* Ed Blumquist: “Cariño, ¿has acuchillado a nuestro rehén?”. Maravilloso.

* Ed Blumquist: “¿Lo estás viendo?”. Peggy Blumquist: “Es sólo un platillo volante, cariño. Tenemos que irnos”. Y nueva ovación para el personaje.

* A todo esto, ¿era agua debida a la condensación lo que se desprendía del ovni? Porque por un momento cobró cierta consistencia babosa…

* Nada mejor que vestir camiseta blanca a modo de uniforme para que te acuchillen o disparen durante una bonita noche dakoteña, ¿verdad?

* El inicio de 2x10 alteró la tónica, con el consabido “Esta es una historia real” sonando de viva voz (en vez de tecleado) mientras se nos presentaban una por una todas las bajas de la familia Gerhardt, incluso cadáveres que se nos escatimaron en su momento, como el del patriarca o el de la pobre Simone.

* Mike Milligan: “Oh, pero los tenemos [reyes en América]. Los tenemos. Solo que los llamamos de otro modo”.

* Mientras Betsy desestimaba a Camus, Lou lo abrazaba desde una perspectiva estrictamente masculina: la roca de Sísifo es cuidar de la familia de uno ante los elementos, día tras día tras día (“Lo llamamos carga, pero es un privilegio”). Peggy, por su parte, tuvo un momento de lucidez al mentar las 37 horas que debería tener cada uno de esos días para que las mujeres pudieran cumplir con todo lo que se espera de ellas.

* El lenguaje del despacho de Hank Larsson no era extraterrestre, sino humano y humanista. Tal y como Peggy Solverson nos convenció por un momento de la veracidad de una de sus alucinaciones, ¿sería posible que los ovnis no hubieran sido tales, que se debieran a errores de percepción de los personajes de unos Estados Unidos seudo-New Age y post-“Encuentros en la Tercera Fase”? Amigo…

Milo J. Krmpotic’

Milo J. Krmpotic’ debe su apellido a una herencia croata, lo más parecido en términos eslavos a una tortura china. Nacido en Barcelona en 1974, ha publicado contra todo pronóstico las novelas “Sorbed mi sexo” (Caballo de Troya, 2005), “Las tres balas de Boris Bardin” (Caballo de Troya, 2010), “Historia de una gárgola” (Seix Barral, 2012) y "El murmullo" (Pez de Plata, 2014), y es autor de otras tres obras juveniles. Fue redactor jefe de la revista Qué Leer entre 2008 y 2015, y ejerce ahora como subdirector del portal Librújula. Su firma ha aparecido también en medios como Diari Avui, Fotogramas, Go Mag, EnBarcelona, las secciones literarias del Anuari de Enciclopèdia Catalana

 

milo@blisstopic.com

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