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Show Me a Hero 3-4

Con el KKK hemos topado

9,1

 

Milo J Krmpotic'

 

Fue la única pega que le pusimos a la primera entrega doble y, mediada esta segunda, por un momento temimos que pudiera provocar incluso una pequeña brecha sobre la misma línea de flotación de la serie. Sucedió cuando, en las postrimerías del capítulo tercero, Doreen Henderson (Natalie Paul) le escribe una carta a su hijo recién nacido explicándole las dificultades a que debe hacer frente tras la muerte de su pareja, fallecido porque resulta una pésima idea combinar el trabajo de narcotraficante con un asma que te impida correr más de cien metros delante de la policía. El buenismo que lamentábamos, pues, amenazaba con transformarse en azúcar y nuestros dedos acusadores se disponían a señalar a Paul Haggis antes que a David Simon, dado el carácter reincidente del primero, aunque en el fondo seguiríamos siendo conscientes de la importante cuota de responsabilidad del segundo.

 

En esas, no obstante, llegó el capítulo cuarto y Doreen Henderson se convirtió en una crackhead de manual (esa droga resulta nociva en muchos apartados y el del peinado es el más evidente de ellos) mientras la recién llegada Billie Rowan (Dominique Fishback) se ponía adolescente (esto es, insoportable), dejaba la escuela, se hacía despedir de su primer trabajo y se dedicaba a la vagancia hasta conseguir que el chulito e inminente presidiario John Santos (Jeff Lima) la dejara embarazada. Y, con la llegada de tan autodestructivas conductas a la zona baja del retrato, “Show Me a Hero” creció enteros mientras seguía rascando con uña endurecida sobre las paredes de nuestro corazoncito. El caso de Henderson, por cierto, vino a dar la razón, aunque por procedimiento inverso, a las tesis de Oscar Newman, ya que la muchacha no se crió en el gueto pero mudarse a él sí la acabó conduciendo a las drogas.

 

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Al otro lado de la vida, la opción reaccionaria se vio sostenida por parte de solo dos personajes: un Spallone que se aupará en su populismo desatado para alcanzar la alcaldía (en el Yonkers de los 1980, al menos, había elecciones cada dos años) y una Mary Dorman condenada a descubrir que quien siembra vientos sociales recoge tempestades racistas. Y es que, mientras la buena mujer se pelea con su conciencia, la aparición de muñecos ahorcados en la manifestación que dirige Jack O’Toole (Stephen Gevedon) hace presagiar, en forma de escalofrío, la fantasmagórica irrupción final del KKK, de momento (solo de momento) incruenta, pero a la que Haggis extrae toda la bilis y poder de amenaza con un memorable desenfoque/cambio de óptica, el que anula al policía ante la casa que ha sido objeto de vandalismo para mostrarnos ese enrejado que separa a las personas pero en absoluto protege de las agresiones.

 

Finalmente, Wasicsko ha seguido haciendo números en su rol de héroe trágico. De pragmático arribista ha pasado a iluminado idealista (camino cuya credibilidad merece nuevas palmaditas en las espaldas interpretativas de Oscar Isaac), pero, con la pérdida del martillo de alcalde, se ha revelado también un pésimo manitas y un sujeto terriblemente inseguro de puertas hacia adentro, emotivas, con lo que comienza a tensar las cuerdas que le unen a su santa futura esposa (la bella y sutil Carla Quevedo, de momento condenada a ejercer de descanso del guerrero). El desenlace de su peripecia, insisto, ahora que aspira a recuperar protagonismo político, solo puede resultar desolador.

 

Bonus tracks:

* Espero que Springsteen haya hecho un precio especial a los productores.

* Su “Brilliant Disguise” durante la mudanza de Wasicsko a la casa de sus sueños, no obstante, volvió a parecer excesivo en una serie tan afín al sonido realista.

* Resultó mucho más efectivo, a la hora de vestir al personaje, el “Cadillac Ranch” con el que Wasicsko irrumpe a bordo de su coche en los barrios del este de la ciudad poco antes de las elecciones.

* Aunque, para banda sonora, esos Public Enemy que suenan en la secuencia del ascensor, otro pequeño prodigio de mal rollo sin que ninguno de los cinco personajes necesite decir una sola palabra.

* ¿Qué ha sido del personaje de Winona Ryder? ¿Volverá para tentar la fidelidad de Wasicsko, hermanados ambos por sus respectivos fracasos en el ayuntamiento?  

* La mirada de Michael Potts al final de la visita al piso de su hija... Esa mirada donde se concentra todo el dolor y la sabiduría de la paterna experiencia…

 

Milo J. Krmpotic’

Milo J. Krmpotic’ debe su apellido a una herencia croata, lo más parecido en términos eslavos a una tortura china. Nacido en Barcelona en 1974, ha publicado contra todo pronóstico las novelas “Sorbed mi sexo” (Caballo de Troya, 2005), “Las tres balas de Boris Bardin” (Caballo de Troya, 2010), “Historia de una gárgola” (Seix Barral, 2012) y "El murmullo" (Pez de Plata, 2014), y es autor de otras tres obras juveniles. Fue redactor jefe de la revista Qué Leer entre 2008 y 2015, y ejerce ahora como subdirector del portal Librújula. Su firma ha aparecido también en medios como Diari Avui, Fotogramas, Go Mag, EnBarcelona, las secciones literarias del Anuari de Enciclopèdia Catalana

 

milo@blisstopic.com

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