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True Detective 02x06

Y la temporada descarriló...

5,8

 

Milo J Krmpotic'

 

Nic Pizzolatto tuvo la oportunidad de hacer algo verdaderamente grande, por inesperado y por el desafío dramático que hubiera implicado, cuando cerró el capítulo segundo de esta nueva temporada con la ejecución de uno de los personajes principales, precisamente el que más clichés coleccionaba y el que, por tanto, a mayores riesgos le exponía en cuanto a desarrollo de la historia. Quizá no fue verdaderamente consciente del genio que ello hubiera implicado, quizá no se atrevió, quizá pensó con no escasa hybris que la mera sugerencia resultaba suficiente. El caso es que lo único destacable que ha amparado “TD2” desde entonces ha sido el epílogo a su 2x04 (sobre el que ya nos extendimos aquí), y que la serie venía flirteando con el tedio hasta este 2x06 donde ha descarrilado pinta que definitivamente.

 

No resulta casualidad en ese sentido que, a lo largo y ancho de los cuatro episodios que median entre la promesa incumplida y este desencuentro, el asesino de la máscara de corneja haya brillado por su ausencia. Algunos pajarracos nos han recordado subliminalmente su existencia, sí, pero, a falta de un elemento que concentrara los efluvios del Mal, éste se ha diluido en una generalidad de aburridas corruptelas urbanísticas, mientras que los protagonistas, siempre más enfrentados a sí mismos que a cualquier enemigo con pico y ojos, despojados además del guiño de ambigüedad que multiplicaba el poder de fascinación de Rust Cohle, se han estancado en un gesto de estreñimiento al que las interpretaciones de Colin Farrell y Taylor Kitsch, repetitiva la una y monolítica la otra, ayudan poco y nada.

 

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Para colmo, esa Ani Bezzerides que se venía salvando de la quema ha acabado precipitándose por el abismo del tópico al revelarse, durante la alucinada pero nunca suficientemente opresiva secuencia de la orgía, que su cabreo con el mundo y su turbulenta sexualidad obedecen a que en su infancia fue objeto de abusos por parte de un sujeto de vileza rasputiniana. Y si la realización de Miguel Sapochnik no alcanzó las debidas cotas de incomodidad a la hora de retratar cuanto acontecía dentro de la mansión, el desastre de puertas hacia afuera cabe achacárselo en exclusiva a Pizzolatto, pues ni el añorado Cary Joji Fukunaga hubiera podido salvar una propuesta tan manida como la del asalto a esa fortaleza en la que los héroes van eliminando vigilantes uno a uno, dan con los documentos confidenciales a las primeras de cambio y huyen en compañía de un preciado botín humano perseguidos por unos guardaespaldas que sólo aciertan a disparar cuando el coche que los recoge se está perdiendo en lontananza. En efecto, la cosa discurrió por los torcidos caminos de la parodia involuntaria y dolió especialmente a la que nos acordamos del asalto paralelo que tanto nos fascinó durante la primera temporada, resuelto entonces con un memorable plano-secuencia.   

 

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Fue un final tirando a infame para un capítulo en el que Vince Vaughn intentó por todos los medios prestar consistencia a su Frank Semyon, empeño en el que jamás contó con la ayuda del director (cuesta respetar a un tipo con tales andares de pato) o del guionista (¡esas negociaciones en las que no hizo más que bajarse los pantalones mientras pretendía llevar la voz cantante!). Durante la secuencia inicial, la que plasmó el enfrentamiento con Velcoro que había servido como cliffhanger la semana anterior, hubo momentos en los que casi creímos que existía la posibilidad de un encontronazo letal entre ambos. Pero, de nuevo, ni Farrell tiene las tablas de Woody Harrelson ni Vaughn alberga las profundidades (y, por tanto, la capacidad de sorpresa) de Matthew McConaughey. Más allá de la decepción con que abríamos esta reseña, aunque la inercia de “TD1” ha fomentado nuestra paciencia, cabe anunciar desde ya que no habrá reválida. “Iglesia en ruinas” era el título y serie en ruinas, el balance a dos entregas del final.

 

Bonus tracks:

* De nuevo, un diálogo vital se vio cortado en dos partes por un anticlimático uso del montaje paralelo: si la semana pasada había sido el protagonizado por Semyon y señora, en ésta fue el duelo Semyon-Velcoro.

* Hablando de lo cual… Semyon: “Quizá seas uno de los últimos amigos que me quedan”. Y Velcoro: “Pues estamos jodidos”.

* Velcoro en la cárcel, Velcoro con su hijo, Velcoro emborrachándose y esnifando cual Lobo de Wall Street… siempre afectado en exceso, siempre lejos de la ironía en la que mejor ha funcionado el personaje.

* La viuda: “Stan fue un gran padre”. Pues mira, uno que había en la serie y le llenaron los ojos de ácido.

* Semyon: “Algo que ya puedo borrar de mi lista: un duelo mexicano con mexicanos”.

* Para que no olvidemos el apartado de crítica a la América de los Bush, el millonario que se prenda de Bezzerides durante la fiesta es un magnate del petróleo.       

 

Milo J. Krmpotic’

Milo J. Krmpotic’ debe su apellido a una herencia croata, lo más parecido en términos eslavos a una tortura china. Nacido en Barcelona en 1974, ha publicado contra todo pronóstico las novelas “Sorbed mi sexo” (Caballo de Troya, 2005), “Las tres balas de Boris Bardin” (Caballo de Troya, 2010), “Historia de una gárgola” (Seix Barral, 2012) y "El murmullo" (Pez de Plata, 2014), y es autor de otras tres obras juveniles. Fue redactor jefe de la revista Qué Leer entre 2008 y 2015, y ejerce ahora como subdirector del portal Librújula. Su firma ha aparecido también en medios como Diari Avui, Fotogramas, Go Mag, EnBarcelona, las secciones literarias del Anuari de Enciclopèdia Catalana

 

milo@blisstopic.com