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Louie

Va a llorar y a morir, pero cuánto nos reiremos mientras tanto

 

Antonio Lozano

 

“Louie Louie Louie, Louie Louie Louie Louie Louie Louie Louie Louie Louie youre gonna cry / Louie Louie Louie, Louie Louie Louie Louie Louie Louie Louie Louie Louie you’re gonna die”. La versión del setentero tema “Brother Louie” del grupo Hot Chocolate –más conocidos por su clásico “You Sexy Thing”–, que sirve de apertura de la serie "Louie" que emite el canal Fox, cambió el “cry” (llorar) de la segunda estrofa por “die” (morir). Una serie de pretendido humor que, desde el acompañamiento musical de sus créditos naturalistas (salida del metro, bocado a una pizza, llegada al club), une la suerte de su antihéroe a las lágrimas y la extinción. Louis C.K., un oso pelirrojo sobrado de kilos y con alopecia, escribe y protagoniza un ejercicio de desbordante autoficción en el que su faceta de incombustible stand up comedian se mezcla con la rutina de un divorciado con dos hijas pequeñas y proclive a atraer a mujeres con un amplio surtido de desequilibrios emocionales y/o excentricidades. Al modo de un superhéroe de la risa, cuando Louis C.K. lleva el traje de cómico, ergo, cuando está delante de un micro, asoma una bestia del escenario: locuaz, agudo, veloz, desternillante, a veces sangrante, salvaje y provocador. Un superhombre nietzscheano del comentario mordaz y el reparto ecuménico de estopa. Lejos del foco, vestido de nuevo de calle para llevar a las niñas al colegio o cenar con una mujer que lo atrae, aflora el inseguro, el balbuceante, el pasivo, el tímido, el tierno. Un dragón frente al público, un cachorro en la intimidad.

 

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El castigo y la humillación a la que expone al personaje, con frecuencia fruto de su propia torpeza, incapacidad o falta de cálculo, y el placer sádico en compartir públicamente sus zonas de sombra y más vergonzosos pecados, ese empezar por hacer chanza de uno mismo sienta las bases desde las cuales disparar a discreción contra todo el mundo. En su constante asalto a la corrección, el artista tantea los límites del humor, sin echar el freno cuando asoma la pendiente de la blasfemia, el racismo, la homofobia, la misoginia o incluso la pederastia. El chiste bestia como mecanismo de cara a purgar la hipocresía y la estulticia de una sociedad perennemente forzada a impostar una versión angelical de sí misma. En cierto modo, "Louie" es una versión abierta y lúdica de algunas de las perversiones de las que ha ofrecido variada muestra el cine de Todd Solonz, aunque en este último caso en forma de secreto o represión. Donde el autor de "Happiness" susurra humor negrísimo, Louis C.K. vocifera groserías y escabrosidades. Métodos diferentes de liberación del inconsciente, de expulsar los tabúes, de arrancar verdades que duelen como muelas cariadas.

 

La incomodidad a la que recurrentemente se enfrenta el protagonista en su vida cotidiana –por ejemplo, en el célebre y viral monólogo donde recibía un rapapolvo de una mujer obesa por pretender negar sus problemas de peso o en las calabazas tan cruel como brillantemente argumentadas que le da una amiga de la que se ha enamorado– encuentra su cámara de ecos sobre una tarima en la que recicla catárticamente esa frustración haciendo reír al respetable con las más pedestres versiones de sí mismo, mostrándose especialmente obsesionado con el tema de la masturbación y unas dotes sexuales que lo sitúan en algún punto medio entre el primate y el Hombre de Cromañón.

 

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Pero "Louie" quizá sea, por encima de todo, una declaración de respeto y amor infinito al comediante de taburete y micro, al que se bate el cobre en antros subterráneos con su ingenio y capacidad de improvisación, alguien llamado a calibrar sin descanso la respuesta del espectador sin venderse por ello a sus expectativas. De aquí que no sea casual que la escena posiblemente más cruda fuera aquella en la que el cómico destrozaba verbalmente a un mujer de la audiencia que lo distraía al no dejar de hablar con una amiga. Si se ha definido el poshumor como aquel humor que no tiene en la búsqueda de la risa su principal o único objetivo, ahí iba una de sus representaciones más extremas: nada menos que violentando al público soberano hasta niveles ¿intolerables?. En el extremo opuesto, la desarmante espontaneidad de su hija pequeña, capaz de amenizar una cena improvisando el mejor chiste sobre gorilas que cabe imaginar o de denunciar un acto de injusticia doméstica con una lógica aplastante (el recurso al retoño como aliado en el ejercicio del entretenimiento se explota desde un ángulo similar en la asimismo excelente producción "El fin de la comedia", siendo Ignatius Farray y Louis C.K. una suerte de mellizos separados al nacer).

 

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Empezando por una ex esposa negra de la que nacen dos niñas cuasi nórdicas, en "Louie" también hay cabida para la pincelada absurda, la fuga surrealista y el desconcertante apunte de poesía extraña con los que se busca amplificar emociones y que podrían haber firmado Léos Carax o Alain Resnais. Basureros que se cuelan en la habitación, helicópteros que rescatan a damiselas en peligro, ancianos filósofos que pasean perros, jaquecas escenificadas como el monocorde zumbido de clientes de un Starbuck's… Aunque para desvío supremo, el cual da medida de la incansable capacidad de la serie para salirse de cualquier camino pautado, están los flashbacks donde, al final de la cuarta temporada, el actor lanza una mirada retrospectiva a sus confesos episodios turbios de adolescencia en lo que acaba siendo una tiernísimo reconocimiento del afecto materno y una emotiva síntesis del ciclo de la vida.

 

Louis C.K. respondió a la noticia de la Fox de que le habían reducido drásticamente el presupuesto y la duración de cada capítulo con un contraataque que se acabó demostrando crucial: tener garantizado el final cut. "Louie" crece con cada temporada desde la más absoluta libertad creativa, donde la vulnerabilidad del padre inmerso en el caos sentimental dialoga con el arrojo del cómico que se ridiculiza como paso previo a fustigar contra la estupidez y el sinsentido que nos cerca.    

 

Antonio Lozano

Antonio Lozano (Barcelona, 1974) es licenciado en Ciencias de la Comunicación por la Universidad Autónoma de Barcelona y cursó un doctorado en Humanidades por la Universidad Pompeu Fabra. Entre 1997 y 2008 ejerció de responsable de secciones de la revista Qué Leer. Actualmente colabora como periodista literario en Qué Leer, el suplemento Cultura/s y el Magazine del diario La Vanguardia, y las revistas Woman y Esquire. También es autor de seis libros infantiles: "Orson y el bosque de las sombras"; "El diente, el calcetín y el perro astronauta"; "Mark Twain y el tren de juguete"; "El cuerno y el centro de la luna"; "La vela que nunca se apagaba" y "El 5º caso del mítico detective Penta", y coautor de la novela juvenil "Terror en la red". Forma parte del jurado del Premio Internacional de Novela Negra RBA, sello para el que realiza un blog de actualidad sobre género policíaco llamado «Lo leo muy negro». Asimismo, ejerce de conductor del club de lectura del Centre de Cultura Contemporània de Barcelona (CCCB).

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