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How I Met Your Mother

El capítulo final

 

Milo J Krmpotic'

 

Nueve temporadas y 208 episodios después, la serie creada por Carter Bays y Craig Thomas ha llegado a su fin. Eso implica que, quienes la hayamos seguido de cabo a rabo, habremos dedicado 76 horas y algo más de quince minutos de nuestras vidas a escoltar a Ted Mosby en su delirante recorrido por una memoria pre-prematrimonial que culminó, como era de esperar, bajo un paraguas amarillo. Y tan estrecha relación bien merece unas palabras de homenaje.

 

Cuando Bays y Thomas aseguraban que conocían el desenlace de la serie desde el minuto uno de su emisión, no jugaban de farol. Su as, por cierto, siempre estuvo a plena vista, en ese plano de los adolescentes que escuchan ligeramente aburridos las interminables batallitas de su padre. En este 9x23-24, cuando el narrador habitual, Bob Saget, enmudeció para que Josh Radnor recuperara la voz del Ted Mosby adulto y se mostrara por vez primera en contraplano frente al sofá de la casa familiar, vimos asombrados cómo una cápsula del tiempo se abría ante nuestros ojos. Y de ella brotaron una serie de réplicas inéditas de los retoños a su progenitor, mitad de un diálogo evidentemente grabado en aquel lejano 2005 que justifica una colección de palmaditas en la espalda de los creadores.

 

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2005, sí. “Friends” había terminado el año antes y la CBS se lanzó a pescar en la orfandad de sus fans presentando a cinco amigos neoyorquinos más o menos veinteañeros, más o menos profesionales, más o menos atractivos, más o menos pijos y más o menos peleados con su vida romántica. Y el toque de originalidad ante tanto déjà-vu llegó con un McGuffin señalado desde el título mismo: todo lo que iba a acontecer, todo cuanto acabó aconteciendo, formaría parte del relato oral de un Ted Mosby empeñado en contar a sus hijos cómo conoció a su madre. Así, el sexto personaje era una ausencia, pero también un enigma y una broma privada, un Charlie sin ángeles que a la postre ha amparado, amén de peripecias sentimentales de corte diverso, algunos de los guiones más jugosos e inteligentemente estructurados de la comedia televisiva de este siglo gracias a los saltos cronológicos a los que se prestaba.

 

Brotó mucha paja por el camino, cierto es. La temporada en que tanto Alyson Hannigan como Cobie Smulders quedaron embarazadas, pese al gesto autoconsciente con que fue tratado el asunto (las barrigas se veían constantemente ocultas tras elementos de atrezo, lo que no dejaba de establecer un nuevo juego con el espectador conocedor de la situación), condujo nuestra paciencia al límite. Y no negaremos que en más de una ocasión sentimos deseos de acercar una escopeta a la frente de Ted Mosby para que se dejara de deshojar la margarita. A la vez, fuimos testigos de cómo Jason Segel, un tipo relativamente simpático, surgido además de la entrañable “Freaks & Geeks”, se transformaba en una de las presencias más petulantes de la escena cómica norteamericana, se mostraba displicente con su papel durante los últimos dos años de la serie y, para más inri, acababa convirtiéndose en la encarnación de David Foster Wallace para la gran pantalla.

 

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Pero volvamos a las buenas noticias. Porque este episodio final nos recordó un camino opuesto, el de Radnor, antaño eslabón débil del elenco y, a día de hoy, un actor solvente que domina diferentes facetas e incluso dirige de vez en cuando. Y en plato aparte ha comido siempre Neil Patrick Harris, firmante de una labor sencillamente legen (… … …) ¡daria!: lograr que el personaje más repetitivo y menos sujeto a evolución de todos no sólo no aburriera un solo día, sino que continuara ofreciendo matices hasta el mismísimo pitido final. Como hasta el penúltimo plano, prácticamente, lograron los guionistas seguir mareando la perdiz, camino de una sorpresa (porque en efecto la hubo) asentada sobre una de las circunstancias más terribles de estos nueve años, pero que en su conjunto ofreció una equilibrada dosis de realidad.

 

Fue un capítulo obsesionado con la idea de madurez, como si sus responsables hubieran caído en ella de bruces y acto seguido hubieran considerado su misión contagiársela a la audiencia que ha crecido a su lado. Hubo despedidas, hubo separaciones, hubo incluso desapariciones… una cosecha casi impropia de una serie que siempre se desplegó bajo la amabilidad y la sensiblería propia del mainstream público norteamericano (amén de ofrecer gags de un absurdo cercano al cartoon). Pero, frente a unos personajes ya agotados, frente a situaciones vistas una y diez veces, ese aroma de amarga emotividad humanizó el adiós y lo volvió más doloroso de lo esperado, lógicos síndromes de Estocolmo al margen.

 

Puntuación del capítulo: 7,6

Puntuación de la temporada: 7,9       

Puntuación de la serie al completo: 6,9

 

Milo J. Krmpotic’

Milo J. Krmpotic’ debe su apellido a una herencia croata, lo más parecido en términos eslavos a una tortura china. Nacido en Barcelona en 1974, ha publicado contra todo pronóstico las novelas “Sorbed mi sexo” (Caballo de Troya, 2005), “Las tres balas de Boris Bardin” (Caballo de Troya, 2010), “Historia de una gárgola” (Seix Barral, 2012) y "El murmullo" (Pez de Plata, 2014), y es autor de otras tres obras juveniles. Fue redactor jefe de la revista Qué Leer entre 2008 y 2015, y ejerce ahora como subdirector del portal Librújula. Su firma ha aparecido también en medios como Diari Avui, Fotogramas, Go Mag, EnBarcelona, las secciones literarias del Anuari de Enciclopèdia Catalana

 

milo@blisstopic.com

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