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El Hobbit: La desolación de Smaug

Peter Jackson

EE UU, Nueva Zelanda 2013

6,7

Fantasía épica

Albert Fernández

 

Oh, Peter Jackson sabe como meternos en una historia. Tanto da que esté  empezada, o incluso mejor aún: el caso es que el bueno de Peter tiene bien claro que, sólo con atisbar las afueras de Bree, ver a un personaje avanzar pisando charcos entre sus lluviosas callejuelas, y adentrarse, tras un cameo impresionante, en la posada El Poney Pisador, va a capturar la atención de millones de Tolkien-freaks. El encuentro de Thorin Escudo de Roble con Gandalf el Gris en la vieja posada donde por primera vez leímos a Trancos es el mejor preámbulo para una película que ni comienza ni acaba, y una nueva prueba fehaciente de que, con esta trilogía, el director australiano ha trascendido su adoración por el fantástico escritor británico: ya no pretende únicamente adaptarlo con detalle, sino reescribirlo con trazo grueso. Jackson juega a ser Tolkien, y eso, en cierta manera, puede ser tan peligroso como una cena en El Poney Pisador. 

 
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Muchos van a defender esta segunda entrega de la trilogía que el director ha levantado contra viento y marea sobre la sencilla novela infantil con la que Tolkien hizo germinar las grandes sagas de la Tierra Media, y la van a colocar por encima del primer episodio, por el simple hecho de que, contrariamente a lo que sucedía en "El Hobbit: Un viaje inesperado”, esta secuela no requiere apenas de introducción de personajes, ni grandes narraciones que den la puesta a punto de la trama fantástica. Con el gran dragón en el horizonte, y la trepidación dejando atrás el discurso, tal vez se alcancen mejores cotas de divertimento; el problema es que, por mucha carrera que lo impulse, el film no acaba de fluir como debería. Como esos barriles que salvan a Bilbo y los enanos, la película navega descontrolada, ahora hundiéndose, ahora flotando.  

 

En pocas palabras, en “El hobbit: la desolación de Smaug” abunda la acción y los pasajes espectaculares, en un vértigo de ríos, flechas, elfos, orcos, trasgos, huargos, arañas gigantes y, por supuesto, el esperado despertar del dragón Smaug. El ritmo funciona pero, al tiempo, al film le falta melodía (esas fabulosas canciones de Tolkien), mientras que la letra, manchada en algunos tramos de la forzada pompa hollywoodense, adolece de ciertos desequilibrios.  

 

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Así, la sencillez y economía narrativa de la novela se cambia por un exceso de andamiaje técnico, y surge un cierta descompensación por el hecho de que toda esa proeza visual coarta la empatía emocional con los personajes, la capacidad de sorpresa se ha reducido enteros, y la orquestación de tanta espectacularidad apenas tiene equivalencia en el el apartado narrativo: la obsesión de Jackson por aprovechar la ocasión para contar, a partir de algunos apéndices de “El Señor de los Anillos”, el ascenso del Nigromante y la Batalla de Dol Guldur, cubren el film de un formidable manto de sombra pero, una vez más, para el espectador común quedan poco claras las motivaciones de las ausencias de Gandalf. 

 

La fuerte presencia de los elfos de el Bosque Negro promueve escenas trepidantes, pero, al tiempo, deja a la luz algunas fisuras insalvables: ver de nuevo a Legolas en acción (en la ficción, sesenta años antes de los hechos de “El Señor de los Anillos”) sería un placer si no fuera porque los elfos son inmortales y apenas envejecen, pero a Orlando Bloom no le sucede lo mismo. Por otra parte, Tauriel, la elfa silvana interpretada por la bella y archifamosa Evangeline Lilly, podrá ser motivo de gran orgullo para Jackson y el equipo de guionistas que la inventaron, pero sus flechas traen consigo insoportables cantidades de intereses románticos y cándida adoración de las estrellas. 

 

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Está por verse si la pormenorización de la historia de El Bardo, personaje definitivo pero fugaz en la novela de Tolkien, acaba resultando afortunada, pero está claro que la interpretación de Luke Evans, junto al aplomo y la garantía que ofrencen Ian McKellen (Gandalf) y Martin Freeman (Bilbo) salvan mucho la función. Mención aparte merece la voz cavernosa de Benedict Cumberbatch, que hace de Smaug una criatura mucho más temible y abrumadora incluso de lo que el 3D ya logra por sí solo. El encuentro del sagaz Bilbo con el monstruo en las cuevas de la Montaña Solitaria, con sus diálogos plagados de ardides y retos, representan sin duda el punto álgido de la película. Todos esos aciertos se enmarcan dentro de una aspiración mayor que se cumple grandiosamente en este film: el viaje y sus lugares. Si algo nos causa admiración en "El Hobbit: La desolación de Smaug" es la sucesión de estampas abrumadoras, la recreación más formidable de la Tierra Media que podíamos imaginar, donde cada lugar le confiere un tono definitorio a la correspondiente parcela del relato. 

 

Smaug. ¿Quieres que te hable de Smaug? ¿Tienes ganas de verlo? No puedo, cometería pecado de spoiler. Solo diré que el resultado es impresionante, pero no demasiado aterrador: por grande que sea la bestia, graves sus fraseos, y por mucho que resplandezca el fulgor de sus llamas, poco nos vamos a asustar si Bilbo y sus enanos le vacilan más que a un morlaco en Sanfermines (sigh<).

  

Con el tesoro de New Line Cinema amontonándose seguro bajo la panza de Peter Jackson, una película más larga que la cola de un dragón, y el cliffhanger más abrupto y descarado de la historia del cine, ya podemos encender una pipa con el mejor tabaco de La Comarca: queda un año para una nueva vuelta a la Tierra Media, en “El Hobbit: Partida y regreso”.  

 

 

Albert Fernández

En el desorden de los años, Albert Fernández ha escrito renglones torcidos en publicaciones como Mondo Sonoro, Guía del Ocio o Go Mag, tiempo en el que ha tenido oportunidad de ir de tapas con Frank Black o escuchar a Patrick Wolf bostezar por teléfono. Además, ha sido jefe de redacción de las secciones culturales de H Magazine, y ha aportado imaginación tras los micrófonos de Onda Cero, Cadena Ser y Scanner FM, donde facturó la sitcom musical de creación propia “2 Rooms”. Aunque sabe que no hay lugar mejor que aquel de donde viene, a Albert no le hubiera importado nacer en Gotham City o en el planeta Dagobah. Con tendencia a la hipérbole y a la imaginación desatada, Albert sigue buscando el acorde que dé la vuelta a sus días.

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albert@blisstopic.com