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Ghost in the Shell

Rupert Sanders

EE.UU., 2017

5

Tariq Porter

 

Es difícil no entrar en detalles comprometidos de la trama para explicar el componente inconsciente –o irresponsablemente– racista del presumible nuevo hit sci-fi yanqui. El filón aún muy inexplorado de la adaptación de mangas y animes estará siempre, mientras el reinado hollywoodiense perdure, a merced de un mercado despiadado con los ojos rasgados y cualquier rasgo que se aleje de los cánones físicos y estéticos de la ciudad de los sueños y cercanías. Véase sino la marabillosa –con B– “Dragon Ball Evolution”, el movimiento Black Films Matter, o mejor; que se lo pregunten al moreno Jordi Mollà, al que le llueven las ofertas para encarnar a traficantes, asesinos y toda clase de malhechores. Hollywood se apropia de historias, lengua y estética y el resultado, muy a menudo, desprende un molesto tufillo. Con “Ghost in The Shell”, a Scarlett Johansson y compañeros de andanzas –Pilou Asbæk, Juliette Binoche y Michael Pitt– les toca deambular por una suerte de Hong Kong-Tokio futurista en que cualquier asiático es figurante, sinsentido que trata de remendarse con un Kitano (te queremos, Beat Takeshi) que, figurada y literalmente, abandera una solitaria resistance cultural.

 

 

Obviando este hecho, más grave de lo que aparenta, la película de Rupert Sanders tiene suficiente personalidad como para destacar en algunos aspectos. El trabajo de arte, real y digital, es excelente, y también sus efectos, chucherías para vista y oído a las que la indumentaria de su protagonista pone la guinda. Nobleza obliga. También brilla la banda sonora, que conserva un misticismo interesante y genera un bello contraste humano en un mundo de máquinas. El gran vacío, seguramente, está en el texto, incapaz de ser más trascendente o profundo que su precursor, o acaso más dinámico. “Ghost in the Shell” es entretenida a ratos, vistosa casi siempre y permanentemente anecdótica. Y es que la llama de la pasión se apaga pronto, tras unos veinte primeros minutos abrumadores, y lo que viene luego es pura lujuria audiovisual con mucho más por exhibir que por contar. Esto es, el conjunto es fallido en tanto que ni Johansson resulta convincente como tipa dura, forzada como el mestizaje autoimpuesto, y víctima de sus piruetas más que instigadora.

 

Ya hay quien compara el film de Sanders con “Martix”, pero para ello está, desde hace 22 años, el excelente anime de Mamoru Oshii, basado en el manga de Masamune Shirow. En japonés, claro.

 

Comentarios
Tariq Porter

Tariq Porter Astorga (Barcelona, 1988). Licenciado en Bellas Artes en la Universitat de Barcelona y Master en Ficción en Cine y TV en la URL. Ha criticado cine gozosamente en TuPeli o la Revista Mabuse y sigue haciéndolo en Serra d’Or y Blisstopic. Ha trabajado –aún con gozo– en los festivales chilenos Femcine y Fidocs, y sigue haciéndolo en la Acadèmia del Cinema Català y, como programador, primero en el CCCB y actualmente en el Festival de Cinema de Menorca. Escribe harto y pretencioso y lo intenta también con el guión. A ver qué.

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