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Expediente Warren: 

El caso Enfield

James Wan

Estados Unidos, 2016

7,5

 

Tariq Porter

 

En la Academia del terror James Wan siempre ha sido el estudiante aventajado; pupilo seguro de cualquier amante, vetusto o recién llegado, del pavor hecho género. El primer “Saw” como ópera prima es un voto de prestigio que el director ha sabido mantener, lejos de cineastas bufos que empezaron petándolo para no hacerlo nunca más: Tobe Hooper versus “La matanza de Texas”; Myrick y Sánchez versus “El proyecto de la Bruja de Blair”; Oren Peli versus “Paranormal Activity”. Etcétera.

 

 

Distintamente, más allá de la horrible franquicia de torture porn que la primera incursión propició, lo que ha venido después nunca ha sido carente de interés, ni la saga “Insidious” ni tampoco “The Conjuring”, ambas estimables a nivel formal y narrativo como contundentes en su generación de resquemores y taquicardias al respetable. Especialmente celebrada ha sido esta última, con la que Wan se corona como referente del terror mainstream. Orgullosamente academicistas pero nunca acartonadas, “Expediente Warren” 1 y 2 son un alarde de conocimiento y técnica en la narración del horror, de fórmulas sabidas pero, de tan pulidas y precisas, perfectamente efectivas. Cada susto en “Expediente Warren: El caso de Enfield” es en cierto modo previsible, pero su irresistible engranaje te obliga a saltar de la butaca igualmente y te pone la tensión y el miedo en el cuerpo como pocas.

 

Sin embargo, tampoco renuncia la película a romper con algunos tópicos del subgénero paranormal. Para empezar, no abusa de la clasiquísima soledad del desdichado, víctima de los fantasmas y del escepticismo generalizado. Que la pareja protagonista crea en estos fenómenos desactiva, en parte, ese facilón eje dramático. En la saga de Wan este tic es puntual y no responde tanto a la búsqueda desesperada de la empatía del espectador como a la coherencia narrativa y al conflicto, siempre existente, entre los que creen y los que no. En este sentido, no es descabellado afirmar que la saga “The Conjuring” es cine católico: sus protagonistas son funcionarios eclesiásticos y sin ellos y su insobornable creencia –en Dios y también en los demonios– muchas personas estarían desamparadas.

 

 

Con todo, lo mejor de la película –demasiado larga, quizás: 135 minutos– reside en su primera parte, en que la sutileza tiene un lugar y flirtea, sólo ocasionalmente, con el cine de monstruos espectrales. En ella, además de una estimulante latencia terrorífica, se plantea un contexto histórico detallista rompiendo de nuevo con un tópico que a menudo lastra el cine de género. Por desgracia, con el paso del metraje se pierde parte de esa sutileza, entra el ruido y, a pesar de que no cae en ritmo y efectividad, sí lo hace en consistencia. Nada evita que nos encontremos ante una de las películas de terror del año. (Y maravillosos los créditos iniciales).

 

Comentarios
Tariq Porter

Tariq Porter Astorga (Barcelona, 1988). Licenciado en Bellas Artes en la Universitat de Barcelona y Master en Ficción en Cine y TV en la URL. Ha criticado cine gozosamente en TuPeli o la Revista Mabuse y sigue haciéndolo en Serra d’Or y Blisstopic. Ha trabajado –aún con gozo– en los festivales chilenos Femcine y Fidocs, y sigue haciéndolo en la Acadèmia del Cinema Català y, como programador, primero en el CCCB y actualmente en el Festival de Cinema de Menorca. Escribe harto y pretencioso y lo intenta también con el guión. A ver qué.

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