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El botón de nácar

Patricio Guzmán

Chile, 2015

8,5

 

Tariq Porter

 

Evidentemente, la única resistencia a la homogeneización comunicativa reside en la autoría, en la reivindicación del individuo como sustento de un discurso único aun sujeto, siempre, de un contexto concreto. Insisten las majors del séptimo arte en allanar aristas, y lejos de ser un aval, un cobijo para voces potentes, lo trituran todo para vender carne picada y de ella hamburguesas cada vez más virgueras. La receta, no obstante, es siempre la misma, y se diga lo que se diga, con o sin virutas trufadas, todas saben igual. Prejuicioso de mí, no hay “Deadpool” que valga.

 

 

Pero como James Bond y su mañana, la autoría nunca muere, y directores como Patricio Guzmán lo corroboran cada semana en el audiovisual de los cines, la tele o internet: somos demasiados y a estas alturas el monopolio es sólo un juego de mesa. El caso de Guzmán son palabras mayores; uno de esos comunicadores que, quizás por pura inercia, ha creado mucho y lo ha hecho siempre alrededor de un mismo eje. Sobre el papel, uno puede intuir encasillamiento. Con las retinas impregnadas, descarta la idea. Documentalista de vasta trayectoria –su obra mayor, “La batalla de Chile I, II y III”, data entre el 1975 y 1979–, Guzmán ha hablado siempre de la memoria de su país, otorgando a la narración histórica algo esencial: complejidad. Como un científico observando microscópicas grandezas o una espeleóloga iluminando lo aparentemente inexorable, el cineasta transandino ha retratado con lucidez el conflicto chileno de los años setenta y ochenta. Con él, y otras voces notables, tan necesarias, Salvador no es sólo un presidente muerto ni Augusto sólo un dictador. Con él, y otras voces notables, tan necesarias, la sociedad chilena no es sólo víctima, ni instigadora. Con su Batalla, con su “Salvador Allende” (2004), con su “Nostalgia de la luz” (2010) y ahora con su “Botón de nácar”, Chile es más complicado y fascinante.

 

 

En la anterior, “Nostalgia de la luz”, Guzmán daba un paso al frente y desistía de narraciones pragmáticas para adentrarse en un terreno mucho más lírico. Hablaba de las víctimas y personas desaparecidas de la dictadura de Pinochet desde el desierto de Atacama, símbolo del paso del tiempo y Meca de la observación astronómica. Esta idea, tan singular y tan evocadora, la traslada el director ahora al sur del país para hablar de un pasado que se expande. En “El botón de nácar” persiste el Golpe de Estado y sus aciagas consecuencias pero se exponen, amén, los antecedentes imperdonablemente obviados de América: sus pueblos originarios. El maravilloso archipiélago de Patagonia y sus aguas sirven en esta ocasión de hilo para un botón que, por boca del mismo Guzmán, va cosiendo algunas de las venas abiertas de las que hablaba el buen Galeano en su famoso libro. Así, el realizador se convierte de nuevo en un embajador del recuerdo para un país que obtusamente trata de negarlo pero sigue retraído en su dolor propio y, ¡sorpresa!, también ajeno. Ajeno porque, a pesar de todo, la naturaleza indígena de Chile está aún bien lejos de conciliarse con su nacionalidad impuesta.

 

“El botón de nácar” va sobre el agua, sobre un país que da la espalda al Pacífico, como la espina dorsal que su geografía parece sugerir. Y esa agua es memoria, reconocimiento y sanación. Guzmán, el autor, prosigue así con su leitmotiv modulando sabiamente su discurso entre una abstracción poética nada arbitraria ni corta de contundencia, de imagen y lenguaje sugestivos, y la abnegada y rigurosa revisión del pasado chileno.

 

Comentarios
Tariq Porter

Tariq Porter Astorga (Barcelona, 1988). Licenciado en Bellas Artes en la Universitat de Barcelona y Master en Ficción en Cine y TV en la URL. Ha criticado cine gozosamente en TuPeli o la Revista Mabuse y sigue haciéndolo en Serra d’Or y Blisstopic. Ha trabajado –aún con gozo– en los festivales chilenos Femcine y Fidocs, y sigue haciéndolo en la Acadèmia del Cinema Català y, como programador, primero en el CCCB y actualmente en el Festival de Cinema de Menorca. Escribe harto y pretencioso y lo intenta también con el guión. A ver qué.

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