Menu
Mis escenas de lucha  

Mis escenas de lucha

Jacques Doillon

Francia 2013

6,5

 

Tariq Porter

 

La pasión en el arte, en el cine, siempre ha tenido algo de arrogante que hasta el espectador preadolescente puede percibir, primero celoso y anhelante y luego celoso a secas, según el grado de escepticismo que cada uno vierta y el grado de verosimilitud o capacidad de transmitir que la obra tenga. Es decir: el apasionamiento en la expresión artística –qué mejor testimonio que el Romanticismo– siempre ha hablado desde la idealización, o en menor medida desde una cúspide a la que es inevitable contemplar, como observador, sin empequeñecerse, abrumado –o contrariado– ante algo que premeditadamente supera nuestra cotidianidad, en tanto que amantes de a pie poco propensos a sufrir síndromes de Stendhal.

 

Mis escenas de lucha

 

Así, muchas películas, de género romántico o no, han jugado con ello para relatar, sobretodo, arrebatadores encuentros amorosos, amistosos y, en menor medida, sexuales, que además suelen acarrear tal vorágine emocional que acaban como el rosario de la aurora. Pocos trabajos ilustran mejor esta pasión en el terreno sexual como la nipona “El Imperio de los sentidos” (Nagisa Oshima, 1976), film polémico donde los haya que llevaba a las últimas consecuencias una relación basada en un sexo tan avasallador como nocivo. Ilustrativa, por narrativa y gráfica, la película de Oshima mostraba sin filtros las escenas íntimas de una pareja condenada a la alienación social, fruto de la desidia moral –hablamos del Japón de los 70– y de la enajenada entrega erótica como demostración última de una estima bellamente enfermiza.

 

Nada de esto nos pasa al principio por la cabeza cuando nos sentamos a ver “Mis escenas de lucha”, lo nuevo del prolífico y aun así poco conocido realizador francés Jacques Doillon, que además a juzgar por su tráiler, magnífico como pieza individual pero malo como preliminar, y su tipografía inicial, ¡Comic Sans!, auguraría probablemente una producción o muy satírica o tan elevada y poco sexy como Houllebecq recitando La canción del pirata. Sin embargo, “Mis escenas de lucha” es otra cosa; en algunos momentos gratamente primal y en otros innecesariamente redundante. La película de Doillon habla de la pasión física como consecuencia de una suerte de pasión mental, que no intelectual, entre una pareja de bohemios rurales –llamémosles así– que pasa por agresiones lúdicas pero en cierto modo redentoras. Pensar en Freud y el psicoanálisis es fácil; por allí ronda también la despechada figura de un padre fantasmal y cuantas conversaciones sean necesarias para perfilar la psique de sus dos protagonistas.

 

Mis escenas de lucha

 

Es en ese empecinamiento de su director y guionista por construir un marco sólido que dé carta blanca a sus personajes es donde la película se hace menos interesante, con escenas que se antojan concebidas como trámite o acaso concesión. La hermana o la amiga, o cualquier carácter fuera de la pareja, se diría prescindible incluso como recurso para dar aire a la trama. En cambio, aparece de repente el arrebato físico de sus protagonistas y con él una pasión palpable, plenamente comprensible sin necesidad de apenas comunicación verbal. Doillon y sus fotógrafos, Laurent Chalet y Laurent Fenart, captan con pulso la entrega irracional que la película pretende transmitir, y es en esos encuentros, no en su marco, donde lo sensorial se impone de la mano de Sara Forestier y James Thiérrée, transmitiendo con un lenguaje corporal universal y primario una estima bellamente enfermiza. Porque si “El imperio de los sentidos” es una obra ilustrativa, “Mis escenas de lucha” es, en sus mejores momentos, una obra esencialmente plástica y magistralmente desprendida de patrones textuales.

 

Comentarios
Tariq Porter

Tariq Porter Astorga (Barcelona, 1988). Licenciado en Bellas Artes en la Universitat de Barcelona y Master en Ficción en Cine y TV en la URL. Ha criticado cine gozosamente en TuPeli o la Revista Mabuse y sigue haciéndolo en Serra d’Or y Blisstopic. Ha trabajado –aún con gozo– en los festivales chilenos Femcine y Fidocs, y sigue haciéndolo en la Acadèmia del Cinema Català y, como programador, primero en el CCCB y actualmente en el Festival de Cinema de Menorca. Escribe harto y pretencioso y lo intenta también con el guión. A ver qué.