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Qué difícil es ser un dios

Aleksey German

Rusia, 2013

8

 

Tariq Porter

 

Que mi respuesta no sea un sí categórico a la pregunta de si me gustó "Qué difícil es ser un dios" no significa en absoluto que la encuentre prescindible, y que mi respuesta sea un no categórico a la pregunta de si me entretuvo no significa prácticamente nada. La película del director ruso Aleksey German, de hecho, no tiene la más mínima ínfula recreativa, y más allá del cierto misticismo que podría auparla se gana por méritos propios la cualificación nada menor de arte trascendente.

 

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Basada en la novela de ciencia ficción de Arkadiy Strugatskiy y Boris Strugatskiy, que ya se adaptó a la gran pantalla en 1990 de la mano del alemán Peter Fleischmann, "Qué difícil es ser un dios" es un ejemplo moderno de la contundencia del cine ruso clásico; la rezagada resistencia de la escuela soviética que sólo éste y acaso el cine de Sokurov exhalan, a falta del Tarkovsky que todo lo pudo. Como este nombre, que no es dicho en vano, tampoco el de Sokurov es casual: German representa la ficción como “Stalker” o “El arca rusa”; aprovechando una hoja en blanco para desarrollar una narrativa intelectual liberada de corsés contextuales, que si bien tiene en un escrito previo la base argumental ésta no impide una autonomía suficiente como para plantear, en lenguaje audiovisual, disyuntivas y formas remotas al blockbuster del archienemigo yanqui.

 

“Qué difícil es ser un dios” es caos, es constante movimiento, trajín de personajes a cada cuál más grotesco que aparecen y desaparecen del encuadre. “Qué difícil es ser un dios” es una colección de planos secuencia de obsesivo horror vacui; fealdad atroz igualmente descrita. No existe, en los diez mil doscientos segundos que dura la película, ni uno solo en que se intuya la belleza. Esta existió, se supone, pero ha muerto, y sus profetas –pensadores, científicos, artistas– son sistemáticamente aniquilados. Prevalece el lodo, el sudor, la sangre, la saliva, la caca, los mocos, las caries, los virus y los niños deformes y faltos desde el vientre de cualquier inocencia. De eso va el film.

 

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Y es que la película de Aleksey German habla de un planeta idéntico a la Tierra enclaustrado en la más oscura edad media. Allí llegan unos científicos terrícolas que, tomados por semidioses, habitan extrañamente acomodados entre tontos y tullidos. Cabe tener en cuenta que son rusos; de otra pasta.

 

Está después el misticismo del que hablaba al principio, debido por una parte a su estrafalario planteamiento y por otra por ser una película rodada y montada a lo largo de trece años en los que tal fue el cansancio del director, especulo, que murió justo antes de verla estrenada. Es quizás por el hecho póstumo o quizás porque invoca a algunos de los mayores tótems del séptimo arte que a pesar de no entretener y difícilmente gustar, uno se siente ante esta obra más pequeño que de costumbre. Y no osa replicar.

 

Comentarios
Tariq Porter

Tariq Porter Astorga (Barcelona, 1988). Licenciado en Bellas Artes en la Universitat de Barcelona y Master en Ficción en Cine y TV en la URL. Ha criticado cine gozosamente en TuPeli o la Revista Mabuse y sigue haciéndolo en Serra d’Or y Blisstopic. Ha trabajado –aún con gozo– en los festivales chilenos Femcine y Fidocs, y sigue haciéndolo en la Acadèmia del Cinema Català y, como programador, primero en el CCCB y actualmente en el Festival de Cinema de Menorca. Escribe harto y pretencioso y lo intenta también con el guión. A ver qué.