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Magia a la luz de la luna

Woody Allen

EE.UU. 2014

7

 

Tariq Porter

 

Resulta asombroso comprobar que, con su incansable ritmo de producción, Woody Allen sigue sirviendo puntualmente un plato anual a sus comensales, que cada año confeccionan su veredicto cual críticos gastronómicos en busca del manjar de la juventud perdida. Y es que el neoyorkino, ese chato gigante del séptimo arte, tiene incluso una escala de medición propia que la prensa especializada y público asiduo no dudan en emplear cada vez que pueden; Allen mayor, Allen menor, el mejor Allen de la década o el Allen residual de entre épocas, inerte como un jersey que no abriga. A todo eso, Woody empieza a aposentarse en el viejo continente mientras sigue editando con maña los vídeos vacacionales de sus célebres amistades, a las que gentilmente invita a visitar las capitales de Europa a cambio de recitar sus textos ante las cámaras. Barcelona, París, Roma o Londres, principalmente, han sido testimonios de lujo de tales eventos y benditas víctimas, también, de la vocación del realizador por las estampas ideales, tic turístico que se evidenció más que nunca con Vicky, Cristina, y la tercera en discordia.

 

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El caso es que “Magia a la luz de la luna”, nombre cursi donde los haya, es también uno de esos platos que a pesar de comerse con la misma jovialidad que las gambas de Nochebuena tiende a menospreciarse por su ligereza e inocuidad. Woody Allen invita en esta ocasión a Colin Firth y Emma –ojazos– Stone a pasar una temporada en el sur de Francia, en una trama que vendría a ser la prima mayor y desenfadada de la recientemente estrenada “Orígenes” (EEUU, Mike Cahill). El film plantea, como lo hacía el de Cahill, un pulso entre la ciencia más escéptica y el voto espiritual que es también, evidentemente, caldo de cultivo de atracciones fatales y amores que actúan como imanes de polos opuestos. Todo ello está decorado, cómo no, con la exquisita estética de la burguesía europea de los años veinte, justo antes del famoso Crack; coches preciosos, villas preciosas, muebles preciosos y cosas preciosas en general. En todo caso, no es su estilismo pulcro, sus formas clásicas o su trama sencilla lo que hace de esta película una valiosa pieza más en la filmografía de Woody Allen –aunque aquí se agradecen–, sino su inextinguible capacidad en la creación de unos diálogos que, en varios momentos, brillan con luz propia. Los actores, para variar magníficos, ayudan también a la exacta cocción de este primer plato sin ínfulas de nouvelle cuisine ni excesos de edulcorante, aliñado una vez más –y sobrará para algunos– con su consabido jazz clásico, cuasi remitente al slapstick de Harold Lloyd.

 

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Así, como las gambas de Nochebuena, “Magia a la luz de la luna” no llena pero satisface, ligero y agradable relato vintage que probablemente no tenga cabida en lo alto de la escala alleniana pero que confirma la buena racha del director, menos centrado en coleccionar álbumes vacacionales e igual de agudo, ingenioso y condenadamente inteligente que siempre en la construcción de ese gran pilar del cine llamado dialéctica.

 

Comentarios
Tariq Porter

Tariq Porter Astorga (Barcelona, 1988). Licenciado en Bellas Artes en la Universitat de Barcelona y Master en Ficción en Cine y TV en la URL. Ha criticado cine gozosamente en TuPeli o la Revista Mabuse y sigue haciéndolo en Serra d’Or y Blisstopic. Ha trabajado –aún con gozo– en los festivales chilenos Femcine y Fidocs, y sigue haciéndolo en la Acadèmia del Cinema Català y, como programador, primero en el CCCB y actualmente en el Festival de Cinema de Menorca. Escribe harto y pretencioso y lo intenta también con el guión. A ver qué.

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