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La Isla Mínima

Alberto Rodríguez

España, 2014

9

 

Tariq Porter

 

Bien sabido lo tenían Perminger, Hitchcock o Scorsese que unos buenos créditos iniciales son un diez por ciento de la nota final. Por eso, vivaces, contaban en algunas de sus más célebres entregas con el mejor diseñador de entradillas de la promoción, un Saul Bass que se encargó de "¿Ángel o diablo?" (1945), "Psicosis" (1960), "La edad de la inocencia" (1993), y algunos títulos más que ahora forman parte del Olimpo del séptimo arte. Alberto Rodríguez, unos de los directores españoles más en forma de la actualidad, sigue su estela para firmar una introducción absolutamente fascinante que postula, plano tras plano, por la categoría de arte mayor. Ante eso, sólo queda soltarse el pelo y confiar en que la nave se mantenga a flote y a toda vela durante los siguientes ciento y pico minutos de metraje.

 

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Y vaya si lo hace. Rodríguez lleva ya seis largometrajes en su haber y aún no vislumbra el techo, con un estilo elegante y portentoso y fiel al sur y al pasado reciente, retratista de la España decadente de finales de siglo XX que se decía cambiada cuando estaba apenas maquillada. Así lo expone de nuevo en La isla mínima, que como buen relato policíaco es ante todo una radiografía social e idiosincrática; una obra de ficción enmarcada por un contundente discurso político. Rodríguez es en ello sutil y brillante, exponiendo una hipótesis valiente en un país propenso a obviar su historia más que a reconstruirla, planteando acaso la inexistencia de reconciliaciones de transición más su ocultación a base de tiritas. A su endeblez se debe la permanencia de un mal que aflora en capitales y en poblaciones, en las junglas de asfalto y en las marismas, donde se desarrolla la trama de la película. Allí se dan, a principios de los ochenta, una serie de asesinatos inusitadamente cruentos de chicas menores que dos policías de personalidades opuestas –excelentes Raúl Arévalo y Javier Gutiérrez– tendrán que resolver. La cosa se torna progresivamente oscura y desasosegante, y como ya pasaba en la Sevilla de "Grupo 7" (2012), hay algo en sus gentes y paisajes profundamente desesperanzador, una suerte de mal perpetuo que cambia de rostro pero permanece latente. La corrupción del poder, la crueldad ciegamente amparada y los crímenes no perdonados dejan de ser competencia de la ley para serlo, en manos del director andaluz, del cine transcendente.

 

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Es por ello que Rodríguez no tiene prisa alguna en resoluciones, ni requiere tampoco de cerrojos perfectos. Porque en la imperfección del caso, en las grietas de su transcurrir, es donde se esconde la complejidad de la trama, las contradicciones psicológicas de sus personajes y, sobre todo, el compromiso de un creador ante la realidad de la que bebe. Nada en "La isla mínima" suena ajeno o frívolo porque es una ficción llena de verdad que, además, está magníficamente rodada, oscura y cocida a fuego lento. De hecho, podemos apreciar en ella similitudes formales con algunos de los más potentes referentes del nuevo siglo: desde el imponente thriller coreano "Memories of Murder" (Bong Joon-ho, 2003) hasta la serie "True Detective" (Nic Pizzolatto, 2014). Como éstas, la obra de Alberto Rodríguez es refinada y agreste, seca y sustanciosa; extraordinaria desde sus créditos iniciales y sin duda de lo mejor del cine español reciente.

 

Comentarios
Tariq Porter

Tariq Porter Astorga (Barcelona, 1988). Licenciado en Bellas Artes en la Universitat de Barcelona y Master en Ficción en Cine y TV en la URL. Ha criticado cine gozosamente en TuPeli o la Revista Mabuse y sigue haciéndolo en Serra d’Or y Blisstopic. Ha trabajado –aún con gozo– en los festivales chilenos Femcine y Fidocs, y sigue haciéndolo en la Acadèmia del Cinema Català y, como programador, primero en el CCCB y actualmente en el Festival de Cinema de Menorca. Escribe harto y pretencioso y lo intenta también con el guión. A ver qué.

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