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El Congreso

Ari Folman

Israel / Alemania / Polonia / Francia, 2013

9

 

Marta Armengou

 

El cine puede hacerte sentir muchas cosas. Puede hacerte reír, asustar, incomodar, llorar, reflexionar, emocionar. Y, en contadas ocasiones, puede conseguirlo todo. Cuando se produce esto, es una experiencia total. Y en "El Congreso", ocurre. En la secuencia capital, antológica, del escaneado digital de la actriz Robin Wright, a la media hora del film, se obra el milagro, el milagro de la actuación y de la magia del cine. En ella, Harvey Keitel, que es su agente cinematográfico, le explica cómo empezó en el negocio. Poco a poco, cuenta su historia, lo que causa diferentes reacciones en la actriz. Es entonces, cuando nos convertimos en testigos privilegiados de cada uno de los ademanes de la intérprete al seguir el relato, que hace alarde, no sólo de su extraordinaria capacidad gestual, sino de hasta qué punto es capaz de despojarse de sí misma y de exponerse de manera tan íntima ante todo el mundo.

 

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En "El Congreso", Robin Wright, que se interpreta a sí misma, recibe una oferta de un gran estudio para comprarle su identidad cinematográfica. La escanearán digitalmente y podrán hacer uso de su imagen sin restricción alguna en cualquier tipo de película. A cambio, recibirá una importante suma de dinero y el estudio aceptará que su personaje digital se mantenga siempre eternamente joven. Inspirándose muy libremente en la novela “Congreso de Futurología” (1971) del autor polaco de ciencia-ficción Stanislaw Lem, el guionista y director israelí Ari Folman ofrece una visión distópica de Hollywood y de las películas producidas por los grandes estudios y parece lamentarse por el fin del celuloide. Pero sería injusto quedarse sólo con la idea de la muerte del actor de cine en manos de la tecnología digital. "El Congreso" es mucho más que una apasionante historia sobre el uso de la tecnología y el futuro de la industria cinematográfica. Los matices dentro de la cinta son infinitos y unos se enredan y se funden con otros en las múltiples capas que la conforman.

 

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Si con "Vals con Bashir", candidata al Oscar a la mejor película de habla no inglesa, Folman, basándose en su propia experiencia, reconstruyó mediante la animación sus recuerdos para encontrar fragmentos olvidados de los días de la guerra del Líbano (concretamente la matanza de refugiados palestinos en Sabra y Chatila), aquí dobla la apuesta y conforma un film único por su atípica mezcla de formatos, géneros, recursos, ideas, homenajes, referencias y lecturas, no sólo metacinematográficas, también metafísicas. Por eso, en la segunda mitad (pasados 45 minutos de metraje), el cineasta abandona la imagen real y se adentra en una fantasía futurista de imagen animada donde se describen las tribulaciones de Wright después de haber vendido su imagen, hasta el momento en que el estudio la convierte en una fórmula química. Esta parte, íntegramente dibujada a mano, aunque es deudora del anime japonés es un claro homenaje al trabajo de los fantásticos hermanos Fleischer en los años treinta. Y, todo esto, punteado por la magistral banda sonora de Max Richter y las apariciones de secundarios de lujo (Keitel, Paul Giamatti y de un Jon Hamm dibujado). Pero hay que recalcar el tour de force interpretativo de Robin Wright, especialmente en la memorable y desgarradora secuencia del escaneo, que por sí sola merece el visionado de la película. Lo más curioso es que esta tecnología ya existe y hace años que escanean a los actores.

 

Folman nos ofrece un ejercicio brillante que mezcla ciencia ficción, realidad, filosofía, drama y animación y que contiene infinidad de ideas para la reflexión como la rapidez con que cambia la tecnología, la creatividad, el control corporativo, el libre albedrío, la identidad, las adicciones, la tristeza, la soledad, el narcicismo, pero también consideraciones acerca de la naturaleza del oficio de los actores, el papel que las películas juegan en la vida de las personas, y más allá de todo, acerca de la existencia humana y el sentido de la vida. Se trata de uno de los ejercicios cinematográficos más libres, hipnóticos y poéticos que el cine ha dado en los últimos años. Por todo ello, "El Congreso" es una obra maestra que deja un poso imborrable en el alma del espectador porque, más allá de una película, es toda una experiencia compleja, magnética y fascinante. En fin, inolvidable.

 

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Marta Armengou

Marta Armengou (Barcelona, 1976). Licenciada en Comunicación Audiovisual por la Universidad Ramon Llull. Crítica de cine. Llevo 15 años trabajando en el ámbito de la cultura en general y del cine en particular. Actualmente, dirijo el programa cinematográfico "La Cartellera" de BTV. Durante cinco años fui Jefa de Cultura de los Informativos de Localia TV. También he ejercido de redactora en diversas publicaciones y de realizadora y guionista de programas para TVC o La2.

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