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Anna Calvi en Cruïlla de Tardor

14/10/2018, Razzmatazz 2, Barcelona

7,8

 

Texto Marc García

Fotos Eric Altimis

 

 

De pronto, en la negrura de la sala, la camisa roja de Anna Calvi, dando guitarrazos. Y en ese contraste entre colores, toda una propuesta estética: intensidad y penumbra, hábilmente entrelazadas mediante transiciones dramáticas; esto es, no sólo emocionalmente arrebatadas, sino también escenificadas teatralmente. En su deambular predatorio por las tablas, como haciendo honor al “Hunter” que venía a presentarnos, era teatral y arrebatada la retórica guitarrera de una de las instrumentistas más sanguíneas e incandescentes de la escena, no demasiado lejos (aún fresco en la memoria su excelente pase en el último Festival Vida) de una St. Vincent que también ha hecho del color rojo emblema de su penúltimo disco y espectáculo; de una St. Vincent que también, con los labios, como Calvi, irregularmente cárdenos, apuntaba a corrientes subterráneas bajo la superficie brillante de su música.

 

Pero si St. Vincent contrarrestaba los posibles efectos adversos de su apuesta por el pop con potencial radioformulable jugando con la rigidez robótica y la relectura irónica, en Anna Calvi prima lo frontal y lo directo. Se ve en su semblante severo, amenazante, en sus lacónicos modales escénicos; se ve en la potencia expansiva de su voz operística y se ve en su gestualidad abiertamente guitar hero: cabeza hacia atrás, carreras más allá del duodécimo traste, destinadas a recrudecer un repertorio ya de por sí inflamable, hecho a base de fraseos de guitarra ultraefectivos, interludios coreables y estructuras que ascienden vertiginosamente hasta que los estribillos desbordan las compuertas. Un repertorio que la noche del domingo empezó a desgranar con el susurro peligroso de “Indies or Paradise” y con una “As a Man” inaugurada con unas campanillas que casi dotaban de un inesperado sentido a la camiseta de Swans vista en uno de los miembros del público, además de unos modos vocales e inspiraciones melódicas en las estrofas que, con sus guiños a Shirley Bassey, habilitarían la inclusión de la pieza en esa categoría ya recurrente de “canciones que podrían sonar en una película de James Bond”.

 

 

 

A la altura de “Hunter”, el sintetizador que proporcionaba el colchón sonoro en ausencia de bajo empezó a dibujar ensoñadores paisajes que reclamaban su parentesco no tan improbable con Lana del Rey, en un tema sereno en el que el falsete del puente precede a la épica del estribillo. “Don’t Beat the Girl Out of My Boy”, con su arranque filopop servido a dos guitarras, la rubricó en directo una coda vocal que casi parecía el interludio de “The Great Gig in the Sky” en versión comprimida, y que Calvi empalmó con el rescate de “I’ll Be Your Man”, de su primer disco homónimo, cuyo explosivo estribillo nos recordaba que la flexibilidad genérica que la británica ha convertido en centro temático de su último largo no es una preocupación transitoria ni sobrevenida. Cerrando una especie de ‘tríada masculina’, “Alpha”, con inicio (y final) percusivo-electrónico a tono con el “SexyBack” de Justin Timberlake, el hito del R&B digital de primera hornada que es la evidentísima inspiración de Calvi en el puente que precede a uno de sus estribillos más imperiales. Por su parte, la atmosférica y reposada “No More Words”, tomada de su debut, serenó los ánimos con un fingerpicking que, a pesar de todo, no vaciló en transmutarse en blues descoyuntado. Y más arpegios y remolinos marca de la casa en la siguiente pieza: los que, como ondas de arpa, como olas de agua, recorrieron lentas la superficie de una “Swimming Pool” románticamente lánguida. En la crudeza ominosa de “Wish” los arrebatos rockeros del epílogo llegaron a teñirse de leves acentos bailables, y Calvi encarnó en sí misma la dinámica stop / start de la pieza replegándose en el suelo con modos no tan teatrales como teatreros, que por insistentes terminaban por resultar ligeramente anticlimáticos y delatar los límites de su vehemencia.

 

Una aclamada “Desire”, de “Anna Calvi”, con ese guiño a Roy Orbison por otra parte tan consecuente en alguien que ostenta con orgullo su neoclasicismo, cerró el set principal antes de que “Suzanne & I”, ligeramente malmetida por un breve descenso en la potencia del sonido, y los sintetizadores secos y maquinales del “Ghost Rider” de los Suicide, en una versión moldeada de nuevo a base de contrastes (entre el remanso que supuso el interludio casi a capella y el final volcánico con guitarra noise posada en el suelo), una Calvi de presencia inquieta y actitud de mando rubricara una noche pródiga en emoción aunque rácana en minutaje (el concierto sólo duró una hora y cuarto) a cargo de una artista que, después del ligero tropiezo que a ojos de quien escribe supuso su segundo álbum, un “One Breath” del que la noche del domingo no hubo repesca alguna, parece haberse reencontrado con la mejor (la más enérgicamente visceral, la más melódicamente certera) versión de sí misma, incluso aunque en algún momento la cantidad de ella misma que nos entrega pueda llegar a ser demasiado.

 

Marc García

Marc García (Barcelona, 1986). Licenciado en Humanidades (UPF) y Teoría de la Literatura y Literatura Comparada (UB). Ha colaborado en medios como Quimera, Qué Leer, numerocero, Revista de Letras, Hermano Cerdo, The Barcelona Review Panfleto Calidoscopio. Trabaja como editor de mesa, y es también corrector, redactor, traductor y lector editorial.