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MUTEK 2018 Crónica

07-10/03/2018, Varios Escenarios, Barcelona

 

Brais Suárez

Fotos Alba Rupérez

 

JUEVES

Que un concierto se celebre en un teatro no es de extrañar. Pero que el concierto se vuelva teatro es algo más entrópico. 

 

El ambiente era de concierto; el teatro, de película. Y el espectáculo que Herman Kolgen –junto a Frames Percussion– y Alexandre Burton & Julien Roy tenían preparado, de delirio. La disposición del escenario no ayudaba a aclarar el enigma. Unos modulares colgados sobre un despliegue simétrico de instrumentos de percusión. Xilófonos, cajas, bongós, baterías, timbales... rodeaban a la maquinaria que Herman Kolgen tocó y atacó durante 45 minutos. 

 

Su entrada es como un diálogo interferido con sus instrumentos. Empieza a jugar con los cables y los dispositivos hasta que consigue sincronizar los sonidos. Entran Frames Percussion y comienza la proyección “Different Trains”, de Steve Reich. 

 

Suena a herrumbre, a óxido. La escena denota pesadez y en cuanto arranca el tren en la pantalla, la música se vuelve ligera, liviana. Como improvisando, los músicos inventan una banda sonora tan incoherente como apropiada hasta que la locomotora se estrella en medio de un puente y los fragmentos, como ingrávidos, parecen salir despedidos sobre los músicos, flotando. La batería se arranca para dar una dimensión apabullante a la música. 

 

Menuda pacheca, wey, dicen desde detrás cuando el tren vuela en partículas y Herman Kolgen empieza a manejar sus artilugios con los pies. Literalmente, toca a patadas y los percusionistas se contagian, tocando la batería con la baqueta del timbal o los xilófonos con el arco del violín.

 

El avance incesante, en perfecta armonía con los achaques de la música, recuerda al mítico clip de Chemical Brothers, tan exacta es la fusión entre imagen y sonido. La música adquiere densidad, consistencia. Imposible saber qué es improvisado en una mezcla tan poderosa de tribalismo y futurismo. 

 

El concierto se termina sin querer, sin que nadie quiera. 

 

 

Alex Burton y Julien Roy ejecutaron una propuesta muy diferente, que ganó más por innovadora que por conmovedora. “Three Pieces with Titles” fue un ejercicio dividido en tres fases, en el que los canadienses convirtieron la electricidad y la imagen en sonido. Mediante la creación en vivo de patrones sonoros a partir de imágenes y grabaciones, los músicos generaban melodías que repetían con distintas frecuencias y ritmos. Las tres fases se regían por la aplicación hasta el extremo de estos patrones iniciales y, en apariencia, improvisados. Una vez comprendido el funcionamiento, la actuación parecía cobrar sentido por momentos. Pura ficción. Algunos instantes de lucidez y sorpresa mantuvieron la atención, pero las actuaciones requirieron demasiado de un público que se revolvía en el asiento. Al final, una fase 'beatlelúrgica', sorprendió, con su estética psicodélica y un sonido de astillero.

 

Como experimento funciona y también funciona como propuesta rompedora que se rige más por su entusiasmo que por su rigor. Incluso como representación de un concepto es atractivo, ya que si atendemos a las condiciones que definen la música, cuesta encuadrarlo en un género artístico concreto. De hecho, cabe preguntarse si su afán de experimentación mediante nuevas técnicas y materiales encuadra a Alex Burton & Julien Roy en la categoría de música culta. El problema es que, debido a los estándares del ritmo y la armonía, también hay que preguntarse si entra en la más simple categoría de música. 

 

 

SÁBADO

Así como las catacumbas de la fábrica –uno de los componentes más experimentales de la pasada edición– estaban cerradas, este año sí pudimos sentir un ambiente mucho más festivo gracias a la programación disco que hubo durante toda la tarde en Parking. Fue un foco de atracción constante y una manera de concentrar en la sala de Máquinas, donde se desarrollaron las principales actuaciones, toda la atención y observación que exigieron Caterina Barbieri, Kara-Lis Coverdale, Lucas Paris, Huma, Ziúr y Bliss Signal.

 

De la misma manera que el jueves y fieles a lo que cabría esperar de Mutek, las actuaciones fueron breves y muy concisas, más cercanas al concepto de instalación o exhibición que a lo que tradicionalmente se puede entender por concierto. Si bien, y a diferencia de la edición pasada, este año la programación siguió una línea muy coherente y continuista entre la primera y última actuación. La puesta en escena aprovechó las connotaciones industriales del escenario y los fomentó con una apuesta por un entorno hostil de oscuridad y humo. Los artistas aparecían y desaparecían en un juego de luces que más bien recordaban a una una batalla intergaláctica o al rugido de las entrañas de un monstruo. Fueron, las cinco, actuaciones en las que se impusieron lo connotativo y lo sensorial a cualquier tipo de lógica musical. Todos los artistas prescindieron de la pantalla de fondo que tanto juego dio en otros escenarios y ediciones. A cambio concentraron su energía en un sonido arrollador y difícil de digerir. 

 

Así como la Sala de Máquinas mantuvo un tono homogéneo y constante, lo que fuera empezó con disco animado, muy clásico, se fue convirtiendo en house que Deckard llevó al terreno del techno hasta el final. 

 

Una oferta musical muy accesible en Parking, un foco en la industria musical gracias los paneles de discusión en la Sala Básculas y propuestas mucho más arriesgadas y rompedoras en la Sala Máquinas sitúan a MUTEK como un festival de referencia y único en Barcelona, cada vez más abierto a públicos y artistas más variados. 

Redacción

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