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Destroyer en concierto

27/11/2017, Bikini, Barcelona

8,8
 

Marc García

Fotos Javier Burgueño

 

 

Al son de la melodía triunfante que irrumpe por megafonía, toma el escenario de Bikini una escuadrilla pintoresca formada por ocho tipos de lo más variopinto: en el apartado de menciones especiales, un trompetista de traje negro no tan lejos de las coordenadas indumentarias de los Blues Brothers o los Specials, un bajista con gafas de sol y gorra al revés con aspecto de recién salido de una comedia adolescente americana y un batería con pañuelo al cuello de un rojo sanferminero. Al frente, con modos entre el crooner de yate y el dandy astroso (bastón en ristre, barba de tres días y camisa arrugada) y puesta en escena de un laconismo cimbreante, el canadiense Dan Bejar, siempre presto a agacharse en busca de un trago de whisky o de cerveza, y una primera canción, “Sky’s Grey”, que ya marca las coordenadas del universo compacto, unitario de Destroyer: medios tiempos de un neoclasicismo elegante (el piano conduciendo, los teclados trazando planos de sonido paisajísticos), con acentos románticos que se ven animados, en el excelente ken que el grupo ha venido a presentar ahora, por un sustrato sintético ochentero que en vivo, muy disfrutable sorpresa, adopta matices más incisivos y extrovertidos, entre el apunte (valga el oxímoron) suavemente ruidista y la jocundia celebratoria de la genuina banda de directo; un sustrato que a media canción se imponía para quebrar el aire circunspecto, reconcentrado y ceremonioso con que la banda acometió los compases iniciales de ese primer tema.

 

Un tema al que siguió otro que desplazaba el abanico de influencias hasta una década atrás: los setenta, periodo al que apuntaba el riff grueso, rasposo y propulsivo, con la vista puesta en el Bowie de “Heroes”, que daba el pistoletazo de salida a “In the Morning”, la segunda pieza de la noche; un caladero, el de Bowie, en el que Bejar volvería a abrevar un par de canciones más adelante, esta vez en su versión más glam: la de la ensoñadora “Times Square”, construida en torno de un amable bullicio de vientos y puntuada por los limpios dibujos de guitarra que llenaban el vacío al que la voz se abocaba tras cada estribillo. Antes, “Tinseltown Swimming in Blood”, con sus bajos synthpoperos y su caja de ritmos, los ecos lejanos de sus trompetas después de las estrofas y un tramo final de muy marcada intensidad percusiva, había lanzado un guiño a los legendarios The Blue Nile cargado de un significado dual; un guiño que era la asunción de un legado, agradecida pero también redimensionadora: la atmósfera dulce de los escoceses, de una melancolía contemplativa hecha de tejados suburbiales azotados por la lluvia, es sometida en manos de Bejar al giro subterráneamente socarrón y punzante que siempre caracteriza sus composiciones.

 

 

Con “Forces from Above” y su trenzado de cuerdas y percusiones filotropicales, con shaker incluido y bombo tomando el protagonismo, la sección rítmica tuvo una nueva oportunidad de lucimiento, y la banda se precipitó hacia un aplaudido crescendo a golpe de solos de wah wah y una pletórica profusión de efectos; “Saw You at the Hospital”, por su parte, inauguraba con el rasgueo de una guitarra acústica una pieza de contornos discretamente inquietantes, insinuantemente enfermizos, con una breve coda final de trompetas muteadas en bucle ambiental que en su versión en directo podría haber salido de un disco de William Basinski; “A Light Travels Down the Catwalk”, a continuación, potenció el clima de intranquilidad callada y mórbida con un desenlace hiriente, y en “Rome” se precipitó desde lo alto de la sala una cascada de sonidos que terminaron dando paso al nuevo clásico del soft rock sarcástico “Kaputt”, con sus guitarras cristalinas y su desprejuiciada bruma de saxos plastificados: adult contemporary de ojo guiñado al que siguió la planeadora y quebradiza “Poor in Love”, sostenida sobre una insistente figura de bajo. Para cerrar, con un Bejar que iba trocando su indolencia calculada por un ánimo crecientemente festivo, doble acelerón de estribillos imborrables y aromas noventeros: la luminosa y eléctrica “Cover from the Sun”, no tan lejana del terreno de unos Suede, y la culminante “Stay Lost”. Y un único bis: la caudalosa, mutante “Rubies”, de pórtico apacible y coros inflamados, rúbrica imprevista para un concierto que contrapesó su duración discreta (apenas 80 minutos) con una no menos efectiva por igualmente discreta exhibición de densidad instrumental, humor silencioso y alegre voluntad expansiva.

Marc García

Marc García (Barcelona, 1986). Licenciado en Humanidades (UPF) y Teoría de la Literatura y Literatura Comparada (UB). Ha colaborado en medios como Quimera, Qué Leer, numerocero, Revista de Letras, Hermano Cerdo, The Barcelona Review Panfleto Calidoscopio. Trabaja como editor de mesa, y es también corrector, redactor, traductor y lector editorial.