Menu

Sun Kil Moon en Barcelona

22/11/2017, Fabra i Coats, Barcelona

9,0
 

Sergi de Diego Mas

 

(Nota: Mark Kozelek no deja hacer fotos en sus conciertos)

 

NYC. Década de los 70. Nos encontramos en la histórica sala CBGB, y un día tras otro la historia pasa delante de nuestros ojos. Television, Patti Smith, Talking Heads, The Ramones, Blondie, New York Dolls y tantos otros disonantes, inadaptados con gafas de sol. Y entre ellos se colaba la candidez romántica de Jonathan Richman y sus Modern Lovers. Trato de imaginar a todas esas cabezas danzantes del público, desnucadas, boquiabiertos ante ese rock ingenuo y sonriente.

 

Muchas veces he hecho ese viaje, y siempre me gusta decir que el más punki de todos era Richman: salir al escenario del CBGB con una flor y no una cerveza. Y siempre que disfruto (no siempre, si me permiten el fraseo, que de ello va la cosa) de Mark Kozelek pienso que Mark es como Jonathan.

 

Sí, es ahora el momento en el que usted, lector, puede arquear la ceja. Yo no sé hacerlo, pero si supiera lo haría continuamente. No sé cuántos años practicó Sean Connery, pero ni estoy dispuesto ni tengo tiempo. Pero hablábamos de Jonathan. Y de Mark.

 

Kozelek.

No hace falta que reproduzca aquí los distintos desvaríos o resaltos o lo que quiera que le ocurra al de Ohio (tiren de hemeroteca, que si los reyes son los padres, aquí son Google). Es más, estoy convencido que cada uno de nosotros ha vivido alguna experiencia menos comentada en las redes del mundo rosa, ya sea el ligoteo descarado con una chica sentada en primera fila, o la maravillosa (¿he dicho maravillosa?) bronca con alguien con un móvil, escena que hizo prometer a unos cuantos lokos que no volverían a un concierto de Kozelek.

 

En Kozelek todo es mentira. Todo menos él.

 

Les propongo otro viaje, como diría Carl Sagan. Imaginen que estamos en un festival en el que el cartel es apabullante. Y cuando digo apabullante me refiero apabullante. No sé, pongamos que son Sepultura, Pantera, Megadeth, Anthrax, Slayer, Kreator en el escenario principal. Y entre ellos se cuela Mark Kozelek en cualquiera de sus variantes (ahora hablaremos de Sun Kil Moon, pero para el caso –el viaje- es lo mismo).

 

Imaginen la escena unos segundos.

 

Imaginen a Kozelek sobre el escenario. Imaginen al público, mirando a ese rostro psicopático, esa frente inabarcable, esos ojos espigados, como los labios, ese todo amenazador, inquietante, preparado para su acto, para repartir estopa, si hace falta, para escupir, para envalentonarse.

 

Kozelek no desentona, porque Kozelek es punki. Tanto como lo fue y sigue siendo Jonathan Richman.

 

De vuelta a nuestro presente apreciamos la exultante incontinencia narrativa de Kozelek. Actualmente su proceso de escritura es un todo vale instantáneo, algo que no hace sino demostrar que su mano, como su mente, está tocada por un ángel y un diablo. En 2017 ha sido capaz de publicar 4 discos, y los conciertos de la actual gira de Sun Kil Moon intentan alargarse hasta las casi tres horas (y digo intentan porque no siempre encuentran la connivencia de organizadores, con los tempos siempre ajustados por regulaciones censoras).

 

Y el viaje llegó a Barcelona, y David Fincher (“Seven”, “Zodiac”, “Mindhunter”) no estaba allí para documentar la caza.

 

En su estilo de predicador, declamando como un gótico carpintero, haciendo uso de la maravillosa oralidad en la que su río creativo se ha desbocado en los últimos años (reediten sus letras ya, por favor) asistimos a la clara demostración de que Mark Kozelek es un músico sin miedo al riesgo. Y es una idea que refiero en todos los sentidos, pues desconozco si esa oralidad es expiatoria o es tormentosa. O lasciva o moncal.

 

Sí sé que no es falsa. Lo sé. No pregunten.

 

Podría recorrer fácilmente a su glorioso pasado (su muy amado material de Red House Painters), pero Kozelek constantemente se empuja a sí mismo y también a su audiencia, llevándola hacia el presente más vertiginoso y sociópata posible, poseyéndonos, haciéndonos empatizar con sus sueños, que también son sus pesadillas, con sus recuerdos, que también son sus sueños,

 

y que también son sus pesadillas.

 

Todo en Kozelek es maximalismo puro salpicandoel escenario, acompañado de guitarra, bajo, batería y teclados (Ben Boye, con quien firma uno de sus trabajos discográficos de este 2017 eterno).

 

Vestido con un abrigo gris, sólo agarrando su guitarra en el inicio y final del show, Kozelek caminó, nos rodeó, micrófono en mano. La única luz que bañaba al cantante era la iluminación residual que se desprendía del resto de la banda (continuas andanadas contra el técnico de sonido, que intentaba iluminar algo más, o cambiar la coloración de fondo, sin seguir las indicaciones que el psychosinger le había dado en el soundcheck).

 

Y Kozelek se acercaba a primera línea del escenario,

 

al abismo,

 

y su rostro se escondía, oscurecida la noche.

 

Inicia el repertorio con “Daffodils”, de su colaboración con el miembro de Parquet Courts, Sean Yaton, y se suceden “The Black Butterfly”, “Blood Test”, “Chili Lemon Peanuts”, “My Love for You is Undying”, “House Cat”, “God Bless Ohio”.

 

Fraseo, hip hop folk, soul, jazz, spoken word.

 

Kozelek canta sobre las amistades, la muerte, las novias, sobre la verdad y el verdadero crimen. De alguna manera consigue conectar en este continuo más difícil todavía en el que se ha convertido su carrera, un viaje emocional in crescendo.

 

¿Han visto ya la serie “Mindhunter”?

 

Kozelek ha cambiado sus mecanismos de expresión, cada vez más rudos. Kozelek es un Martini seco o una copa de vino, bueno o malo. Interpreta en modo crooner, susurra y dirige a la banda, improvisa fragmentos de prosa, breves narraciones en las que aparecen los Eagles, Mike Tyson, Elliot Smith y catorce mil referencias más. Abran la agenda del teléfono y narren las historias de esos nombres.

 

Kozelek y las historias de los nombres.

 

Como el suyo (la interpretación de “Dogs”, esencialmente su historia sexual versificada, puede resultar incómodamente apasionante). Pero Kozelek no quiere jodernos, se encuentra cómodo, aunque no sabe si entendemos todo lo que nos quiere contar, y eso siempre le ocurre en Japón y en España. No, Kozelek no quiere jodernos. Parlotea con el público, se aleja del foco, sabiéndose no fotografiado (por petición y amenaza expresa del artista), comparte con nosotros un nuevo tema, recién escrito en el viaje de París a Barcelona, en homenaje al fallecido actor y cantante David Cassidy (la serie televisiva “Mamá y sus increíbles hijos” (“The Partridge Family”) lo lanzó a la fama en la misma gloriosa época del CBGB).

 

Y jugamos a los coros.

 

Y luego la trascendencia de “Rock ‘n’ Roll Singer”, histórica versión ya de AC/DC, recordando al también traspasado Malcolm Young.

 

Mil y una historias: bromea y nos hipnotiza, y nunca sabemos cuánto hay en él de ironía y sarcasmo, de ego y realidad.

 

Mark Kozelek es una paradoja en el camino.

 

Tropiecen con ella.

Sergi de Diego

Melómano compulsivo y urbanita adicto a YouTube. Ha escrito “E-mails para Roland Emmerich” (Honolulu Books, 2012) pensando en J. G. Ballard y los próximos cinco minutos. Sus películas favoritas son “Annie Hall”, “Mulholland Drive” y “Tiburón”. Padece ataques de nostalgia al recordar “Los 4 Fantásticos” de John Byrne. Le gusta repetir que “El final del verano es el principio de los conciertos”. Forma parte del colectivo DJ The Lokos. Es fan de Roy Orbison y Sonic Youth. Lo puedes encontrar en su blog, Interferncia Sónica