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Rosalía y Raúl Refree en Guitar BCN

23/03/2017, Luz de Gas, Barcelona

9,5
 

Sergi de Diego Mas

Fotos Eric Altimis

 

Aunque fue un 12, como en la canción que reza “Era un día de jueves santo / Sol y luna se eclipsó / Temblaron los elementos / cuando expiró el Redentor”. Tembló el mundo, abierto en una grieta en blanco y negro. Ya no sé si es flamenco (que lo es, claro), porque en el fin del mundo ya no habrán palabras que lo definan: sólo gestos, como este concierto de Rosalía y Refree, un concierto de 12 bajo Luz de Gas (repleto, rebosante, entregado), del que se hablará como una leyenda del tiempo, entre el alfa y omega de la tradición que no es.

 

O sí.

 

No es flamenco el arte de Rosalía, ni flamenco es el arte de Refree, el Jim O’rourke del mediterráneo, que tanto acompaña a Rocío Márquez o Lee Ranaldo o a Silvia Pérez Cruz. O en el presente futuro a ese pequeño Niño de Elche. No es flamenco pero es en esa suerte cuando el flamenco puede devenir mayúsculo, histórico, cuando el arte sobrepasa a la palabra, cuando el flamenco es flamenco. La voz de Rosalía es imposible, cantando tonadas populares que nos desplazan al celuloide envejecido de películas olvidadas, a voces casi mudas ya. A tientas da comienzo el diálogo, con Raúl cimbreando las cuerdas de su guitarra con un pincel, perfecto acompañante, nunca un chillido sobrecapeado que ocultara la luz sombría de esa voz que canta a la muerte. Y se quedan solitos, como en la canción, “A llamarme / Eran las dos de la noche / Vino mi hermano a llamarme // Despiértate, / ¿Por qué no te despiertas tú / hermanito? / Que se ha muerto nuestra madre / Y nos quedamos solitos”.

 

 

Y se quedan solitos y nosotros también. En el gesto y en el sentido (“Que se muere, que se muere / (...) / Que se espere que quiero morir yo contigo”. Esa era la comunión, próxima, íntima, casi obscena, con ambas -las dos- sillas que ocupaban dos flamencos y sus saetas y alegrías y seguiriyas, y nos llevan más atrás en el tiempo, con palmas congeladas, entrañas y fantasmas revolcados de incomodidad, acercándose a la plaza del pueblo y del Nodo, haciendo corro y preguntando “¿Quién es esta chiquilla que canta a la muerte, y este barbudo mal harapado que tartamudea los palos?”.

 

 

La voz domina los crescendos, sus brazos los silencios susurrados, ambos se tocan sabiendo que están haciendo algo (el qué) de lo que se hablará, flamenco sin pretender acabar con la condena: “La enterraron por la tarde a la hija de Juan Simón / Y era Simón en el pueblo el único enterrador”.

 

Nos castigaban, y “Por castigarme tan fuerte” (otro lamento más de este infinito disco que es “Los Ángeles”) sólo queríamos más sangre de esa novia vampira, larga melena y pieza de ropa, Van Helsing al lao, queríamos más tortura, aunque a veces imperfecta (eso es flamenco) o afectada, pero con nuevo afecto (esas piernas abiertas, ese levantarse, ese sentarse, ese “I See a Darkness” de Bonnie “Prince” Billy, y ese morir y morir de nuevo, de amor o de vida “And the I’ll see a darkness”).

 

Telón.

 

Y seguía el flamenco, la muerte y los ángeles.

 

Sergi de Diego

Melómano compulsivo y urbanita adicto a YouTube. Ha escrito “E-mails para Roland Emmerich” (Honolulu Books, 2012) pensando en J. G. Ballard y los próximos cinco minutos. Sus películas favoritas son “Annie Hall”, “Mulholland Drive” y “Tiburón”. Padece ataques de nostalgia al recordar “Los 4 Fantásticos” de John Byrne. Le gusta repetir que “El final del verano es el principio de los conciertos”. Forma parte del colectivo DJ The Lokos. Es fan de Roy Orbison y Sonic Youth. Lo puedes encontrar en su blog, Interferncia Sónica