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Arder amando. El Niño de Elche canta José Val del Omar en XCèntric

13/01/2017, CCCB, Barcelona

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Marc García

Fotos Óscar García

 

 

Arrancó el festival XCèntric de este año mostrando algunos de los perfiles más reconocibles de las dos figuras que fundían sus estéticas en el acto inaugural: el autodefinido “ex-flamenco” Niño de Elche, de trayectoria imparablemente ascendente, y el icono de la cinematografía experimental española José Val del Omar, al que, por cierto, ya homenajearon en su momento los Lagartija Nick. Y es que si el primero ahondaba en las potencialidades performáticas de la voz como máquina de ruidos dúctil, mutante, moldeable, en la línea de la teatral, desquiciadamente cómica y sugestivamente amanerada interpretación de “Nadie” que suele suponer uno de los puntos álgidos de sus conciertos, la proyección de los súper 8 caseros y casi inéditos del segundo remitía, con sus hogueras en la noche y sus fuentes ascendiendo, a esa sinfonía visual a los elementos que es su obra definitiva, el “Tríptico elemental de España”: y la pujanza de los fluidos se convertía así, por obra y gracia de los gemidos del Niño de Elche, en ilustración icónica de los placeres del orgasmo.

 

 

Mezcla de vídeo casero, diario de viaje, cuaderno fílmico de apuntes del natural y lienzo infinitamente manipulable, destinado a experimentar con las propiedades materiales del soporte, en los súper 8 que rodó en los setenta Val del Omar capturaba una vez más el atractivo ambivalente de la naturaleza (desde el colorido brillo de las flores hasta la textura áspera de las orugas), pero también sorprendía retratando el flujo de gente y el ritmo epiléptico de la aceleración urbana con el recurso a un montaje encadenado apresuradísimo, que amontona impactos visuales; o proponía inquietantes amalgamas entre rostros y objetos, entre alimentos y personas; o convertía el metraje en un juego de manos ominosas, en una amenazadora procesión de sombras chinescas o un caleidoscopio averiado; o extraía, de la manipulación tecnológica y lumínica del material, dibujos de nervaduras y venas, quebradizas texturas orgánicas entre el pulmón y la hoja, la célula y el capilar; o incluso, con sus deformadas tomas de imágenes de la televisión pública de los setenta, trascendía el costumbrismo para empapar la realidad de fantasmagoría, para señalar hacia algunas de sus lacras: la sección del rostro de un Franco envejecido que emerge de entre el metraje actúa aquí a modo de apunte ideológico aislado de modo similar a como lo hacían las espeluznantes invocaciones a la guerra que, superpuestas al sonido de los disparos del 23-F, cerraban “Tríptico elemental de España” como una funesta advertencia.

 

 

 

A un Niño de Elche en busca del riesgo, provisto sólo de su voz y de un set de efectos y pedales, cupo reconocerle la habilidad para realzar siempre las posibilidades más oscuramente insinuantes de las imágenes, así como para trazar correlatos sonoros a sus distintos ritmos: desde los experimentos onomatopéyicos y la multiplicidad de emisiones vocales, ya fuesen gemidos o toses, tableteos o ráfagas verbales más o menos desdibujadas (entre las que el oído creía identificar “Fuck” en las alegorías del orgasmo; “Money” ante el desfile adocenador de turistas; o incluso un “Ser o no ser” hamletiano), hasta las largas secuencias de electrónica zumbante e invasiva en las apresuradas secciones urbanas, el atinado recurso al silencio en algunos momentos del cuarto final o la inyección de aliento litúrgico, catedralicio, en su colofón: el único fragmento cercano al cante, impulsado por la repetición casi mántrica de un único verso teñida de ligera sorna desvaída. Capaz de infundir a sus piezas los aromas más diversos e inesperados (del dub al krautrock, del postpunk a la electrónica, del ambient en su reciente colaboración con David Cordero al metal en la todavía inédita con Toundra, siempre con un pie en un flamenco que es origen ineludible pero cada vez menos destino) y de proyectar su curiosidad hacia territorios múltiples pero unidos por el signo de un gusto inclusivo y exquisito (más allá de sus adaptaciones de Miguel Hernández o los poetas de la experiencia, una de sus mejores piezas sigue siendo su lectura de ”La canción de amor de San Sebastián” de Eliot, llena de éxtasis doliente, de fisicidad y trascendencia; repleta de cuerpos agredidos y sangre y crueldad entreveradas de deseo), si al Niño de Elche puede adivinársele algún techo acaso será sólo el que para parte de la audiencia suponga su ubicuidad creciente. Visto el tino con el que elige incluso proyectos menores como éste, a mayor gloria de uno de los objetos fílmicos no identificados más estimulantes de la tradición española, el apunte no opaca en modo alguno el saludo admirado que se debe un talento inapelable, embarcado en una progresión crecientemente triunfal.    

 

 

 

Marc García

Marc García (Barcelona, 1986). Licenciado en Humanidades (UPF) y Teoría de la Literatura y Literatura Comparada (UB). Ha colaborado en medios como Quimera, Qué Leer, numerocero, Revista de Letras, Hermano Cerdo, The Barcelona Review Panfleto Calidoscopio. Trabaja como editor de mesa, y es también corrector, redactor, traductor y lector editorial.