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Arcade Fire en Barcelona

05/07/2016, Razzmatazz 1, Barcelona

(...)

 

Sergi de Diego Mas

 

El 29 de agosto de 1966 los Beatles dieron su último concierto en el Candlestick Park de San Francisco (siempre y cuando obviemos la mítica aparición sobre la azotea del edificio de Apple records tres años después). Aquella noche, en el estadio de fútbol americano que hoy es el hogar de los San Francisco 49ers, los de Liverpool tocaron once temas que supondrían la despedida de una audiencia cada vez más entregada y generosa. El setlist, breve o brevísimo, como acostumbraban, fue intensamente acompañado por un coro de 25000 alocadas voces: "Rock And Roll Music", "She's A Woman", "If I Needed Someone", "Day Tripper", "Baby's In Black", "I Feel Fine", "Yesterday", "I Wanna Be Your Man", "Nowhere Man", "Paperback Writer" y "Long Tall Sally".

 

Y se acabó.

 

Probablemente Ringo, Paul, John o George nunca supieron si realmente habían tocado aquellas canciones. ¿Lo permitió el ensordecedor ruido del público de la gira que se inauguró en aquel gigantesco concierto para 55.000 personas en el Shea Stadium de NYC, en 1965?

 

 

Aquellos eran conciertos aparentes en un mundo en el que las apariencias ya tenían valor y precio de mercado, y llegó 1966 y se acabó: nunca más nadie podría acompañar las melodías beatlemaníacas, en lo que sería un eco de melancolía, huérfano de directo, pero que en el caso de los Fabulosos Cuatro se acabaría centrando en la complejidad y experimentación sonora del silencio original de un estudio.

 

Los Beatles no volvieron a pisar un gran escenario.

 

Y no,  estimado lector, no se ha equivocado de canal. Esto es la crónica sonora (o sorda) del concierto de Arcade Fire en la sala Razzmatazz de Barcelona, en pleno siglo 21. O al menos, una crónica posible.  Y es un texto para Blisstopic, por lo que un servidor debiera haber empezado puntuando el show, la experiencia, pero no sé a quién o qué puntuar. Dejaré unos abiertos puntos suspensivos, estoy sordo y sin sonotone.

 

Efectivamente fue una oportunidad de oro e inesperada para disfrutar de los canadienses, dos años después de sus últimos conciertos, en un recinto pequeño, en un concierto preparatorio de las actuaciones (pocas) que van a ofrecer en próximos festivales. Notables, entregados, con un setlist elegido a pulso y dirigidoa a lo que podría ser un “The best of” de su repertorio. Ready to Start”; “The Suburbs”; “Sprawl II”; “Reflektor”; “Afterlife”; “We Exist”; “Normal Person”; “Keep the Car Running”; “Intervention”; “My Body is a Cage”; “We Used to Wait”; “No Cars Go”; “Haiti”; “Neighborhood #1 (Tunnels)”; “Neighborhood #3 (Power Out)”; “Rebellion (Lies)”; “Here Comes the Night Time”; “Wake Up”.

 

Y ya. Muy bien, sí. Pero poco más se puede decir de un concierto en el que el sonido de la sala, acusadamente grave, no quería escapar del escenario, eliminando cualquier matiz (¿sección de viento, violines, dos teclados, dos baterías y bongos y no se percibían sus ángulos musicales?) por la sala, difícil siempre, y por el ensordecedor ruido de la audiencia, siempre huérfana de aquellos Beatles, muda desde aquel 1966.

 

Un no tan lejano 1966.

 

Un vídeo publicado por Arcade Fire tube (@arcadefiretube) el

Arcade Fire “No Cars Go” (Barcelona, julio 2016)

 

¿Quién no ha practicado alguna vez el air guitar? ¿O el wachiwei anglófono con el que se acompaña el estribillo de una canción pegadiza? Anoche, desde el minuto uno de la verbena el respetable gritó y gritó y gritó hasta casi suprimir a la multitudinaria banda canadiense, mostrando con orgullo pulmones a prueba de tabaco. La competición se centraba en observar quién lograba abrir más la boca al aullar, cual hermano lobo (amigo Félix Rodríguez de la Fuente  que estás en los cielos), todas y cada una de las melodías, entrando a destiempo, confundidas en pentagramas distintos, tarareando tornadas desubicadas.

 

Ha llegado el momento de expandir la experiencia musical de un concierto de esta reducida envergadura: el público ha de participar en el soundcheck con la banda. O eso o que sobre el escenario se utilicen unos amplificadores tamaño XXXXXL (a la Crazy Horse), o que busquen el asesoramiento de Michael Gira o Joe Mascis, que de volumen saben un rato: puestos a quedarnos sordos mejor que sea con una tormenta sónica (como en la antigua Zeleste, en la que todavía resuenan las huellas acopladas de “The Diamond Sea” en el concierto de Sonic Youth de marzo de 1996), que con una tormenta de arena verbal, de ondulaciones amplificadas, aliñada con un par o tres de cervezas desparramadas sobre la persona de delante o de detrás (o de un servidor) e inmortalizada a través de la pantalla de un móvil que, ¡oh sorpresa! sería arrebatado de las manos de su propietario por el frontman Win Butler quien lo lanzó, generoso y comunista, al fondo del coso (que nadie se preocupe, confidentes nos informan que el aparato fue recuperado). 

 

Los Beatles no volvieron a pisar un escenario.

Y el eco y el estruendo volverán, como Schwarzenegger.

Cantemos juntos.

Sergi de Diego

Melómano compulsivo y urbanita adicto a YouTube. Ha escrito “E-mails para Roland Emmerich” (Honolulu Books, 2012) pensando en J. G. Ballard y los próximos cinco minutos. Sus películas favoritas son “Annie Hall”, “Mulholland Drive” y “Tiburón”. Padece ataques de nostalgia al recordar “Los 4 Fantásticos” de John Byrne. Le gusta repetir que “El final del verano es el principio de los conciertos”. Forma parte del colectivo DJ The Lokos. Es fan de Roy Orbison y Sonic Youth. Lo puedes encontrar en su blog, Interferncia Sónica