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David Duchovny en Barcelona

14/05/2016, Sala Barts, Barcelona

7,1

 

Toni Junyent

Fotos Rosario López

 

No es nada de lo que vanagloriarse, pero tiendo a sentirme orgulloso de tener buena memoria para los nombres de actores, cineastas o escritores. Tengo buena memoria para esas cosas. Y a menudo veo a gente que escribe mal los nombres de las cosa y me sorprende porque pienso que, diablos, no es tan difícil. Puede que el de David Duchovny fuera uno de los primeros nombres de mi colección, en lo tocante a gente de la tele o del cine. Junto al  de Gillian Anderson y el de todos los que aparecían en los créditos. Luego “Breaking Bad” lo petaba y yo me ponía a gritar por la calle que a Vince Gilligan hace mucho que lo conozco.

 

Para mí Duchovny siempre fue el agente especial del FBI Fox W. Mulder. A Hank Moody no lo frecuenté demasiado. Al agente Dennis/Denise Bryson, de la DEA, le traté poco, no se dejaba ver mucho. De ahí que fuera una especie de terremoto encontrármelo de pronto sobre un escenario, ataviado a lo hipster, sin pasarse, con tejanos, americana y una camiseta de rayas. Más que nada, por todo ese espectro de gestos y movimientos que no asociaba para nada con Duchovny. Hay que decirlo: el tío parece disfrutar sobre el escenario, dándoselas de estrella súbita del folk rock, y ser el maldito David Duchovny no le impide ser la mar de generoso con su fandom, encajando manos y brazos cada dos por tres y bajando a darse algún paseo por la platea. A mí me tocó un par de veces. Nada lascivo. Pero con eso os lo digo todo. Ya llegaremos a esa historia. Generoso, expansivo y agradecido —no sé cuantas veces dijo gracias—, el neoyorquino se personó pasados unos minutos de las nueve y media sobre el escenario de la sala Barts, bien arropado por su banda, para tocar los temas de su primer disco “Hell or Highwater”.

 

 

Vaya por delante que yo no sé escribir demasiado sobre música. Para definir su director, usaré la palabra que llevo usando desde ayer en conversaciones: indoloro. En el buen sentido. Puede que suene condescendiente. No me puso la piel de gallina, vamos, pero el producto funciona. Son canciones sencillas que, como él mismo decir, empezó a componer hace unos cinco años, por hacer algo, porque se le ocurrió que podía pasarlo bien haciéndolo. Me llegaban más las canciones intimistas, aquellas en que la iluminación sugería que nos disponíamos a oír la clase de confesión que un buen amigo nos haría en una noche estrellada —“Stars”, una de las últimas que tocó, sería un buen ejemplo de ello— que aquellas otras, más pop-rock, en las que el nivel de decibelios subía y la cosa se ponía más verbenera. El regusto melancólico del conjunto, con efluvios de jazz de juguete, lucía lo suficiente como para que quisieras escuchar más canciones, e incluso dejar de hacer fotos para Instagram y grabar audios y decirle a tus amigos de Whatsapp que estabas viendo a David Duchovny. Aunque parecía que era imposible dejarlo del todo. Asomaban móviles por todas partes.

 

(Inciso: mientras escribía esta crónica, tenía puesto en Youtube el álbum de Duchovny. En un momento dado, se ha terminado y, automáticamente, han ido saltando más vídeos de directos. Llevo un rato largo oyendo a unas chicas que chillan como auténticas posesas. Es una locura. Ahora mismo estoy en un vídeo en el que va a salir Gillian Anderson. A ver. Joder, es guapísima. Se acaban de dar un pico. Creo que llevo un buen rato reproduciendo en bucle ese mismo vídeo, ahora que me fijo. Bueno, sigo).

 

Duchovny se refería constantemente a su inexistente español, y yo quería que alguien le dijera que no se preocupara tanto por eso, que aquí estamos a otras cosas. Se marcó una versión de “Stay” de Bowie, y ahí fue cuando le cedió por momentos el protagonismo a sus músicos (sonaban bastante bien) y bajó para meterse por en medio del escenario. No hizo ninguna concesión a su vertiente “The X Files”, aunque cuando introdujo “Stars” y empezó a hablar del cielo y de las estrellas que vemos pero que llevan mucho tiempo muertas, alguien soltó un grito y pensé que debían haber fantaseado por un instante con una versión de la sintonía de la serie o algo así.

 

 

No sé si fue antes o después del bis que me fui hacia adelante, abandonando mi butaca para ver lo que quedaba del concierto de pie. Había muchas chicas jóvenes con la camiseta promocional del disco, gente que se sabía las canciones, y allí fue cuando Duchovny invitó a sus acólitos a subir al escenario, y eran todos gente muy sana de mejillas sonrosadas, había algún niño, entre ellos yo, que subí cuando ya habían subido todos y Duchovny me señaló y me puso como ejemplo de tipo con agallas, y luego me cogió el bolso que llevaba, del Festival Punto de Vista, igual se pensó que llevaba un arma de fuego o algo así, joder, qué miedo, espero que no, lo cogió como qué coño es esto y luego me ofreció la mano y yo me moría un poco de vergüenza, la verdad, decidí que me esforzaría en hacer ver que estaba a mi onda y que sabía bailar, que tenía el ritmo en las venas y la mujer pelirroja que estaba a mi lado me pasó el brazo por los hombros para que me uniera a su abrazo con otra chica y yo hacía como que todo eso ni me iba ni me venía, disimulaba un poco y miraba la primera fila de fans locas de David Duchovny, mi amigo Ausias y yo le dimos mucho la lata a mis padres cuando se estrenó la primera peli de “Expediente X”, estábamos en la playa y queríamos que nos llevaran a verla, esa es otra historia, pero bueno, que yo estoy también bastante loco, aunque por este párrafo que está a punto de terminarse se insinúe un deje de cinismo, que tan solo quiero insinuar, a modo de ejercicio de estilo, puesto que en realidad mi breve cuerpo a cuerpo con David Duchovny estuvo bastante bien.

 

Vi el resto del concierto apoyado en una columna, pensando en como las gasta Duchovny, un tipo muy afable al que le ha dado por hacerse cantautor folk y yo no tengo nada que objetar. Vi el resto del concierto apoyado en una columna, por si alguien quería tocarme ya que Duchovny me había tocado, y un amigo me mandó una foto en la que yo aparecía encima del escenario, mi chaqueta verde oscuro desentonando un poco entre la indumentaria más bien claro del resto de personas que rodeaban a ese tipo que quería creer y, antes de cantar un tema llamado “When the time comes”, dijo creer firmemente que al final la mayoría de las cosas importan más bien poco, que todo es eventual y que aquí estamos, pollos hermanos, perdón, todos hermanos, los unos al lado de los otros, y al mismo tiempo separados por misteriosas cordilleras por recorrer, que son las que nutren las canciones de amor y también las de olvido. Esto último de las cordilleras ya es cosa mía, lo he puesto de mi cosecha.

 

 

 

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