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Afghan-Whigs

The Afghan Whigs en Barcelona

21/02/15, Apolo, Barcelona

7,4

 

Milo J Krmpotic

Fotos Ferran Martínez

 

Quizá por haber descubierto a The Afghan Whigs durante su período más “caballeroso”, tras escuchar electrificado “Fountain and Fairfax” como banda sonora de un episodio de “My So-Called Life”, agenciarme con adolescente compulsión el “Gentlemen” que contenía dicho tema y constatar de paso que una amiga contaba con un “Congregation” previo que grabarme en cinta, siempre he asociado a Greg Dulli con la hedonista pero torturada voz que monopolizaba aquel trabajo sobre rupturas sentimentales e infiernos personales. Si se ha tratado de un error, ciertamente el criminal “Black Love” echó gasolina a la hoguera y ninguna de las expresiones que devotamente le he conocido desde entonces al amigo, ya fuera como líder de The Twilight Singers o como mitad fraterna de The Gutter Twins o en solitario, con numerosos directos y alguna entrevista incluida, ha ayudado a desmentirlo. En realidad, ha sucedido todo lo contrario: ese narrador luciferino, mitad Goethe punk y mitad John Milton tras una sobredosis de Aretha Franklin, se me ha aparecido una y otra y otra vez lo mismo en sus expresiones más rockeras que en sus constantes guiños al soul-funk setentero, pues tales son los apartados apareados en un currículo afgano-liberal que, no lo olvidemos, prácticamente se inició con una versión de The Temptations y enseguida los encumbró como representantes de Sub Pop en Cincinatti, con Jack Endino a cargo de la producción de “Up In It”.

 

Viene esta larga introducción, claro está, a cuento del segundo regreso a Barcelona de la tercera etapa de The Afghan Whigs (en realidad, ahora mismo, integrados por el dúo seminal que componen Dulli y John Curley, más varios talentos cosechados por el primero durante los años de The Twilight Singers y la muy estimable batería de Patrick “Greenhornes” Keeler); en esta ocasión, con nuevo y notable álbum bajo el brazo, un “Do To The Beast” que interpretaron al noventa por ciento. Y lo hace –venir a cuento, la introducción– porque me cuesta un mundo desligar cualquier impresión cronológicamente concreta de un análisis quizá no de la psique dulliana, pero sí por lo menos de la situación que pueda estar atravesando su ánimo a lado y lado de la frontera que marca este concierto. A diferencia de su visita al Primavera Sound de 2012, por ejemplo, cuando Dulli se presentó en el Parc del Fòrum hecho un pincel, afiladísimo en su voluntad de recuperar el legado de la banda de la forma más exacta posible, y casi podríamos hablar en términos de obsesión profesional, la noche del 21 de febrero nos lo devolvió algo más entrado en carnes, bastante más suelto, casi autocomplaciente en el (por otro lado tradicional) recurso al engarzado de fragmentos ajenos en el desarrollo de las piezas propias (y hubo también covers completos de Jeff Buckley, Sylvan Esso, Andrew Lloyd Webber…).

 

Dulli, pues, se relajó. Dulli venía con ánimo de divertirse, que no en vano cerraba gira europea. Y el resultado fue una actuación donde el volumen primó sobre la sugerencia, arrebatadora en su intensidad pero en ocasiones algo acelerada y sin la precisión que suele otorgar el ansia de catarsis: tuvo que llegar “Step into the Light”, el séptimo de los veinticuatro temas de que iba a constar la velada, para asistir a una interpretación más cool que frenética, y eso que habían desfilado ya títulos tan afines al ejercicio atmosférico como “Fountain and Fairfax” o “Somethin’ Hot”. Brotó de esa tesitura, lógicamente, la versión desatada del frontman, lo que se tradujo en alguna buena perorata, algún tic obviable (el bombo de quita y pon) y sus más exageradas muestras de amaneramiento funk-soulero. Nada que objetar, desde luego, a quien venía con los deberes hechos y nada tiene que demostrar a estas alturas, pero, si bien la propuesta no cojeó un solo segundo en el apartado del entretenimiento, aun a riesgo de caer en cierto tópico propio del esnobismo musical, servidor se sigue quedando con el término medio entre ejecución y fiesta que pudo testimoniar el mismo año 2012 en el Lucerna Music Bar de Praga.       

 

Lo mejor: Pues entre “Algiers” (en cuanto a novedad) y “Debonair” o “Summer’s Kiss” (en lo de siempre) andaría la cosa.

Lo peor: Aunque un Apolo a reventar resulte bastante cercano al espíritu de Afghan Whigs en general y Greg Dulli en particular, cuesta entender que una cita de estas características no invite a llenar un Razz 1, por lo menos. 

 

Milo J. Krmpotic’

Milo J. Krmpotic’ debe su apellido a una herencia croata, lo más parecido en términos eslavos a una tortura china. Nacido en Barcelona en 1974, ha publicado contra todo pronóstico las novelas “Sorbed mi sexo” (Caballo de Troya, 2005), “Las tres balas de Boris Bardin” (Caballo de Troya, 2010), “Historia de una gárgola” (Seix Barral, 2012) y "El murmullo" (Pez de Plata, 2014), y es autor de otras tres obras juveniles. Fue redactor jefe de la revista Qué Leer entre 2008 y 2015, y ejerce ahora como subdirector del portal Librújula. Su firma ha aparecido también en medios como Diari Avui, Fotogramas, Go Mag, EnBarcelona, las secciones literarias del Anuari de Enciclopèdia Catalana

 

milo@blisstopic.com