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Eufònic 2014

04-07/09/2014 Varios Escenarios, Delta de L'Ebre

 

Olívia Perelló

Fotos Roser Royo, Ignasi Piñol, Santi Gila

 

Un festival boutique, coqueto e inquieto que tiene muy clara su bicefalia y que además hace de ello bandera: en Eufònic no le hacen ascos a ponerse sesudos –sin caer en el momento highbrow total– y al mismo tiempo abrazan con ganas el hedonismo y la expansividad más lúdica. Expliquémonos.

 

Abrir con un concierto para campanas, una acción casi intangible y ciertamente invisible si no se accedía al campanario, es toda una declaración de intenciones. Dos señores de nivel, como Llorenç Barber, campanólogo, musicólogo e investigador sonoro –reclamado días después para un festival en Brasil– a cuatro manos con Rossend Aymí, organista y musicólogo, separados por 50 km de distancia (los que van de Tortosa a Vinaròs), interpretaron una sintonía para campanas que despertó la curiosidad de las señoras que a esa hora iban al mercado. Los que lo vivieron de cerca (esto es, en el campanario) nos hablan de un Barber titánico manejando cual Hércules las pesadas campanas para tocar una sintonía mágica. Momentazo.

 

Abundan los momentos así en Eufònic, hechos para un público selecto que los atesora como recuerdos indelebles. Por ejemplo, la caminata que se pegaron los participantes (entre ellos Carles Santos) en "Camí privat", la acción sonora de Laura Llaneli y Lina Bautista. La recompensa final, con llegada a la inaccesible Torre de Sant Joan, estuvo salpicada de hallazgos sonoros y risas compartidas. También triunfaron Martí Ruids y Vicent Matamoros, flautistas de Hamelín contemporáneos, capaces de arrastrar hasta una batea en medio del mar a una cantidad considerable de gente para dejarse mecer por el sonido de sus campanitas y tubos afinados que se movían al capricho del mar y la brisa. También caló hondo el espectáculo de danza y mapping de Oscar Sol y Anna Hierro, un prodigio de emoción y tecnología con el que se inauguró Eufònic. Un éxito de la vertiente más arty del festival, que cabe extender a la instalación sonora de Lolo y Sosaku en Lo Pati de Amposta, a la instalación de Edu Comelles o a la intervención mapeada en un misterioso sótano lleno de rocas que realizó Gnomalab (el 50% de The Suicide of Western Culture).

 

HADAS, DUENDES Y TROLLS

Entrando en materia estrictamente musical, fue un gran acierto del festival el precioso espacio Església Nova, que se quedó pequeño para los conciertos de Maria Coma –preciosista y encantadora, qué robustez la de su banda (vivas varios a Pau Vallvé)– y Bradien + Eduard Escoffet - palabras y electrónica que no dejan indiferentes, en una propuesta con un directo sólido y altamente comunicativo. Capítulo aparte el locurón-vendaval de Za! y sus alumnos del taller de improvisación: nunca se sabe qué puede pasar y si salta la chispa, es totalmente imparable. Una tormenta con hallazgos inesperados y únicos.

 

No debió de ser fácil meter un piano en la típica barraca del Delta, pero hasta allí llevaron al pianista Carles Viarnès con su piano de cola, theremin, sintes y demás para uno de los conciertos más bonitos que se han visto en Eufònic. Viarnès es un artistazo que combina el rigor con la ligereza, el detalle y la profundidad en su pianismo de nuevo cuño. Nada tiene que envidiar a tipos más glamourizados como Nils Frahm. Su concierto fue de lagrimita. Además verle rodeado de herramientas de labranza, pesca con red y bicicletas oxidadas del año de la maricastaña fue simplemente entrañable.

 

 

#EUFÒNICUNDERTHERAIN

Las noches de Eufònic merecen capítulo aparte. El espacio de Lo Túnel es ni más ni menos que un túnel cegado y rodeado de pinos en medio del pueblo. En ese entorno, adonde conviene ir bien armado contra los mosquitos, se dan cita los conciertos a la vieja usanza y las actuaciones audiovisuales. Alizzz demostró allí el por qué de su pujanza en la escena internacional: el nivel se le presupone, pero su directo fue fantástico y elástico, amplificado por los visuales de Fx Movement, que añadieron aún más color a sus bajos retumbantes y su r'n'b marciano. Jugada ganadora. Los jóvenes Wesphere habían abierto la noche para los más cumplidores con una propuesta que va de la psicodelia a la experimentación cuasi jazzística, demostrando lo que ya decía su disco: que son una rara avis que merece la pena no perder de vista. Chelis alargó y cerró la noche, y se notaba que estaba cómodo. Divirtió y maravilló por igual.

 

La segunda noche simplemente no existió: una lluvia intensísima de 20 minutos que no se llevó por delante la humedad reinante en el ambiente ni impidió que los mosquitos siguieran alimentándose, dio al traste con el montaje de Lo Túnel. Aunque tiene su aquel ver cómo el potencial público invadía el bar de bocatas de la esquina, que hizo su agosto en septiembre. También tiene su aquel que se salvara la sesión de bRUNA para reubicarla en un club del pueblo donde convivió pacíficamente el público de Eufònic y los invitados más jóvenes de las cuatro bodas que al parecer se celebraban ese día en la población. Nos quedamos con las ganas de ver a Xtrngr y los visuales de Desilence. Su disco es una maravilla que hay que ver pronto en directo y en condiciones.

 

#LOVEBOAT

Para borrar el mal sabor de boca de la noche anterior, colofón de lujo en medio del mar. Y es increíble, porque el subidón de energía, diversión, felicidad, amor y empatía que provoca la simple llegado en barco al Xiringuito de la Costa funciona como fantástico agente amnésico. Pablo Honey –leyenda local, con unos fans entregados y fanáticos– pinchó impecablemente hitazo tras hitazo, pasando del indie coreable al french touch con una solvencia envidiable. La llegada en barca de Guille Milkyway revolucionó la plataforma, donde se dispararon todos los resortes y poco tuvo que emplearse para poner a bailar a todo el mundo (incluida alguna intelligenzia a la que se vio bailar como poseída por el "Rumore" de la Carra). Final mediterráneo para un festival cuidado y con sentido, al que hay que acudir dispuesto a un inmersión experiencia total.

 

Redacción

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