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Nick Cave and The Bad Seeds

29/07/2014, Masonic Temple, Detroit

 

Texto María Asuero

Foto Masonic Temple

 

De alguna manera, asistir al cierra de gira de U.S.A. de Nick Cave and The Bad Seeds en la oscuridad de la abandonada y deprimida Detroit, se acercaba, en cierto sentido a algún tipo de Apocalipsis (uno no muy sangriento ni muy violento). Concierto que además, se celebraba en el Masonic Temple Theatre. El teatro es una parte del Masonic Temple, la construcción más grande del mundo dedicado a organizaciones masónicas. Es un  edificio muy antiguo, de estilo neogótico, que acoge conciertos y musicales. La sala, o más bien el espectacular teatro, se situaba a unos quince minutos andando del centro de Detroit, y aunque, lujoso venido a menos, era casi un oasis en medio de calles repletas de edificios abandonados y semiderruidos (como gran parte de la Motor City). Entrar en aquel lugar y pensar en la que se avecinaba con Nick Cave y sus secuaces, emitía un sentimiento más cercano al pecado que a otra cosa.

 

La banda telonera no fue mucho de mi agrado. Nicole Atkins apareció en escena con su banda (batería y guitarra), vistiendo una túnica blanca. Por su aspecto (bastante elegante) llegué a pensar que igual tenía la suerte de ver algo que merecía la pena, pero su música me resultó incómoda. De modulaciones constantes, cambios de ritmo, y en un estilo algo cercano (a ratos) al rock progresivo, desde aproximadamente los dos primeros minutos me provocaron un tipo de ansiedad, que solo me produce la música que me cuesta tolerar. Todos mis respetos para su música y sus seguidores, pero no creo que vuelva a escucharlo por voluntad propia.

 

Sin embargo, hay directos que sabes que no van a fallar, aunque de concierto en concierto olvides lo grandiosos que son. Y es que Nick Cave and the Bad Seeds tienen muchas tablas; son muchos años, muchos discos y muchos directos.

 

Superaron completamente mis expectativas. Desde las primeras luces azules, donde la flauta con mucho delay de Warren Ellis daba comienzo a "We real cool", sentí no sólo que verlos en aquel increíble teatro era maravilloso, sino verdaderamente una suerte. Siguiendo con su álbum “Push the sky away” (Bad Seed Ltd, 2013), se adentraron en "Jubilee Street", que sonó grandiosa, donde el elemento más destacable (al igual que pasa en el disco) era ese arreglo de guitarra imparable, que funcionaba casi como una respuesta a las notas que salían del piano de Nick Cave.

 

En el tercer tema, "Tupelo", Nick Cave ya había sudado lo suficiente como para quitarse la chaqueta, y el sonido (especialmente el del violín) iba subiendo lentamente casi al acople. Esta textura se repitió en las versiones que hicieron de temas tales como "From her to eternity", "Higgs", "Boson blue", "Red right hand" o "Stagger Lee", (en algunos casos, poco correspondidas a sus respectivas grabaciones y mucho más potentes). De “The good son” (Mute, 1990), ese disco que a mi parecer es atemporal, sonaron "The weeping song", y una muy eléctrica "The mercy seat". Esta última fue tan indomesticable que al principio tuve problemas para reconocerla. “I am no afraid to die”, cantaba, mientras la batería nos ensordecía a todos. Consiguieron tal corriente de fuerza sin guitarra eléctrica, que todavía me sigo preguntando cómo lo lograron. Quizá fue la canción más sobrecogedora de todo el show.

 

En líneas generales, es bien sabido que sus directos se caracterizan por emitir una electricidad arrolladora y sonar a muchos decibelios. Y este barullo deriva, en muchas ocasiones en una bola de sonido donde es imposible separar los elementos que conforman la música. Este caos se aleja de una sensación desapacible y se convierte en algo deleitoso y agradable (parecido a un dolor placentero, como cuando eres tatuado) que te arrastrará hasta los bajos fondos y no podrás más que agradecerlo.

 

Pero quizá lo más extraordinario (esto se puede llevar también a sus discos), y donde reside gran parte de su magia es la capacidad para cambiar de registro, desde lo más salvaje y animal del ser humano hasta su parte más tierna. Porque es, además, un grandísimo compositor de bellas melodías. De este palo, sonaron "Mermaids", donde se recrearon en un bellísimo y largo final instrumental, "Country Girl", "Love letter", o "God is in the house" haciéndonos levitar a todos. ¿Qué tendrá cuándo se sienta al piano?

 

La banda, como guinda a todo lo anterior es redonda. Por una parte están Nick Cave y Warren Ellis, y por otra, los demás. Con esto no quiero decir que no me gusten, sino que simplemente son mucho más modestos en el escenario. Por el contrario, Nick y Warren no pugnan por protagonismo, pero son los protagonistas. El espectáculo que dan es asombroso. Con respecto a Nick Cave, se podría decir que es uno de los mejores frontman que podemos encontrar. Se apropia absolutamente del escenario, sabe muy bien cómo involucrar al público (metiéndose entre él, moviéndose a modo de serpiente), y tiene una actitud muy segura sin caer en la arrogancia.

 

Pero aunque no sea el líder, Warren Ellis está al mismo nivel. Para empezar, su físico es destacable: alto, lánguido, de largas barbas y zapatos de punta. Pero es que como instrumentista, estamos ante palabras mayores, sobre todo cuando se pone al violín. A mí me parece igual de fascinante el sonido que saca con la ayuda de los pedales que el desparpajo que tiene en la interpretación (rompiendo cuerdas, cerdas o tirando el arco por los aires. ¿Cuántos arcos necesita en cada concierto?). Hace poco leía una entrevista donde explicaba su relación con la música, y cómo de su formación clásica, fue toda una necesidad desaprender parte de lo que sabía para ganar ese instinto que se supone que tenemos. Añadía, que el uso de pedales le daba esa sensación incontrolable (en cuanto a impredecible), que era lo que más le gustaba, y lo que creo yo que le hace único (como pasa con Grinderman o Dirty Three).

 

 Se despidieron con "Push the sky away", pero aquello no podía acabar. El público gritaba y se hicieron de rogar, pero los acordes de "The ship song", seguida de "Deanna", "Do you love me?" o "Papa won’t leave you Henry", nos calmaron a todos durante un ratito, que no pudimos más que irnos al bar de enfrente a digerir tan majestuoso espectáculo, con un set list que encerraba  más de 25 años de historia.

María Asuero

En la  formación musical de María convergen varios ejes: el gusto por la música desde que era niña, años de conciertazos en fantásticas salas en su otra vida irlandesa, y muchos años de formación clásica en el conservatorio (aunque ahora le gusta enchufar su viola a un ampli, comprarse pedales y hacer de todo menos lo que le enseñaron). Es una viajera empedernida y entre los souvernirs que carga en sus viajes destacan los instrumentos (podría montar en su casa un museo con todos ellos). Además, le apasiona la literatura, habiendo  cursado un par de másters en la UAB. Hace crítica literaria para Buk Magazin e investiga en el desarrollo de la lectura crítica con sus alumnos, pues es profe.