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Kendrick-Lamar

Pitchfork Music Festival

18-20/07/2014, Union Park, Chicago

 

Texto María Asuero

Fotos Pithfork

 

VIERNES 18

Eran las 14:30 de la tarde, cuando una gran multitud se acercaba a Union Park, en la parada de metro de la línea verde, situada entre Grand y Ashland Avenue, Chicago, donde durante tres días se ha celebrado la novena edición del Pitchfork Music Festival. Siempre es excitante ir a un festival, pero lo es mucho más, cuando éste viene acompañado de un buen viaje.

 

En la entrada, se había formado una larga fila de gente de todas las edades: padres hipsters con bebés colgados, adolescentes con acné o adultos en edad avanzada. Es Union Park un parque urbano, al oeste del distrito financiero (o Loop), en un lugar más o menos céntrico (si consideramos las dimensiones de la ciudad). En la parte principal del parque, en un espacio muy grande se situaban los escenarios principales, que, aunque dos, se iban alternando y nunca funcionaban a la vez. Éstos estaban dedicados a los grupos más conocidos. El tercer escenario, destinado mayoritariamente a la electrónica menos comercial, estaba un poco más apartado, y era mucho más agradable, no sólo por sus pequeñas dimensiones, sino por la agradecida sombra de sus árboles.

 

El día era soleado pero no caluroso, y, en un principio, el festival me pareció paradisíaco: grupos de amigos sentados en mantas de picnic esparcidas por el recinto (algunos haciendo uso de unas fantásticas sillas  plegables), sobraba espacio, no había colas para comer ni beber,  y sí muy buenas vistas a los escenarios desde cualquier punto. Sin embargo, todo cambió cuando empezó a caer la tarde y aquello se llenó de gente.

 

El grupo que abrió el festival fue Hunderd Waters, de Florida, quienes sacaron su LP de debut con el mismo nombre hace un par de años. El disco, de un estilo indie pop rock melódico con algunos toques electrónicos, es agradable. El comienzo de su directo no defraudó. Sin embargo, varios elementos entorpecieron este fluido inicial: el exagerado uso del falsete de la cantante, unas canciones carentes de estructura y unos guiños espantosos a un new age pretencioso y épico. Esto me envió, tras unas seis canciones, a modo de flecha, a los espectaculares Factory Floor, en el íntimo escenario azul. Si hay algo que caracteriza a Factory Floor son esos bajos  continuos arpegiados, que junto con una brillante batería, hicieron bailar, a pesar de la temprana hora (eran las 16:15) hasta el último gusano del parque. Verlos es un grandísimo placer tanto para la vista como para los oídos. Por desgracia, en el momento de mayor explosión (y porque era la tercera vez que los veía), sentí una fuerza de imán hacia el segundo concierto que Neneh Cherry daba en USA. Empezó con "Across The Water" y fue tocando, casi en orden, junto a Rocket Number Nine prácticamente todo su último disco. Tras la primera canción, una siente que está presenciando algo especial y grande. "Blank Proyect" sonó apoteósica, y con "Weithless" me invadió la energía que ella transmitía a través de sus innumerables sonrisas y pegadizos bailes. Ella dice que están “thrilled” de estar allí, y una siente que está viviendo  una auténtica explosión musical.

 

Aún no se ha comentado la calidad del bebercio del festival, y esto merece un párrafo. Por una parte, decir que con alcohol, sólo se ofrecía cerveza. Por otra, que la cerveza podría  ser la envidia  no sólo de cualquier festival español, sino de muchos de los bares tan de moda ahora donde se puede adquirir cerveza artesana. La marca, Goose Island, ofrecía cerveza de trigo, pale ale, lager o sidra de manzana. 

 

Después de esta parada cervecera, me introduje, por pura curiosidad, unos minutos en el universo de The Haxan Cloak,  en esos sonidos ambientales de tensión y distensión, poco respetados por un público que hablaba sin parar. Igual, otro contexto más a tono con lo que sonaba me habría invitado a quedarme, pero me fui escenario rojo donde ya sonaba Sharon van Etten, esa guapa cantautora de Brooklyn que se dio a conocer tras su álbum “Tramp” (Jagjaguwar, 2012). Personalmente, no me gustan sus discos, y como recibe tan buenas críticas,  pensé que igual su directo podría convencerme. Pero me equivoqué. No niego que ofrece bonitas melodías, pero que éstas, carecen de sustancia y rozan lo comercial. La voz, siempre doblada por los coros que le hacía su hermana, se hacía increíblemente cansina. Hubo algún momento (mínimo), con alguna buena versión, como la que hizo de "Everytime the sun comes up" o "Taking chances" (ambas de su último LP). En general, se colgase la acústica, la eléctrica, o tocase el omnicord, aquel concierto es de aquellos que en poco caen en el olvido.

 

Beck

 

Kozelez, por el contrario, se encargó de endulzar mis sentidos tras los primeros acordes de su guitarra.  Es innegable que lo mejor de Sun Kil Moon son las letras, difíciles de entender entre aquel exceso de reverb y mezcla extraña de sonido, aunque, desde otra perspectiva, se podría decir que le daba cierta oscuridad, más que agradecida, en un espacio demasiado grande para una música demasiado profunda. Empezó con "Hey bastards, I’m still here", del disco que publicó con Desertshorse (Caldo Verde Records, 2013), que mantuvo al público tranquilo. Hasta que no sonó una  muy versionada y esperada Carissa, de su grandioso “Benji”, los espectadores no empezaron a responder. De ese LP sonaron, entre otras, "Dogs, I can’t live without my mother’s love" o "I watched the film remain the same", con una voz siempre  hipnótica. Acabaron con un Mark Kozelek de pie, haciendo amagos de baile, mientras interpretaban By the time that I awoke (de su disco con Jimmy LaValle).

 

Cuando pensaba que estaba todo acabado, tras un Giorgio Moroder, que parecía más un abuelo pinchando desde su ordenador en su fiesta de cumpleaños, que otra cosa (a la vez que se iba  moviendo a ritmos descompasados ante temas como "Hot Stuff" o "Love to love you baby)",  Beck apareció en escena. Abrió con la potente "Devils Haircut", emanando una electricidad gloriosa. La última vez que lo vi fue hace once años, y fue una grata sorpresa descubrir que sus directos siguen al mismo nivel. Anochecía sobre Union Park, cuando pronunció aquella bonita frase ‘Pitchfork skies are shining on us’. Preciosas sonaron "Blue moon" y "Lost cause" (donde se colocó la acústica). Beck, es prodigioso, y, sin duda, uno de los músicos más eclécticos de las últimas décadas, abarcando un gran número de géneros. Allí vivimos desde el rock más eléctrico al rap (como la versión de "I’m a loser"), la psicodelia (con su tema "Chemtrails") o la balada (en "Cycle"). Fue un inmenso final para un primer día de festival.

 

Moroder

 

SÁBADO 19

Nos acercamos sobre las dos, para ver a Circulatory System, la banda de Elephant Six. Creo que hay pocas cosas tan gustosas en un concierto como sentir que el grupo se lo está pasando en grande. Y así fue. Lejos de la perfección en la interpretación (lo que no es, para nada, malo), Circulatory System tienen un directo de lo más gozoso, donde el batería puede tocar a la vez la guitarra, donde el violín, el clarinete y el chelo no quedan reducidos a simples arreglos de cuerda, o donde el cantante, algo excéntrico, se permite percutir cacerolas.

 

Del azul, me trasladé al escenario verde. Había oído maravillas de los directos de Wild Beasts. Y sí, no se puede negar que interpretación y sonidos son impecables. Su último disco, “Present Tense” (Domino Records, 2014), no me desagrada, pero sonó algo distinto a la grabación: guitarras muy repetitivas, demasiados riffs de sintes, la pretenciosa manera de tocar del guitarrista y su épica voz, o el horrendo falsete del cantante, hicieron que me arrepintiera durante un tiempo de perderme los últimos diez minutos de Circulatory System.

 

Llegó la hora de explorar, después de esa paliza de virtuosismo el Base Camp, una zona habilitada para el descanso, con sofás, tumbonas y puntos de alimentación para cargar el móvil. Es Pitchfork un festival muy tranquilo (cosa que se agradece), diurno, sin hooligans, que acaba a las 22:00, casi cuando los festivales españoles están empezando. Pero ver a gente leyendo a Borges o a Dylan Thomas me pareció ir demasiado lejos.

 

Llegó el momento de Cloud Nothings, a quienes les he dado muchas oportunidades, y, aunque su último disco está producido por Steve Albini, no he podido escucharlo entero más que una vez. Sin embargo, sus dos primeras canciones (sobre todo "Now hear in"), casi me hicieron cambiar de opinión. Pero tras el tercer tema, me di cuenta, que, definitivamente, nuestra relación se acabó ahí, y que ese pop-punk que hacen, no me aporta ninguna frescura.

 

Las tiendas del festival se merecen un apartado en este texto, que fue, lo que tocó explorar después. Una calle entera estaba dedicada a carteles de conciertos. Se trataban de grabados preciosos de todos los grupos pensables, tocasen o no en el festival (Black Lips, Alabama Shakes, St. Vincent, Bill Callahan o Iron and Wine), donde cada stand pertenecía a una tienda o artista. Al lado, había una enorme carpa donde tiendas de discos ponían su puesto, y donde algunos grupos, firmaban vinilos. Fue, además, sorprendente, descubrir todo lo que regalaban las  marcas promocionales: helados, camisetas, bolsos, galletas, barras de cereales, cintas del pelo. Si tenías, también, un rato libre, te podías cortar gratis el pelo en un escenario que había puesto Ray Ban.

 

Posteriormente, en el escenario rojo Tune Yards nos ofreció un grandísimo espectáculo. Su música puede no ser fácil de entender, pero definitivamente invita al baile.  De ritmos afro-pop, circula en torno a unos loops creados con percusiones y al que se le van añadiendo capas de voces. El ukelele distorsionado en "Powa" y su potente voz, mezclada con el intermitente acompañamiento de la banda, la rítmica "Bizness" o el cierre explosivo del concierto con "Water Fountain" merecieron muchos aplausos en un momento en el que el festival se encontraba en su ecuador y a tope de aforo.

 

Un amigo dice que en directos está St. Vincent, y que luego viene todo lo demás. Y no le falta razón.  Sus directos son apabullantes: es una virtuosa de la guitarra, tiene una habilidad sobrehumana para cantar, bailar, y tocar (todo a la vez, claro), que no he visto en nadie. Dentro de una puesta en escena muy futurista, sus composiciones además son ¿de qué estilo?, ¿es eso el futuro de la música y no nos estamos enterando?. Se podrían destacar "Cruel", "Rattlesnake", "Birth in Reverse" (con una coreografía magnética), "Prince Johnny (con un bordado punteo), "Huey Newton" o "Cheerleader", para acabar con una supereléctrica "Your lips are red", donde se lanzó al público y tiró la guitarra. Me costó entender que detrás de esa parafernalia tan robótica había un grupo de humanos que hasta sonrieron al despedirse. Fue maravilloso y soberbio.

 

Jeff Magnun da sus primeros acordes de "I will bury you in time" dos minutos más tarde de que se despidiera Annie Clarke. En U.S.A. son enormes. Todo el festival berreaba sus canciones (reforzadas por un Jeff Magnun diciendo “we would love to hear you singing”). Llegué a ver, incluso, mecheros encendidos. Su voz era clara y poderosa. Sonaron temas desde su primer EP “Everything is” (Cher Doll Records, 1994), del LP “On avery island” (Merge, 1996), o del aclamado “In an airplane over the sea” (Merge, 1998). Se escuchan desafinaciones, pero no importaron, porque son un grupo capaz de crear una comunicación especial con el público, emanando muchísima alegría. La instrumentación era de lo más variada: violín, sierra, banjo, trompa, trombón, trompeta, acordeones, guitarras, batería, bajo. Fue una suerte presenciar aquel festín de música, aunque desde una perspectiva personal, St. Vincent debería haber cerrado aquella noche de sábado.

 

Grimes

 

DOMINGO 20

Llegar tarde a Mutual Benefit estuvo más que justificado por un grandísimo desayuno en el Lou Mitchel’s (establecimiento abierto en 1923 y punto de partida de la popular Ruta 66). Y sinceramente creo que gracias a ello pude tolerar lo que se avecinaba dentro de Union Park. En las dos últimas canciones que presencié del folk indie orquestado del grupo de Jordan Lee, percibí desafinaciones, que en este caso importaban, si tenemos en cuenta la actitud de los músicos.

 

Mientras que Mutual Benefit estaba casi vacío, DIIV tuvo mucha más recepción. Su shoegaze me llegaron a mantener alerta en un principio, sin embargo, iba perdiendo más motivación cuanto más avanzaba el concierto.

 

Lo siguiente no fue mucho mejor. Desde nunca he mostrado interés alguno por el Black Metal, pero a las 3 de la tarde, el concierto de Deafheaven era de lo más interesante del recinto, y, ¿por qué no?, igual descubría una pasión oculta. Imagino que a los fanes de este género aquello fue una experiencia grande (las primeras filas estaban poseídas por Satán), pero esos punteos maratonianos, esos bailes con tocamiento de partes nobles, ese sonido atronador y esos bramidos me hizo preguntarme repetidas veces por el sentido que aquello tenía.

 

Empezaba a notar que era el tercer día de festival, no solo por el cansancio, sino porque el recinto estaba mucho más vacío. Se podía ver a Dum Dum Girls desde la primera fila. Vestidas de negro para matar, empezaron con problemas técnicos que les impidió comenzar a su hora, seguido de problemas de sonido que no se solucionó en todo el concierto. Me cuesta mucho disfrutar de un concierto donde el sonido entorpece la recepción. La caja sonaba como evadida y todo se sentía poco. Tocaron bastantes temas de su último disco, con mención especial a "Rimbaud Eyes". Empezaba a preocuparme y preguntarme si el problema era mío, porque eran las cinco de la tarde y poco o nada había merecido la pena.

 

Menos mal que Jon Hopkins me hizo volver a confiar en la música.Lo descubrí en “Diamond Mine” (Domino, 2011), el disco en colaboración con King Creosote. No soy gran seguidora de la actualidad electrónica (aunque he de admitir que últimamente me interesa mucho más) pero es que hay músicos que están por encima del bien y del mal. Y Jon Hopkins es uno de ellos. Volvería a cualquier sitio por ver uno de sus directos. En este concierto se respiraba felicidad entre el público, y el baile estaba más que asegurado. Pero aquí el máximo responsable de generar este ambiente tan verdadero fue él, con  su constante sonrisa y esos espectaculares cambios de ritmo,  de volúmenes y de tensión, desde el pop más electrónico hasta el techo más salvaje.

 

De Jon Hopkins a Real State, pudieron sucederse aproximadamente cinco galaxias: un 90% del público estaba sentado y hablando. Su música es muy bonita, pero la hora a la que tocaron creo que no fue la más acertada. Eso sí, tocaban perfecto, con una técnica muy depurada cercana al jazz, y un sonido que pocos grupos fueron capaz de reproducir.

 

Los esperadísimos Slowdive sonaron con una profundidad estremecedora. No había sintes, pero con sus guitarras consiguieron un sonido muy eléctrico, casi narcótico. Me sentí verdaderametne afortunada de poder escuchar allí, en Chicago, "Souvlaki Space Station", una especial "Alison", la transcendental "Machine Gun" o la versión de Syd Barret, "Golden Hair". Seguramente, bandas más talentosas han pasado por el festival, pero pocas me hicieron sentir lo que ellos. ¿Lo mejor? Cuando ella sacó su móvil, al final, emocionada, para fotografiar la alegría del público.

 

Aquí debería acabado mi día, porque Grimes fue una gran decepción. Y mira que me cae bien y me gusta. Salió muy nerviosa al escenario, y es que creo el principal problema que tiene es  intentaba hacer demasiado: tocar, soltar secuencias, cantar y bailar. Y claro, o eres Annie Clarke o es complicado. Aquello no fluía, había grandes tropiezos rítmicos, y era difícil entender  la música (había parones en seco y no se entendía el principio o el final de cada tema).

 

El cansancio no perdonó, y tras Grimes nos despedimos del festival, perdiéndonos a Kendrick Lamar y es que, mi afición al hip hop, (aunque mayor que al black metal) no es tan fuerte como para que me quedase una  hora más.  

 

Fue un fin de semana gustoso, y aunque hay muchas cosas criticables, quizá  lo más llamativo fueron los horarios de los conciertos, quienes parecían no atender a criterios estilísticos (de menos a más intensidad) y sí a comerciales (o repercusión en el público), sin considerarse el bajón energético y la incertidumbre que esto puede llegar a producir en el espectador. 

María Asuero

En la  formación musical de María convergen varios ejes: el gusto por la música desde que era niña, años de conciertazos en fantásticas salas en su otra vida irlandesa, y muchos años de formación clásica en el conservatorio (aunque ahora le gusta enchufar su viola a un ampli, comprarse pedales y hacer de todo menos lo que le enseñaron). Es una viajera empedernida y entre los souvernirs que carga en sus viajes destacan los instrumentos (podría montar en su casa un museo con todos ellos). Además, le apasiona la literatura, habiendo  cursado un par de másters en la UAB. Hace crítica literaria para Buk Magazin e investiga en el desarrollo de la lectura crítica con sus alumnos, pues es profe.