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Los Desiertos de Sonora

Varios Autores

Altaïr

9,7

209 págs.

12 €.

Santiago García Tirado

 

 

Hay sutiles detalles en el disfraz de turista que deben avisarnos, que no es lo mismo turista que viajero. Piezas del equipaje. Actitudes. Modos de estar y modos de contar. Sí, ya sé que en verano es común que nos hagamos los viajeros, pero que nos quedamos en meros turistas es algo que se evidencia en la rapidez con que caemos en las fotos al modo mainstream –platos exóticos, salchichas vs. piernas, horrores varios– y, muy lamentablemente, en el modo en que volvemos sentando cátedra en torno a un país milenario después de cinco días de excursiones programadas de arrozal en arrozal o de zoco en zoco. Hay que deshacer malentendidos y, en vista de que la humildad no se ejercita en los gimnasios de la posverdad, siempre nos quedan los textos de los viajeros bragados para poner el asunto negro sobre blanco. Hablemos, por ejemplo, de los desiertos de Sonora, ese lugar del mapa donde no hay resort ni aeropuerto adonde llegar/salir de manera aséptica, ni paquetes turísticos T.I., ni clases de aquagym, ni clubs que valgan el nombre, ni afters, ni otros turistas con quienes rivalizar por una hamaca para contemplar el atardecer. Hablemos de un magazine como Altaïr, que no es medicina apta para el primero que toma un avión y se lanza a un aguerrido viaje siguiendo entre las turbas a esa chica que levanta el paraguas.

 

 

 

“Los desiertos de Sonora” es el último número editado por Altaïr. En él dieciséis autores se lanzan a un viaje sobre el papel en el que recorrerán los paisajes y el espíritu de este vastísimo territorio mexicano a la caza de sus claves ocultas. El método que aquí se emplea es, sin embargo, muy distinto del que cabría esperar cuando se trata de un viaje al desierto. En este número el camino lo abre un libro, “Los detectives salvajes”, y un autor, Roberto Bolaño, que colocó el desierto de Sonora en la dimensión de lo mítico y lo hizo –ah, literatura– sin haber puesto nunca un pie en el territorio. Se trata, como explica Jorge Carrión, de un planteamiento metaviajero, un tipo de viaje que asume como guía el rastro que otros viajeros -y narradores- han ido anotando en sus obras. Fascina el desierto y fascina la novela de Bolaño con cada uno de los textos que se lanzan a explicar el fenómeno Sonora, cada uno desde su particular óptica, su sensibilidad, su experiencia del territorio. Desde Paty Godoy, oriunda de esa parte del mundo, se van sucediendo los textos de Bruno Montané –infrarrealista e íntimo de Bolaño, hijo del Julio Montané que elaboró el primer Atlas del estado de Sonora–, el inmenso Juan Villoro, Jorge Carrión –que se atreve a comparar el relato de Bolaño con Brújula, la última novela del Goncourado Mathias Énard–, Valerie Miles –no se la pierdan; acabarán hermanando el desierto y Bolaño, y Herman Melville y Mark Twain–, los reporteros mexicanos Sergio González y Diego E. Osorno, la cantante y activista Zara Monrroy [sic], la escritora Cristina Rivera Garza, Rodrigo Fresán, y algunos otros, siempre bajo la dirección atenta de Pere Ortín, a los mandos del proyecto. El texto aparece punteado de las fotografías de Miguel Fernández de Castro, que aporta un muestrario que perfectamente habría servido para las localizaciones de una cinta de Buñuel. Cada instantánea resulta fantasmal en su abandono, en su aliento ácrata, ninguna ofrece respuesta a nada, y en todas ellas lo humano queda atrapado bajo la zarpa de un desierto que se resiste a cualquier intento civilizatorio. Dan la luz exacta que requiere la fuga/pesquisa de los detectives salvajes en su loca carrera tras el rastro de la poeta Cesárea Tinajero.

 

Sonora es una región dura en medio de un país que devora a sus gentes, lo que no la hace apta para turistas ocasionales. Por eso precisamente sigue siendo una posibilidad para quienes se atrevan a recorrer el camino hacia la línea donde lo salvaje y lo humano todavía no se ha deslindado. Y “Los desiertos de Sonora” funciona a la vez como mapa y como incitación al viaje, en este caso dejándose acompañar de Bolaño y su novela, que son juntos otro viaje y otra incitación, con alternativas como la posibilidad de reír y sobrecogerse y copular y enfrentarse al animal que anida bajo la capa de la civilización, y de hacerlo todo sin límite. De ahí la importancia del desierto, que es el infinito entre nosotros. He aquí un viaje en toda regla, y ya se sabe que de los viajes uno nunca vuelve siendo el mismo. El viaje no es viaje si no empuja hasta ese extremo. Y de eso es de lo que se trata, viajeros.

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Santiago García Tirado

Soñó con llevar subliminalmente en su DNI una cifra capaz de avivar el deseo, pero llegó al mundo en 1967, con dos años de antelación para la fecha correcta; desde entonces no ha hecho más que constatar que siempre estuvo (contra su voluntad) en el tiempo equivocado para ser cool. Con empeño, y en contra de la opinión de las hordas hipsters internacionales, ha llegado sin embargo a crear la web PeriodicoIrreverentes.org, y colaborar en Micro-Revista, Sigueleyendo, Quimera y Todos somos sospechosos, de Radio 3. Sus últimas obras de ficción son Todas las tardes café” (2009, relatos) y La balada de Eleanora Aguirre” (2012, novela). En 2014 verá la luz su novela “Constantes Cósmicas del Caos”, con la que espera coronar su abnegada labor en beneficio de la entropía universal.

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