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La última guerra

Daan Heerma van Voss

Malpaso

8,6

380 págs.

22 €.

Santiago García Tirado 

 

  

Holanda nos interesa. A veces nos descoyunta los tópicos, y entonces nos interesa más. A su foto de paraíso para bon vivants, con bicicletas, putas civilizadas, canales y electrodomésticos multiplicantes como cronopios hay que ajustarle de alguna manera la otra instantánea de alegres racistas que votan a Geert Wilders y a la vez insisten en su amor por la democracia, supino y reformado. Incluso hay que añadir la de socialistas como Dijsselbloem, con sus disparos al sucio sur de Europa, su sorna de chico católico y pulcro que ya no puede tolerar la compañía de esos incivilizados que se gastan Europa toda en botellones y orgías y toros. Por eso precisamente gana enteros “La última guerra”, porque es una novela sobre la extraña y mutante Holanda actual, escrita por un holandés prometedor llamado Daan Heerma van Voss, que sabe de qué habla. Es culto, es joven, conoce su historia y su política y tiene un nombre tan de País Bajo que es todo atracción. “La última guerra” esconde una llamada de atención sobre esa sociedad en permanente agitación de la que, es cierto, qué poco sabemos.

 

La novela gira en torno a su protagonista, Abel Kaplan, un profesor de Historia como van Voss, que da muestras desde el principio de ser un inadaptado de pro, como un Coetzee. El primer conflicto de la narración lo tendrá con su centro educativo, donde descubrirá que el bullying es una práctica habitual por la incuria o la permisividad del equipo directivo. El caso huele mal en extremo, y apunta a prácticas soterradas de odio aceptadas generalmente por la sociedad holandesa.  Por supuesto, ese conflicto verá cómo por vez primera el ciudadano Abel Kaplan se levanta contra el establishment. En realidad no es su primer acto de rebeldía, hay otro anterior, y es de tipo identitario: el apellido Kaplan no es suyo de nacimiento, decidió tomarlo de su mujer, de quien también asumió el judaísmo como prosélito. A partir de la separación –que se produce en la elipsis que va de la primera a la segunda página–, todo parece diseñado para cuadrar un conflicto en cada frente vital de Kaplan: con el nuevo director de su instituto, que será amante de su ex; con su nueva amante, Judith, también judía, con la que mantendrá una relación abierta, sin cohabitación; con su vecindario en Ámsterdam, y con la policía holandesa, cuando descubra que en pleno año 2013 existen centros de internamiento para gitanos no reconocidos abiertamente por nadie en el país. La novela obliga a mirar ejecutando un travelling circular que va de lo íntimo al ámbito de lo social, y no se entretiene nunca en dulcificar la cara visible de Holanda, que queda bastante contrahecha. Hasta aquí, pues, la Holanda en paz –y no– de la actualidad. Falta por aparecer la Holanda de “la última guerra”.

 

 

Que es, por descontado, la Segunda Guerra Mundial. Kaplan recibe la revelación de que Judith conserva una reliquia, un documento donde su padre da cuenta en primera persona del exterminio nazi. Como hombre inquieto y especialista en Historia, pero no menos como escritor, Kaplan se lanza sobre el descubrimiento y a escondidas se hace con una copia del diario que el padre de Judith escribió durante su estancia en Auschwitz. Revolver aquellas páginas significará inesperadamente encontrar una conexión entre la xenofobia de entonces y la xenofobia de ahora. Así cobra sentido el título, lo de “La última guerra” como lacra no resuelta que aflora intacta en la nueva Holanda, multirracial, europea, desquiciada. El panorama actual es, sin embargo, intrincado, y no se deja reducir fácilmente: a la rabia del holandés frente a lo diferente hay que sumar la conciencia exclusivista del judío, la del musulmán que no quiere atender a holandeses en su restaurante o la del gitano que se empeña en pervivir en la sociedad posmoderna sus modos montaraces. Y todos estos grupos exigen respeto, y exclusividad, en el mismo lugar, y a la misma hora. En universos simultáneos, según parece.

 

Van Voss trabaja dos temas básicos, y ambos son sustantivos en el catálogo post: la cuestión de la identidad y la definición de “verdad”.  Del primero de ellos ya hemos tratado en el párrafo anterior, y alcanza su mayor dimensión en el gesto del protagonista que asume un nuevo apellido, el de su mujer, pero no en menor medida lo hace en su relación con lo holandés y lo europeo, por donde tendrá que definir una identidad política, que no ha existido antes, que está por construir. El segundo, el que tiene que ver con la “verdad”, es el tema que pone a hervir en la parte de la trama que se desarrolla alrededor del manuscrito que volvió de Auschwitz, sobre el que el protagonista se empeña en insertar algunas variaciones para dotarlo de gancho narrativo y, así, convertirlo en un best seller de aúpa. Hay más: el juego verdad/mentira define todas sus relaciones personales, la que mantendrá con su ex, a la que sigue viendo –y copulando- cuando se deja, con Judith, con su gobierno -que practica la mentira a base de ocultar verdades– y, al final del texto, con van Stolk, el experto en Historia que también mantiene su ménage à trois con la honestidad y esa señora desprejuiciada conocida como la Fama. Lo planteaba hace tiempo Juan José Saer, la verdad no es necesariamente lo contrario de la ficción, aunque en los últimos tiempos se nos ha colado en el día a día la posverdad, y aquí estamos todavía, analizándola. 

 

Peca a menudo de naíf, de querer reducir el número de aristas al mínimo que permita sostener con solvencia las diversas tramas –las amorosas, las políticas, las literarias–, pero van Voss acaba convenciendo, y sometiendo, e induciendo una experiencia narrativa de las que perduran en el imaginario. Hay que tomar nota, porque va a volver con grandes textos. Llega a España con los treinta recién cumplidos, y ya lo avalan sus colaboraciones en medios como Haaretz o The New York Times, organizaciones como Amnistía Internacional y autores de la talla de Herman Koch. También la nueva narrativa holandesa tiene algo que decir en estos tiempos líquidos a los que bautizó Bauman. Cierro la reseña volviendo sobre el título, algo que no parece un gran hallazgo, pero que después de acabada la lectura sigue mareándome con su indefinición: ¿es a la última guerra que vivió Europa a la que señala? ¿A algo que se está incubando de hecho y que podría en algún momento merecer el nombre? ¿A la última, en el sentido escatológico, a la que acabaría con Holanda -con Europa- en la dimensión de progreso que conocemos? Ahí queda el enigma, un acicate más para leer de forma activa una novela que, de todas formas, es preciso leer con un ojo en la narración y otro en el periódico. 

 

 

 

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Santiago García Tirado

Soñó con llevar subliminalmente en su DNI una cifra capaz de avivar el deseo, pero llegó al mundo en 1967, con dos años de antelación para la fecha correcta; desde entonces no ha hecho más que constatar que siempre estuvo (contra su voluntad) en el tiempo equivocado para ser cool. Con empeño, y en contra de la opinión de las hordas hipsters internacionales, ha llegado sin embargo a crear la web PeriodicoIrreverentes.org, y colaborar en Micro-Revista, Sigueleyendo, Quimera y Todos somos sospechosos, de Radio 3. Sus últimas obras de ficción son Todas las tardes café” (2009, relatos) y La balada de Eleanora Aguirre” (2012, novela). En 2014 verá la luz su novela “Constantes Cósmicas del Caos”, con la que espera coronar su abnegada labor en beneficio de la entropía universal.