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Muerto el sol

Miguel Martín Echarri

Cloux Editores

7,7

248 págs.

14 €.

Santiago García Tirado 

 

Un Madrid futuro y distópico, dividido irremediablemente en barrios ricos ­–por supuesto, acorazados– y barrios donde se trapichea cada gramo de vida, compone la topografía que elige Miguel Martín Echarri para escenario de “Muerto el sol”, su primera novela. Como era de esperar, la protagonizan los de abajo, los que acarrean con las consecuencias derivadas de un mundo que prima la injusticia y eleva la desigualdad a patrón social inevitable. También, como era de esperar, los protagonistas buscarán la manera de arrancarle al sistema alguna dentellada en beneficio propio, lo que los pondrá inmediatamente en el punto de mira de los guardianes del orden. De ahí surgirá el conflicto, la acción, el tempo correspondiente y la dosis emocional que habrá de mantenerse hasta el final. Y sí, “Muerto el sol” puede definirse como un thriller.

 

La protagonista, Rebeca Guachamín, decide dirigir uno de esos golpes contra el sistema después de haber perdido a su hijo en un intento de robo de energía que nunca pudo culminar. Necesita el dinero, de la misma manera que necesita acabar la obra comenzada por el hijo y pagar la deuda de honor que la liga al resto de la banda. Con estos antecedentes, la simpatía del lector sólo puede estar de su parte –algo que también era de esperar en una novela de este cariz–, y además predispone a ser condescendiente con su biografía total. Iremos conociendo más de su pasado en sucesivos flashbacks y mediante los comentarios que otros vayan volcando en torno ella, y así sabremos que quedan claroscuros no del todo favorecedores. Con todo, el thriller vela suficientemente por su heroína y en ningún momento tolera que la duda opaque lo que Rebeca Guachamín tiene de mujer de una pieza.

 

El desarrollo es correcto, con su dosis adrenalina sostenida, sus diálogos funcionales, directos y bien preñados de coloquialismos, su dibujo de caracteres. Es certera en este último aspecto: entre los proscritos colará a tiempo el consabido tipo ambiguo, ese que habrá de introducir la incertidumbre en los preparativos; llegará también a tiempo el colaborador necesario de la heroína; y de ésta recibiremos avisos suficientes de la precariedad de su figura; todo, para que en el relato se subraye lo azaroso del desenlace que nos espera. El resto de fenómenos surge naturalmente de los núcleos radiantes de la acción que venimos comentando –tensión política, deuda, honor, motivaciones diversas de los personajes– y se resuelven de manera rotunda, como cabía esperar en un texto de acción.

 

Días atrás me comentaba en una entrevista Carlos Zanón que toda gran novela sigue una estructura de thriller y, en un acceso de intrepidez, citaba en esa categoría desde “Crimen y castigo” de Dostoievski a la “Lolita” de Nabokov. Sea el futuro o no de la literatura de acción, desde luego el thriller es insoslayable en el momento presente, con su variedad de tramas, su deuda con el cine, su especulación con una realidad nebular e incalculable. Pues bien, de thrillers sabe Martín Echarri, que ha dado a luz un modelo acabado, arquetípico. Disfrutable, por encima de todo.

 

 

Comentarios
Santiago García Tirado

Soñó con llevar subliminalmente en su DNI una cifra capaz de avivar el deseo, pero llegó al mundo en 1967, con dos años de antelación para la fecha correcta; desde entonces no ha hecho más que constatar que siempre estuvo (contra su voluntad) en el tiempo equivocado para ser cool. Con empeño, y en contra de la opinión de las hordas hipsters internacionales, ha llegado sin embargo a crear la web PeriodicoIrreverentes.org, y colaborar en Micro-Revista, Sigueleyendo, Quimera y Todos somos sospechosos, de Radio 3. Sus últimas obras de ficción son Todas las tardes café” (2009, relatos) y La balada de Eleanora Aguirre” (2012, novela). En 2014 verá la luz su novela “Constantes Cósmicas del Caos”, con la que espera coronar su abnegada labor en beneficio de la entropía universal.

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