Menu
 

Don Quijote de Manhattan

Marina Perezagua

Los Libros del Lince

7,9

312 págs.

19 €.

Santiago García Tirado

 

D. Quijote ha vuelto, sin haberse ido nunca del todo, y lo hace nada menos que en la Nueva York actual y bajo la invocación de Marina Perezagua en su novela “Don Quijote de Manhattan”. Vestidos de C-3PO y de ewok respectivamente, D. Quijote y Sancho Panza recorren la ciudad como una actualización de La Mancha y, allá donde pueden o creen deber, irán impartiendo justicia y poniendo paz à leur mode. Un desajuste en el Espacio-Tiempo, un atajo no previsto en la secuencia de los días ha sido la causa de que ambos, caballero y escudero, aparezcan en la ciudad americana y, pese a su pérdida casi total de memoria, continúen en sus ocupaciones de siempre. Sí, las ya conocidas, las de los perdedores.

 

Marina Perezagua con esta novela imprime un giro notable en su carrera, y se lanza a la revisitación de un clásico mayor, en un intento que parece peliagudo considerando el relieve que la figura de D. Quijote ha cobrado en la historia literaria ―y no literaria― de los últimos 400 años. No es la primera, desde luego, ni será la última que se atreva a relatar nuevas aventuras del dúo: Avellaneda ni siquiera esperó a ver en la tumba a Cervantes, e incluso antes de que éste diera a la luz la segunda parte de su D. Quijote, ya había publicado una versión apócrifa y disparatada, con un D. Quijote fuera de control y camino de unas justas en Zaragoza. Desde Avellaneda y hasta el siglo actual los intentos de alargar o reinterpretar las aventuras del caballero de la Triste Figura han cristalizado en docenas de versiones que recorren géneros que van desde la narrativa hasta el musical. La más reciente, “Al morir don Quijote” (2004), obra de Andrés Trapiello en la que se atreve a fabular sobre los días posteriores a la muerte del hidalgo, con la narración de su efecto en aquellos que lo acompañaron en vida. Todo un experimento en el que Trapiello no dudó en rescatar un lenguaje arcaico preñado de antiguallas léxicas con el que se traza un panóptico de la aldea y los aldeanos que sobrevivieron a D. Quijote, en algo que se presentaba a modo de epílogo a la obra de Cervantes. Pocos años antes, en 2000, Will Eisner se atrevió también a verter al cómic las aventuras de este clásico por excelencia. Más atrevido había sido Orson Welles en 1955, quien, con su audacia característica, rodó las aventuras de un D. Quijote también trasladado a época contemporánea, con un Sancho obsesionado con los cohetes que apuntaban a la Luna y un D. Quijote aterrado frente a los fantasmas que emergían de la pantalla de un cine. La obra quedaría inacabada pero, montada y finiquitada por Jesús Franco para el festival de Cannes del 92, acabaría engrosando el canon de las cintas geniales del gordo americano. El cine ha contado con versiones suficientes del caballero D. Quijote para que se pueda hablar de género, con propuestas que van de lo más convencional a lo inclasificable: ahí quedan artefactos como “El hombre que mató a Don Quijote”, de Terry Gilliam, donde Johnny Depp hacía de Sancho, y Vanessa Paradís de la sin par Dulcinea, pero que nunca llegó a proyectarse. También se vertió al cine, y con enorme éxito, la versión musical de “El hombre de la Mancha”, de Wasserman. La obra, en su primera versión teatral, fue estrenada en 1972 y desde entonces ha sido llevada a la escena en 50 idiomas diferentes. En España la recordarán como la obra que José Sacristán y Paloma San Basilio interpretaron y cantaron en el 97. Si con todo lo citado todavía hay quien considere bizarra la propuesta de Perezagua, convendría recordar que aún hubo en 1905 una versión que llevó al otro lado del Atlántico a los héroes cervantinos. La obra se titulaba “Don Quijote en América”, y surgió de la imaginación del escritor venezolano Tulio Febres Cordero. No le den demasiadas alas a la noticia: de llegar a oídos de Felipe González, seguro que no tardaría en utilizarlo como argumento definitivo contra Maduro.

 

 

El Quijote de Perezagua se plantea, por tanto, como una actualización de la fórmula de Cervantes, en línea con otras ideas similares ya ensayadas. Al comienzo hemos hecho hincapié en que La Mancha se reedita como el Nueva York actual, pero el procedimiento afecta por igual al resto de factores del relato: la ropa estrafalaria que rescata D. Quijote es aquí el disfraz que compra Sancho Panza por pura casualidad, uno de C-3PO para su señor, y otro de ewok para sí mismo; la lectura que lleva al hidalgo a perder la cabeza ya no es el género de las caballerías, sino la Biblia que le regalan en la calle unos predicadores; el amor platónico que despierta en la original una Aldonza Lorenzo apenas conocida es, en la obra de Perezagua, la esbelta y coqueta torre de la Libertad, en la actual Zona 0. Las primeras correrías de la pareja por Nueva York son lo que uno puede esperar: una serie de boutades precipitadas o por los trajes que visten los protagonistas, o por las confusiones previsibles entre tipos llegados del Barroco al S. XXI, o bien por situaciones que explotan con acierto el efecto anacronismo. Puede que la más lograda de todas sea la manifestación de las mujeres desnudas de Washington Square en defensa de las ballenas, aunque no menos interesante es también la escena del Starbucks, con su lluvia de billetes, o las continuas sisas de las aves urbanas que construyen desde entonces nidos más resistentes con el papel moneda. Las distintas secuencias van dirigiéndose a algo que parece progresivamente más serio hasta llegar a la visita a la mujer encarcelada en la prisión de máxima seguridad de Rickers Island. Es desoladora la escena. La entrevista con D. Quijote, el relato del crimen, las condiciones injustas en que se ve la mujer resultan un cuadro de un dramatismo muy potente ―y no me pregunten por qué, pero me parece que esconde un homenaje en clave―, que recuerda la escena del reo de muerte en la noche narcótica de “Luces de Bohemia”, de Valle-Inclán.

 

Mucho más simbólica se presenta la segunda parte del libro, donde D. Quijote y Sancho se encuentran inexplicablemente en otra Nueva York irreconocible, acuciada por las aguas que van subiendo de nivel mientras que, no se dice a causa de qué, la vida humana se ha borrado de la ciudad. Todo adquiere desde aquí un tinte de ensoñación nuevo, mientras crece la certeza de que lo que le interesa a la narradora es la alegoría. Cada elemento, cada escena parece guardar un significado metafórico, algo que se confirma al final cuando presenta lo que parece ser un anuncio de esperanza en la forma de un nuevo Jesucristo que debería aparecer como garante de una nueva era de paz. Más o menos eso es lo que el relato da a entender y que, sinceramente, no se sabe muy bien cómo tomar.

 

En conjunto, los diversos elementos que introduce la novela dan un resultado dispar. El uso del castellano del S. XVII, por ejemplo, que es una apuesta de riesgo, provoca un efecto distanciador, toda vez que los propios neoyorkinos terminan dirigiéndose a los protagonistas en la misma versión pastiche de su lengua. Perezagua introduce esa variante lingüística con el objetivo evidente de recrear un clima expresivo destinado a generar un relato mítico, una narración que prescinde de la piel realista que propondría una Nueva York tomada del natural, para generar a cambio un relato atemporal, a imagen del Quijote de Cervantes, o más bien del Quijote como hoy lo entendemos, como cuatro siglos de por medio. Lo que ocurre es que no acaba de funcionar, y el empecinamiento de los diálogos en remedar ese español arcaico termina provocando una distancia que, me temo, no es la buscada, sino una suerte de descreencia en lo que se va narrando. En cuanto a la presencia del elemento cristiano como canalizador de la sed de justicia de D. Quijote, la novela aprovecha con inteligencia uno de los hilos que mueven al Quijote original, es cierto, pero se le puede hacer una objeción: lo que en Cervantes es moderno, incluso provocador (un Cristianismo esencial, a la manera de Erasmo, frente al catolicismo paganizado) aquí resulta un anacronismo casi insalvable. Por descontado que existe en Marina Perezagua la intención de confrontar al hidalgo con temas de rabiosa actualidad ―la ecología, el transgénero, la injusticia social, el veganismo, el consumismo, el activismo callejero― pero en demasiadas ocasiones la narración escora hacia formulaciones buenistas que acaban por dotar a D. Quijote de un lustre naíf, menos quijotesco y más domesticado.

 

Promete Marina Perezagua una segunda parte de su “Don Quijote de Manhattan”. Habrá que esperar a ver cómo evoluciona el dúo en su nuevo territorio, qué nuevas aventuras habrá incubado el hidalgo mientras discurrían los meses y veía pasar ante sus ojos la distopía con la que se cerraba el libro. Puede dar mucho juego, sólo tiene que ahondar en la esencia respondona del hidalgo soñador y dejarlo actuar a su manera, que seguro que tiene mucho que decir en esta tesitura histórica especular e inestable. El cierre de estas nuevas aventuras neoyorkinas de D.  Quijote puede ser de los grandes. Marina Perezagua sabe manejar los hilos de la narración cuando tiene bien marcado el objetivo adonde apuntan sus proyectos. Recuerden “Yoro”, y apenas hace un año desde que la publicara.

Comentarios
Santiago García Tirado

Soñó con llevar subliminalmente en su DNI una cifra capaz de avivar el deseo, pero llegó al mundo en 1967, con dos años de antelación para la fecha correcta; desde entonces no ha hecho más que constatar que siempre estuvo (contra su voluntad) en el tiempo equivocado para ser cool. Con empeño, y en contra de la opinión de las hordas hipsters internacionales, ha llegado sin embargo a crear la web PeriodicoIrreverentes.org, y colaborar en Micro-Revista, Sigueleyendo, Quimera y Todos somos sospechosos, de Radio 3. Sus últimas obras de ficción son Todas las tardes café” (2009, relatos) y La balada de Eleanora Aguirre” (2012, novela). En 2014 verá la luz su novela “Constantes Cósmicas del Caos”, con la que espera coronar su abnegada labor en beneficio de la entropía universal.

Más en esta categoría: « El espectáculo del tiempo Nefando »