Menu
 

Líos

Justin Taylor

Alpha Decay

9,2

187 págs.

19,90 €.

Santiago García Tirado

 

Hay libros ―y autores― que se sostienen perfectamente por su exhibición de inteligencia. Supongo que se entiende la comparación que va implícita en lo que digo, que quiero marcar una distancia con ese tipo de libros ―y autores― cuya mayor gloria puede ser la referencia a un rasgo de estilo, o un uso correcto de los ingredientes de la narración. Justin Taylor (1982) es de esa clase de autores que desbordan inteligencia y se ganan al lector sólo con el reto que suponen las dos o tres primeras páginas. Demostró a dónde era capaz de llevar su estándar con los relatos de "Aquí todo es mejor", y lo confirmó con su primera novela, "El evangelio de la anarquía", un derroche de situaciones y especímenes diversos entre los que tiene que acomodar su espacio un muchacho recién salido de la universidad. Su nueva entrega, "Líos", de nuevo de la mano de Alpha Decay, la compone una serie de relatos igualmente generados y extendidos a base de descargas de inteligencia pura. Sin apenas tiempo a aclimatarse el lector se ve forzado a agarrarse al libro a conciencia si no quiere perder el hilo de personajes, relaciones, modos de vida, y mapa sentimental que Justin Taylor es capaz de delinear en apenas unas líneas. En efecto, es lo más parecido al deporte de alto riesgo en literatura, y de hecho su lectura acaba reportando sensaciones colindantes con aquéllas, sudores incluidos. En este caso hay que añadir el factor temático: a todos los relatos del libro los une la presencia de una o varias experiencias sexuales donde entran en juego variables inesperadas, que deberán resolverse y contribuir de alguna forma a la experiencia de vida en la que se debate cada protagonista. Todo son líos (es más preciso su título en inglés, "Flings") pero en cada caso darán lugar a fenómenos particulares y resultados temáticos nada predecibles.

 

Tomemos como modelo uno al azar, por ejemplo el relato titulado “Noche de fiesta”. En medio de un torbellino de fuerzas que chocan y rebotan en todas direcciones, se nos pone ante una una situación compleja en la que entran en juego media docena de personas, cada una con sus antecedentes, informes sobre sus costumbres sociales ―incluida su rutina en materia de drogas―, estado actual de sus frustraciones y necesidades sentimentales, lugares de paso, lugares que jugarán un papel en el relato, posibilidades del escenario para decantar la trama en alguna dirección, más insinuaciones sobre conflictos potenciales en el desarrollo del relato. Total: poco más de dos páginas. En la página cinco ya ha estallado la primera gresca entre dos chicas de la fiesta, lo que genera un diálogo disparatado en el que los personajes hablan por encima de la que se ha llevado la torta, mientras ésta reclama atención, aunque inútilmente. Cada uno está pendiente de otros intereses, una que disculpa a la agresora, otro que felicita a la cumpleañera, alguien que hace presentaciones, la afectada que sigue reclamando atención, y el protagonista que, a todo esto, propone unos tiritos. Aquí se abren tramas que deberían entenderse como simultáneas ―las vamos a leer como consecutivas, lo han acertado. Trama 1: la noche acaba parcialmente en una primera secuencia donde observamos que no culmina el rollo improvisado entre el protagonista, Drew, y la que se ha llevado la torta, Candi. Damos marcha atrás: trama 2. Ahora el relato vuelve al momento álgido de la fiesta, con uno de los protagonistas, el guapo y fashionista Caleb que besa a la abofeteadora, Lindsey, pero no tarda en recoger velas porque su objetivo es nada menos que la divina cumpleañera, Sandra. Sandra parece dirigirse emocionada a sus brazos, pero no, enseguida comprobamos que su objetivo no es Caleb de momento, sino quien acaba de aparecer a sus espaldas, nada menos que Gene, su prometido, un músico exitoso que se materializa por sorpresa en el cumpleaños cuando debía estar de gira en algún otro estado del país. Triunfando. Caleb, el amigo guapo del protagonista, manda un mensaje a su amigo, cosa que ya hemos leído en la secuencia anterior, donde supimos que éste se negó a responder. Fin de esta trama: empieza la 3. En la siguiente escena, la cumpleañera se lía con su rockero, pero sabe que va a durar poco. Está borracha de vodka Belvedere y no se tiene en pie. Pese a todo, guarda un último recuerdo para Caleb, una nota mental in extremis: tendrá que insistir si quiere lograr algo con ella. Que pelee como corresponde. La trama 4 relata el fin de fiesta de la abofeteadora, Lindsey, que ha vuelto a la ―otra― fiesta donde empezaba su noche, y allí verá cómo se resuelven los líos que se traía con el artista que inauguraba exposición esa misma tarde con un sarao de los buenos. La última escena también vuelve atrás: es la trama 5. Aquí se produce la resolución de la experiencia de Candi, la abofeteada, la que terminó en casa del protagonista pero se durmió sin culminar nada de lo que prometía ser un lío interesante. Ahora el relato recompone su experiencia a partir de las esquirlas que la memoria logra encontrar, porque apenas si recuerda nada. Decide huir temprano e ir a casa de su hermana, y acaba sacando a pasear a su sobrina en medio de una Nueva York tomada por la nevada. Un folleto pegado a una farola le da el mensaje de bienaventuranza: “Alégrate. eres una persona muy especial en el corazón de Dios y su plan perfecto te reserva un lugar sólo para ti”. Fin general del relato. Fin también de todos los parciales.

 

 

Como se puede ver, este nudo prieto que asusta a primera vista pero no confunde nunca  es lo que sólo un narrador especialmente dotado es capaz de emprender y salir airoso. En el lance se apoya además en diálogos magnetizantes, referencias a puntos de interés actuales que van del yoga a la música tecno, de los gadgets electrónicos al slow food, y todo entretejido por referencias geográficas continuas que obligan a pasear la mente de una parte a otra de unos Estados Unidos tratados como un pequeño y familiar decorado. En todas partes, ironía, y su parte correspondiente de crítica a esa sociedad desquiciada que ―sí, eso también duele― acaba marcando la pauta en el mundo actual.

 

Son relatos a los que el autor ha dotado de una mecánica muy concreta, que los diferencia del relato convencional del siglo pasado: todos albergan sendas novelas en germen, de ahí su consecuencia, el abigarramiento de situaciones y personajes que mueve cada narración. Todos los relatos podrían ser desarrollados en forma de novela sin apenas necesidad de nuevos elementos; y los que no, se podrían entender a la perfección como capítulos extraídos de una novela virtual que los contuviera. Así es el invento narrativo que propone Justin Taylor, intenso, nervioso, que obligar al lector a sacudirse cada vez que pasa página para no dejar escapar un solo detalle, lo que más tarde puede ser desequilibrante, condensar en sí mismo el juego narrativo del que dependía el relato.

 

Las sucesivas tramas deparan sorpresas con alto poder de seducción, también en el apartado de temas: el sexo en todas sus variantes, la omnipresencia de lo judío que tamiza el flujo mental de tantos personajes, el cinismo que el americano medio implementa como parte de su esencia, y su secreción obsecuente, la mentira, pero también la precariedad laboral, el mapa como fuente de posibilidades para reinventar la vida, etc. etc. hacen de esta obra un más que atractivo recurso para sobrellevar el regreso de vacaciones. Es un chute de buena literatura para poner a tono esa parte del cerebro que la tontería veraniega ha dejado, reconozcámoslo, tan maltrecha. La vida es una urgencia, parece decir Justin Taylor, y no es cuestión de perder ripio. Sólo quien sea capaz de pillarlas al vuelo va a vivir una vida intensa, porque breves y con peligro de rutina lo son todas. Lean, si no, el cuento titulado “Carol, sola”, y verán qué forma tan resolutiva de pronunciar el Carpe Diem a la altura de este siglo.

Santiago García Tirado

Soñó con llevar subliminalmente en su DNI una cifra capaz de avivar el deseo, pero llegó al mundo en 1967, con dos años de antelación para la fecha correcta; desde entonces no ha hecho más que constatar que siempre estuvo (contra su voluntad) en el tiempo equivocado para ser cool. Con empeño, y en contra de la opinión de las hordas hipsters internacionales, ha llegado sin embargo a crear la web PeriodicoIrreverentes.org, y colaborar en Micro-Revista, Sigueleyendo, Quimera y Todos somos sospechosos, de Radio 3. Sus últimas obras de ficción son Todas las tardes café” (2009, relatos) y La balada de Eleanora Aguirre” (2012, novela). En 2014 verá la luz su novela “Constantes Cósmicas del Caos”, con la que espera coronar su abnegada labor en beneficio de la entropía universal.