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Del cascarón y el huevo

Andreu Cañadas

Devenir

7,2

108 págs.

12 €.

 

Tormenta de tierra

Ale Oseguera

Neopàtria

7

108 págs.

15 €.

Santiago García Tirado

 

Si volviera Bécquer a la vida y se diera de lleno con esta nueva realidad 2.0, a buen seguro reformularía su conocida definición metapoética en otra más o menos así: “Podrán sobrar poetas, pero siempre habrá poesía (de la buena)”. Ya sabemos qué tipo de veneno son las redes sociales a la poesía, donde cualquier foto cuqui sirve como percha para una frase de buenas intenciones, o de vindicación choni, bajo el nombre de poesía y difusión viral. Bien, no vamos a negar que esa afición generaliza una cierta aproximación al hecho poético ―siempre que no requiera esfuerzo, y se caracterice por las pobres aspiraciones estéticas―, sin embargo, lo que nos interesa hoy es constatar que no dejan de aparecer por estos lares autores de poesía, cada uno con su nube de motivos, sus deudas literarias, sus modos y expectativas, y eso en Blisstopic siempre es algo que queremos celebrar. Cuesta espigar entre la muchedumbre, es verdad, pero ahí están, sobresaliendo, nombres como Aníbal Cristobo, Unai Velasco, Laia López Manrique, David Leo García, Lola Nieto, Fruela Fernández, Elena Medel, Álvaro Tato, etc. etc., toda una horda de altísimo nivel y en perfecto contacto con la poesía que se hace en Europa y América. Los que hoy presentamos, Andreu Cañadas Cuadrado y Ale Oseguera, acaban de firmar sendos poemarios e incluyen en ellos argumentos suficientes, como vamos a ver, para que en adelante ya no los perdamos de vista. Se avecinan buenos años para la lírica, al menos en esa patria menos dogmática que es el papel.

 

 

Andreu Cañadas (Elx, 1990) saca a la luz un poemario bien trabajado ―nada que ver con esos otros nuevos poetas tan extasiados de su verbo que olvidan el uso de la papelera―, da muestras suficientes de que conoce a fondo la poesía reciente, sabe quiénes son sus referentes, y se lanza a modelar una poética propia. Destaca su interés por recuperar la cualidad musical del verso ―no olvida señalar la huella de García Calvo― y eso en ocasiones desconcierta, en poemas donde parece que algo evanescente se licúe entre líneas, como si rehuyera su corporeidad, pero lo que es indiscutible es que la música fluye con ritmos nuevos, en versos preferiblemente cortos, con rupturas a golpe de acotaciones y encabalgamientos, etc. Mucha resonancia del Modernismo, desde Manuel Machado a Francisco Villaespesa, pero también Antonio Machado, y la generación del 50, con Ángel González a la cabeza.

 

La voz de Andreu Cañadas se abre a su entorno con una misión hermenéutica, es voz de poeta que vive y radiografía la fase que acaba de vivir. La respuesta privilegiada en su verso es la ironía distanciadora, pero no menos da cuenta de su perplejidad frente a un medio adverso que tritura todo lo humano ―”Calman los nidos virtuales/ conciertan el saqueo palmo a palmo” y que, en un momento dado, lo arrastra a hacer suya la sinécdoque que certifica la desesperanza: “Los Hombres van al asco”. La salida todavía posible se halla en patrias virtuales ―utópicas― como el videojuego ―”Mis amigos (…) me ayudan a poblar mi mundo”―, en la asunción de la verdad particular por encima de cualquier otra verdad ―”Vosotras/ mis verdades/ amantes del camino”― o en el regreso a un pasado mítico como hecho que certifica que este mundo es ya irrecuperable: ―”Antes del mal/ antes del tiempo”. Llegar al mundo adulto significa asumir la derrota, el despojo. Cómo no, aún queda lugar para esa otra derrota que es el desamor, una derrota que se multiplica en espejos a lo largo de la experiencia, pese a que uno se empeña en convencerse de que cada nueva derrota es inédita y original. Hay también salida, según Cañadas, y casi siempre se halla en el amor de uno mismo, a la manera de Onán, único amigo que parece no ser nunca sospechoso de traición.

 

El resultado de “Del cascarón y el huevo” es un modelo poético sugerente, al que habrá que seguirle la pista. Se ha elaborado con productos de primera como el humor, la musicalidad, y la inteligencia, mucha inteligencia, y satisface. A poco que Andreu Cañadas entienda que una obra poética gana unidad cuando parte de un solo impulso creativo y formal, va a dar en el futuro poemarios muy interesantes. Los esperamos.

 

 

Ale Oseguera tiene el poder de la ubicuidad, y cualquiera que se mueva en los ámbitos literarios de Barcelona puede ser testigo: más allá de presentaciones y saraos varios, uno puede encontrarla en slams poéticos, siempre en bares canallas, en performances y otras formas dramáticas, aunque es fija en los espectáculos de “Las hermanas del desorden” y “Prostíbulo poético”. Se declara abiertamente yonqui del vicio de escribir ―y otros más carnales―, y como muestra de su buen hacer aporta esta obra con la que por primera vez da a la imprenta algunos de sus poemas. La obra se titula “Tormenta de tierra” (Neopàtria) y viene avalada por Carlos Zanón, que le escribe el prólogo y lo inunda de elogios.

 

El material plástico que maneja Ale Oseguera procede de una experiencia vital en entorno urbano, aunque no siempre lo muestra en sus poemas directamente. El tamiz es, en ocasiones, el cine ―con poemas como “Hotel de paso”, donde remeda una escena de road movie―, o el relato étnico ―”Malai”―, aunque casi siempre la estética preferida es la subversiva y/o de autoafirmación del hip hop. Los temas son, pues, de extracción cotidiana, con rasgo realista amplificado, pero se reformulan bajo modelos ya conocidos por el lector. Lo que ocurre es que casi siempre dichos modelos actúan como corsés y suelen estrangular las posibilidades que el tema permitiría por sí mismo. Con todo, logra formular poemas que, mostrándose como tomas de contacto, ensayos, primeros titubeos frente al modo poético, dan resultados muy prometedores. Algunos de los mecanismos que prueba en acción son los juegos conceptuales ―”Caer”, con propuesta tipográfica incluida, o “Juguemos”: “Juguemos a que soy dios y tú eres el diablo”―, las escenas de impacto emocional ―”Al borde de la cornisa”, “43” (sobre los asesinados de Iguala), “Gol de Messi”― y, de manera destacada, la (pseudo)autobiografía que, aunque penetra todo el poemario, es hacia el final del libro donde gana el peso específico que le corresponde.

 

La poesía de Ale experimenta a lo largo del libro una continua mutación, y lo que más importa, evoluciona con paso firme en busca de una propia manera de mirar y de hacerse entender. Si en la primera parte chirrían los ritmos de hip hop ―”Tormenta de tierra” se puede cantar en voz alta, la música surge sola―, se reiteran estrategias de canción mainstream como los estribillos y ―sólo algunas veces, conviene destacarlo― una estética formulatoria habitual de red social ―”Si planto una semilla en mi ombligo, ¿me crecerá un cordón umbilical (..) si me dedico a llorar, ¿me convertiré en nube?”―, en la segunda parte la voz de Ale gana autenticidad aun a pesar del ropaje con que insiste en atragantarla. Son, esos últimos, poemas donde vibra mucho mejor la nota carnal, que sirven para lamerse las heridas del desamor, o para recordar a la madre lejana ―uno de los temas mayores del poemario―. El remate final es una hiperespeculación del yo, que concentra todo el interés y que funciona perfectamente como colofón. En esos últimos poemas Ale se muestra excesiva, como en una ranchera, orgullosa de militar en el lado oscuro, decididamente animalesca. El sexo, sus expectativas vitales, la precariedad emocional, las heridas de guerra, el miedo a los reveses económicos, etc. habitan estos poemas en los que es sintomático que Ale abandona las fórmulas de éxito musical para dar lugar a poemas mucho más sólidos. Es un final que deja buen sabor de boca, porque apunta en una dirección que hace prever grandes cosas. Provoca apetito.

 

Comentarios
Santiago García Tirado

Soñó con llevar subliminalmente en su DNI una cifra capaz de avivar el deseo, pero llegó al mundo en 1967, con dos años de antelación para la fecha correcta; desde entonces no ha hecho más que constatar que siempre estuvo (contra su voluntad) en el tiempo equivocado para ser cool. Con empeño, y en contra de la opinión de las hordas hipsters internacionales, ha llegado sin embargo a crear la web PeriodicoIrreverentes.org, y colaborar en Micro-Revista, Sigueleyendo, Quimera y Todos somos sospechosos, de Radio 3. Sus últimas obras de ficción son Todas las tardes café” (2009, relatos) y La balada de Eleanora Aguirre” (2012, novela). En 2014 verá la luz su novela “Constantes Cósmicas del Caos”, con la que espera coronar su abnegada labor en beneficio de la entropía universal.

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