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Anna

Niccolò Ammaniti

Anagrama

7,9

288 págs.

19,90 €.

Santiago García Tirado

 

Esa fase de mutaciones, confusión, excesos y fenómenos hormonales conocida como adolescencia ha sido invitada habitual de la literatura, aunque pocas veces alcanza como tema el volumen suficiente para servir de antonomasia. Ha ocurrido, ahora sí, en Niccolò Ammaniti, que desde su primera novela “Branchie!” (1994) ha construido su obra en torno a ese tema. Trata sucesivamente la adolescencia en “Te llevaré conmigo” (1999), en “No tengo miedo” (2002), en “Como Dios manda” (2006) ―novela que le valió el premio Strega― y en la penúltima publicada en español “Tú y yo” (2010), en la que el propio Bertolucci reconoció un laberinto de obsesiones que dialogaba a la perfección con su imaginario, de modo que acabó llevándola al cine. En “Anna” (Anagrama), la nueva novela de Ammaniti, la adolescencia es llamada a tomar el control de un mundo donde un potente y desconocido virus se ha llevado por delante a cuanto humano en fase de madurez se encontrase en el camino. Pues sí, como si no hubiese suficiente componente distópico en el fin de la niñez, en “Anna” también se relata la distopía de un mundo que se desmiembra a pasos agigantados.

 

Una jauría de perros es la primera amenaza a la que se enfrenta Anna, una chica de trece años, en una inicial escena de impacto que define lo que se va a encontrar el lector en adelante. No existen adultos a quienes pedir ayuda, no hay refugios seguros, no hay nadie más a quien recurrir aparte de la propia fuerza y el instinto de conservación. Los ecos de Cormac McCarthy pueblan estas carreteras y casas del norte de Sicilia en las que Anna tendrá que asaltar, robar, alimentarse e incluso guarecerse de sus semejantes para salvar la vida. Porque el mundo todo ya es amenaza, cualquier incógnita esconde indefectiblemente un cuchillo, un diente, una cadena. En el horizonte, ningún otro del que esperar compasión, la hostilidad convertida en la nueva constante universal. Enseguida descubrimos que a Anna no le basta con sobrevivir, también debe ejercer de adulta y cuidar de su hermano Astor, un niño de apenas cuatro años que ha visto morir a todos a su alrededor. En la lucha por la existencia que mantendrán estos dos críos Niccolò Ammaniti ha querido dibujar un mundo insano y roto que paga las consecuencias de haberse desentendido de la naturaleza con la que siempre debió convivir en armonía. Coincide en este aspecto con otras obras recientes, como “Con el frío” de Torres Blandina, en algo que podríamos denominar distopía ecologista, y que pone el acento en las consecuencias de no haber atendido a tiempo los mensajes de aviso que continuamente ha ido lanzando la propia Tierra.

 

 

La segunda parte de la novela se propone como una revisitación de “El señor de las moscas” de Golding, cosa que el propio autor se encarga de advertir con detalles como la pintura corporal con que se identifican los nuevos propietarios del territorio, la procesión en honor de la Picciridduna ―una figura medio irreal sobre la que flota un halo salvífico― y por encima de todo, la crueldad con que se desenvuelven esos niños elevados al rango de administradores de un nuevo mundo. Se trata de un hotel, ahora transmutado en fortaleza, donde ha nacido una nueva sociedad erigida sobre la vertiente más salvaje de la niñez, ahora sin límites y sin el socorro de una educación. Esta parte, la más tensa ―la más confusa, la más azarosa― documenta el paso de niña a mujer de la protagonista, algo que implicará dos cosas: uno, que la enfermedad aflorará en ella también de manera inminente; y dos, que en ese momento de plenitud física se convertirá en objeto de deseo para el resto de chicos que forman la sociedad del “Hotel de las Termas Elíseas”.  Precisamente será en el intento de violación de Anna cuando la narración de Ammaniti logre imágenes de reminiscencias ancestrales, desusadas, de una poética atroz. Es, a todas luces, la fase del relato donde el autor nada a sus anchas y donde se hace evidente que, más allá de su preocupación por un mundo que se autodestruye, el big bang temático de la novela vuelve a ser el paso de la niñez a la adolescencia, con la plétora de temas derivados que desata la onda expansiva de ese hecho. La parte final llevará a Anna y su pequeño grupo de resistentes en una carrera desesperada por alcanzar Messina, desde donde sueña con poder pasar al continente en busca de ayuda.

 

Los diálogos y las descripciones son aspectos a los que el autor da una atención prioritaria, y cumplen su cometido a la perfección. Le sobran, por otra parte, demasiadas concesiones al sentimentalismo blando, demasiadas referencias a la madre muerta, demasiada charla enternecedora con el hermanito, algo que parece dirigido a explotar el interés ―inconfeso, por supuesto― de un público marcadamente femenino. Cómo decirlo: se trata de un procedimiento espurio, ni siquiera admisible como seña identitaria de lo italiano. Es intolerable en el cine ―”Cinema Paradiso”, “La vida es bella”, horrores de ese calibre― y un autor de la talla de Ammaniti, traducido a más de 40 idiomas, referente del nuevo panorama literario en Italia, debe buscar en otras estrategias mejores modos de seducir a un lector inteligente. Porque supongo que busca un lector inteligente: sabe concentrar potentes cargas simbólicas en motivos como el fuego omnipresente o el animal que deviene amigo después de haberse enzarzado en una lucha a muerte, maneja la trama con maestría, incluso se permite insertar relatos que funcionan de manera autónoma como piezas desencajables, fabula a placer, y de eso se contagia el lector, que disfruta. A Ammaniti le sobra técnica en el oficio de narrar, es un virtuoso, y esa ventaja debería echar fuera la tentación de insertar cualquier recurso menor, aunque de efecto inmediato, que a la larga simplemente empequeñece la historia. En todo caso, aquí está, se titula “Anna”, es una novela que devora a quien lee si uno no se precave a tiempo, y sobre todo es la certificación de que su autor, Niccolò Ammaniti va a dar a luz en algún momento una de esas historias de las que hacen época. Basta, de momento, con que no se cumpla la profecía que “Anna” lleva en su interior.

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Santiago García Tirado

Soñó con llevar subliminalmente en su DNI una cifra capaz de avivar el deseo, pero llegó al mundo en 1967, con dos años de antelación para la fecha correcta; desde entonces no ha hecho más que constatar que siempre estuvo (contra su voluntad) en el tiempo equivocado para ser cool. Con empeño, y en contra de la opinión de las hordas hipsters internacionales, ha llegado sin embargo a crear la web PeriodicoIrreverentes.org, y colaborar en Micro-Revista, Sigueleyendo, Quimera y Todos somos sospechosos, de Radio 3. Sus últimas obras de ficción son Todas las tardes café” (2009, relatos) y La balada de Eleanora Aguirre” (2012, novela). En 2014 verá la luz su novela “Constantes Cósmicas del Caos”, con la que espera coronar su abnegada labor en beneficio de la entropía universal.

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