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Los jugadores Carlos Fortea  

Los jugadores

Carlos Fortea

Nocturna Ediciones

7,8

276 págs.

15 €.

Santiago García Tirado

 

La historia como filón de posibilidades narrativas no parece dar muestras de agotamiento, con artefactos que van desde lo descaradamente comercial a la obra de autor. Las razones de esa pervivencia en el mundo literario son, básicamente dos: un hecho histórico suministra un tiempo y un decorado ya definidos, casi siempre seductores y, por otro lado, las líneas de fuerzas narrativas del hecho histórico pueden ser imbricadas en el relato con garantías de éxito. Bien, no todas las novelas cocinan esta receta con el mismo éxito y demasiadas se han apuntado a la moda con la intención mal disimulada de dar un pelotazo ―los ha habido sonoros―, sin embargo es posible rastrear novelas resueltas con oficio, y en casos excepcionales, con brillantez. De entre éstos hay que destacar a Carlos Fortea (Madrid, 1963), que para gestar su novela “Los jugadores” (Nocturna Ediciones) recurre a los días volátiles de la conferencia internacional que en París gestaba el Tratado de Versalles, al término de la Primera Guerra Mundial.

 

Carlos Fortea

 

Una serie extensa de personajes llegados en aluvión de varias partes del mundo disponen y ponen en movimiento las diversas tramas de un relato complejo, donde el ritmo narrativo se mantiene sin problemas a pesar de la complicación que supone la multiplicación de personajes y escenarios. Los actores distribuyen en dos grandes bloques: uno lo forman los personajes históricos reales, entre los que figuran un todavía joven Churchill, el presidente americano Woodrow Wilson, el francés Clemenceau, el economista Keynes, a los que se añade un elenco de aristócratas rusos empobrecidos, austriacos melancólicos, policías, visionarios, etc.: son los que mueven la trama puramente historicista, con intrigas, debates y demás ejercicios del ramo; el otro lo forman los españoles, algunos llegados a París como observadores a cargo de los presupuestos del estado, y los más como buscavidas: hay allí negociantes como Jaime Alcoriza, periodistas de raza como “Carta Blanca”, algún freelance como Gabriel Cortázar, etc.: son los que mueven la trama humana de la novela, en la que tienen papel importante la pasión y el dinero. Para mantener unido el texto el autor recurre a una serie de asesinatos con inspector francés al cargo, una microtrama que funge como conectora de ambos grupos humanos y, de paso, como catalizadora de las otras líneas argumentales cuando llegue la hora de zanjar el relato. El título, que a primera vista desconcierta, va cobrando sentido conforme el texto se va expandiendo en situaciones diversas, con sus respectivas posibilidades: todos, incluidos los grandes mandatarios, han dedicado los días en París a algo que tiene mucho en común con el juego, cada uno en su materia.

 

Versalles 1919

 

El relato crece de manera fragmentaria, sin que se pierda en ningún momento la idea de evolución, ni siquiera el ritmo, un aspecto ya comentado en el que el autor ha puesto especial interés. Otro, y muy privilegiado, ha sido la propia redacción, con un fraseo que sintoniza bien con el decadentismo de autores de la época en que se ambienta, algo que en su forma final recuerda a un Bruno Schulz, o a un Antonio de Hoyos, por citar uno de los nuestros. Pos otra parte, los diálogos se afinan con inteligencia y mejoran situaciones en principio flojas: liberan matices nuevos cuando los que hablan son personajes que experimentan atracción, pero si tratan de política o de economía, se transforman en otra cosa, una vía apta para documentar lo que supuso el Tratado de Versalles o las nuevas teorías económicas que comenzaban a abrirse paso a comienzos del siglo pasado. El conjunto da como resultante una novela que funciona a la perfección como relato múltiple, tal vez algo menos cuajada en la trama del asesino ―podía haber dado más juego adaptando recursos propios del negro―, pero siempre satisfactoria. El final, como sus tramas, también es múltiple: en el aspecto político todos los hilos parecen conducirnos a una pregunta a lo Vonnegut: “¿Qué nos hace pensar que vamos a alguna parte?”; en el aspecto amoroso, el resultado siempre tiene un tono más Quintero-León-Quiroga, con mujeres y hombres que contemplan aturdidos una pasión hecha cadáver. Una banda sonora o una buena canción habría terminado de redondearla. El efecto que provoca se parece mucho al de una buena cinta de cine clásico.

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Santiago García Tirado

Soñó con llevar subliminalmente en su DNI una cifra capaz de avivar el deseo, pero llegó al mundo en 1967, con dos años de antelación para la fecha correcta; desde entonces no ha hecho más que constatar que siempre estuvo (contra su voluntad) en el tiempo equivocado para ser cool. Con empeño, y en contra de la opinión de las hordas hipsters internacionales, ha llegado sin embargo a crear la web PeriodicoIrreverentes.org, y colaborar en Micro-Revista, Sigueleyendo, Quimera y Todos somos sospechosos, de Radio 3. Sus últimas obras de ficción son Todas las tardes café” (2009, relatos) y La balada de Eleanora Aguirre” (2012, novela). En 2014 verá la luz su novela “Constantes Cósmicas del Caos”, con la que espera coronar su abnegada labor en beneficio de la entropía universal.

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