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Algo va a pasar, ya lo verás  

Algo va a pasar, ya lo verás

Christos Ikonomou

Valparaíso

8,7

181 págs.

18 €.

Santiago García Tirado

 

“Ahí empieza todo lo malo, en que creemos que los ricos van a venir a ayudar a los pobres (…). Tenemos que hacernos con el control de la situación”. Así de incendiario se muestra uno de los protagonistas ―y no es el único― en “Algo va a pasar, ya lo verás” el libro que acaba de presentar en España Christos Ikonomou (Atenas, 1970) de la mano de Valparaíso Ediciones. De esas páginas irá surgiendo más verbo de trinchera, una cuerda de rabia que se tensa por momentos, y motivos, muchísimos para la indignación. Cada cuento agita en el aire ceniza y herrumbre, mentiras y abandonos, sospechas, pesadillas, en fin, la etiología toda del pesimismo. Y en el horizonte, Grecia, el laboratorio donde al tiempo que se ponen a prueba recetas ultraliberales en lo económico, en lo político se pulen estrategias nuevas de contestación. El paisaje humano que va dejando esta crisis es, por encima de todo, el tema del libro. Había que hacerlo aflorar porque no en vano los ojos de todos miran a Grecia. Aún no sabemos muy bien por qué.

 

El riesgo que encara Ikonomou al decidirse por el relato como vía de una estrategia política es complejo. Ahí están tantos pecios de la literatura engagée del S. XX, un reguero de títulos plenos de buena intención pero malogrados y finalmente irrecuperables para el presente. Persiste aún hoy ―tal vez hoy con más motivo― la exigencia de que la literatura se haga eco de su tiempo, que no levante un mundo paralelo de ficción al margen de sus condicionantes históricos, pero la pregunta siempre es la misma: cómo dar entrada en una obra a toda la sintomatología de una sociedad sin falsear el oficio de artista. Christos Ikonomou, que no se esfuerza en disimular una estrategia política, logra sin embargo vindicarse como gran trazador de historias con un libro donde lo humano sintetiza toda la tensión narrativa, pero con relación a unas condiciones políticas ―económicas― imposibles de desconocer. El dolor ya no se origina en un gobierno corrupto, o espurio, o implacable, ahora proceden de un supragobierno, el europeo que decreta en nombre de Futuro y Progreso universales, pero con los mismos resultados de siempre. De nada sirve que exista internet, que los pueblos tengan acceso a datos que señalan los auténticos manejos de esta crisis, la factura acaba siempre en el mismo bando: el de los asalariados. De ellos hablan los relatos de “Algo va a pasar, ya lo verás”. Lo tenía todo Ikonomou de su parte para naufragar con un desfile de horrores con mayor o menor grado de melodrama, y sin embargo ha logrado armar un notable muestrario de estrategias narrativas. Que haya sido editado en Alemania, Italia, Estados Unidos e Inglaterra, y que además haya recibido el Best Short-Story Collection State Award parece refrendar de largo la buena sensación que nos despierta este libro de relatos.

 

Christos Ikonomou

 

Podemos aportar pruebas: los planteamientos, sin ir más lejos. Sólo en ese aspecto encontramos catorce razones de peso que marcan la diferencia. Son historias que nacen del natural, en barrios, en fábricas, a la puerta de ambulatorios, pero adquieren siempre desarrollos impredecibles. Es difícil entre ellos encontrar resonancias de historias conocidas, eso que suele ser pecado habitual en otros libros de relatos con intención social. Los personajes, otra prueba de peso. El carácter griego, duro, montaraz a veces, pero en el que siempre hay espacio para una radiante humanidad, se despliega en un elenco amplio y diverso. Por una parte circulan aquellos que en la crisis optan por la salvación propia y hacen gala de cinismo, pero de otra surgen personajes dispuestos a todo, incluso a la cárcel con tal de servir de ayuda. De unos a otros cada relato encuentra matices suficientes para componer una paleta de caracteres como pocas veces hemos visto. Y por supuesto hay que añadir la cuestión temática, esa prueba definitiva. La diversidad que impone un formato como el cuento no desbarata nunca la unidad temática sobre la que Ikonomou teje el libro en su conjunto. Si el leit motiv de la obra es ese “los ricos no van a venir a ayudarnos a los pobres”, que va y viene en varios textos, no menos cierto es que casi siempre acaba apareciendo a su lado la realidad de que los mismos pobres se erigen en enemigos de los pobres. El primer relato es un directo a la mandíbula: no es sólo que en plena debacle un hombre abandone a su novia, es que además le roba la hucha en la que ésta ha ido guardando euro a euro para un viaje que ya nunca realizarán. En otros relatos la crisis parece dar pequeñas treguas, y hay quienes encuentran trabajo, pero no es nunca una novedad que invite al optimismo: “Como si te pagaran ―dice un personaje― no para poder vivir, sino para tener miedo”. De manera que, en esencia, todo el libro es una constatación de hechos ―no aporta recetas, ni estrategias, ni oraciones que sirvan para la esperanza― que sólo pueden conducir a una afirmación del nihilismo: cuando alguien parece ofrecer una limosna de luz, o bien muere ―Mao, en un relato muy logrado―, o bien se deshace como el hielo del chico que recita a Miguel Hernández mientras hace el turno de noche. El final, un puñado de tierra en la garganta, es el único colofón posible para este argumentario del nihilismo: “Trozo a trozo me quitan mi mundo”. “Algo va a pasar” decía el título, y esa amenaza nos ha acompañado hasta la última página, relato tras relato. Pasada esa página, la nada.

 

El Faulkner griego, lo ha llamado el diario La Reppublica. Tiene mucho también de Steinbeck, y de Hemingway, de aquellos que narraron la América agonizante que dejó la crisis del 29. La analogía está servida. Si leemos a Ikonomou es porque cuenta historias como pocos saben hacerlo. Si tenemos la mirada puesta sobre Grecia es porque acaso en ella esperamos una tibia razón para seguir creyendo. De momento el mensaje que nos deja es terrible, y seguimos sin saber si habrá otro.

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Santiago García Tirado

Soñó con llevar subliminalmente en su DNI una cifra capaz de avivar el deseo, pero llegó al mundo en 1967, con dos años de antelación para la fecha correcta; desde entonces no ha hecho más que constatar que siempre estuvo (contra su voluntad) en el tiempo equivocado para ser cool. Con empeño, y en contra de la opinión de las hordas hipsters internacionales, ha llegado sin embargo a crear la web PeriodicoIrreverentes.org, y colaborar en Micro-Revista, Sigueleyendo, Quimera y Todos somos sospechosos, de Radio 3. Sus últimas obras de ficción son Todas las tardes café” (2009, relatos) y La balada de Eleanora Aguirre” (2012, novela). En 2014 verá la luz su novela “Constantes Cósmicas del Caos”, con la que espera coronar su abnegada labor en beneficio de la entropía universal.

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