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Brilla, mar del Edén  

Brilla, mar del Edén

Andrés Ibáñez

Galaxia Gutenberg

9,3

750 págs.

29 €.

Santiago García Tirado

 

¿Puede el placer ser el móvil único que nos conduzca a la lectura, y a la lectura de calidad? Se trata de una cuestión que periódicamente se plantea el gremio de los escritores y, maximalismos aparte, nadie parece responder con argumentos que sirvan pasadas una o dos generaciones. Andrés Ibáñez irrumpió en el panorama hace unos meses con un argumento formidable de 750 páginas preñadas de posibilidades, su última obra titulada “Brilla, mar del Edén”, que como argumento a favor del sí parece irrefutable. Premios aparte ―ha recibido nada menos que el Nacional de la Crítica―, se trata de una obra que se basta por sí sola para desarbolar ese prejuicio de que leer ―o escribir― se compadece mal con la mera diversión, donde el humor sea el principal ingrediente, y la mal llamada ligereza se lance a disolver cualquier propósito de acabar siendo puros. Ah, pureza, qué divertida exageración de los morbosos. Qué habría sido de la literatura si no hubiese sido una y otra vez destronada esa vieja arpía. Seduce de la última de Andrés Ibáñez precisamente su militancia consciente a favor de la impureza, y por eso en ella todo tiene cabida, todo admite la mutación, todo puede dar un triple mortal y acabar siendo otra cosa que la que esperábamos, todo podrá hibridarse y cualquier personaje de cualquier parte del mundo acabará emparejándose con cualquier otro personaje, por disímil que resulte el acoplamiento. Y todo ello transcurre en un ambiente aventurero, el ecosistema que más novelas disparatadas ―y perdurables― ha dado la literatura y que en “Brilla mar del Edén” alcanza una nueva cota que será difícil de batir.

 

Con un título que es ya en sí un argumento, “Brilla mar del Edén” se plantea como el nacimiento de un nuevo mundo a partir de personajes llegados de los cuatro vientos a quienes el azar convoca en una isla remota y extraña y, por ello, capaz de contravenir el catálogo ordinario de realidades. Allí podrán aparecer con naturalidad fantasmas, ovnis, guerrilleros marxistas, santones hindúes, gigantes azules, milagros bíblicos y mujeres de apetencias insaciables, pero también escritores como el apenas disimulado Roberto Bolaño, o Salinger, o Pynchon, o músicos fallecidos como Bruckner, sin menoscabar una tripulación abigarrada constituida de millonarios suizos, obispos americanos, actrices de gloria pasada y un protagonista final llamado Juan Barbarín que ejerce de alter ego del propio Andrés Ibáñez. A veces la historia se quebrará con la irrupción de un nuevo personaje, o bien una nueva trama nos llevará hacia lugares insospechados de la isla, pero en multitud de ocasiones bastará con que uno de los actores decida contar su vida para que la historia se desdoble en otra novela distinta, como un relato proteico que, contra pronóstico, resulta siempre admisible. Andrés Ibáñez logra así lo que muchos han tentado ―y pocos conseguido― a lo largo de la historia: una formulación del Infinito.

 

Andrés Ibáñez

 

La receta elegida es ganadora, aunque ello no implique que culminarla sea fácil. Con leves variaciones, la utiliza Rabelais en su serie de “Gargantúa y Pantugruel”; Cervantes, en “El Quijote”; la utilizan Murakami y Eugenides, y antes que ellos la utilizó para tocar el cielo de los nobeles García Márquez en “Cien años de soledad”. Consiste dicha receta en situar la acción en un lugar de garantías potenciales, alejado de un entorno cotidiano donde quepa todo y pueda ser asumido cuanto ocurra. A continuación, la novela progresará en tramas subsecuentes donde serán convocados cuantos personajes se requieran y que dicha ubicación, por disparatados que parezcan, volverá admisibles. Por último, la novela aprovechará las diferentes situaciones para dar un repaso ―y casi siempre, ajustar cuentas― a las ideas en boga en la actualidad contemporánea a la obra. Así, “Brilla mar del Edén” lanza referencias a la cultura ―desde el budismo o el supremacismo sudista hasta el New Yorker―, la ciencia ―antológica su explicación del magnetismo terrestre― las teorías políticas o sociológicas, la literatura, la música actual, todo ello sustentado sobre una narrativa llena de puertas por donde siempre algo puede sobrevenir para dar un nuevo giro a los acontecimientos. En efecto, la deuda con los clásicos es más que evidente, y no estaría mal recordar que en su día tampoco esos clásicos fueron entendidos, y acabaron arrinconados como ejercicios de mero entretenimiento. Tal vez en el horizonte ―aunque Juan Barbarín cita como favoritos a Chandler o Saroyan―, su modelo más directo sea “Cien años de soledad” y, como en ella, Andrés Ibáñez se gana el derecho a poner patas arriba el mundo contemporáneo creando situaciones con carga irónica suficiente para hacer saltar por los aires la estulticia y el mal gusto imperante. Ahora bien, no quisiera irme de aquí sin citar a Borges. Porque hay algo muy borgiano en esta novela, y es esa atracción continua por todo lo que suene a cultura, por cuanto hallazgo el ser humano ha sido capaz de adquirir con su esfuerzo a lo largo de los siglos. Y como en Borges, detecto también un intento de construir el relato como un símbolo, como una representación, pero una representación tan fiel a lo representado ―nada menos que el Mundo― que aspira a su mismo tamaño, a acoger todo cuanto contiene. Es un esfuerzo vano, como dice Borges en “Del rigor en la ciencia”, pero es que toda la obra borgiana se resume en el esfuerzo por buscar el modo de alcanzar esa posibilidad. Y ahora Andrés Ibáñez ha decidido tomar el relevo en dicha empresa dando a luz un relato del que nacen otros centenares de relatos, y que a la vez los incluye todos. Como Borges, es pródigo en ironía y derrocha paciencia frente a la estupidez humana de ahora y de siempre. Es inteligente y es un gran canalla que puede parecer frívolo, pero no titubea al enfrentar a los temas más graves, para escándalo de mediocres y meapilas.

 

Creo que no sería un atrevimiento ―y espero que tampoco motivo de demanda― decir que al propio Borges le habría gustado este “Brilla mar del Edén”. A Borges cuyo humor pocos entienden, y que también aspiró a formular el infinito. No diría lo mismo de esa mujer de rostro adusto que lo administra y desconoce el oficio de reír. Ni  siquiera creo que lo entendería. Para disfrutar este “Brilla, mar del Edén” hace falta mucho sentido del humor, y sin él es imposible segregar inteligencia.

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Santiago García Tirado

Soñó con llevar subliminalmente en su DNI una cifra capaz de avivar el deseo, pero llegó al mundo en 1967, con dos años de antelación para la fecha correcta; desde entonces no ha hecho más que constatar que siempre estuvo (contra su voluntad) en el tiempo equivocado para ser cool. Con empeño, y en contra de la opinión de las hordas hipsters internacionales, ha llegado sin embargo a crear la web PeriodicoIrreverentes.org, y colaborar en Micro-Revista, Sigueleyendo, Quimera y Todos somos sospechosos, de Radio 3. Sus últimas obras de ficción son Todas las tardes café” (2009, relatos) y La balada de Eleanora Aguirre” (2012, novela). En 2014 verá la luz su novela “Constantes Cósmicas del Caos”, con la que espera coronar su abnegada labor en beneficio de la entropía universal.

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